En agosto se publicó, al menos en esta partecita del mundo, el libro más lindo del 2020. Y aunque todavía le quede un largo trecho a este fatídico año, ustedes van a ver que no exagero. Se trata de Fábrica de escalofríos. 10 millones de poemas para combinar temblando, del multifacético escritor uruguayo Horacio Cavallo y con ilustraciones del gran talento local, Tati Babini. Fábrica de escalofríos es un libro objeto troquelado (con ingeniería artesanal, una marca registrada de la editorial Libros Silvestres) con versos para combinar y armar poemas “casi al infinito”. Es un libro de tapa dura, anillado al interior, tiene 10 láminas divididas en 8 tiras o lengüetas: cada una lleva un verso y en su reverso, unos dibujos preciosos con los que también se pueden crear miles de poemas visuales. El método que pretende aplicar el orden matemático al literario no es nuevo. En 1961 el poeta Raymond Queneau, muy cercano al movimiento surrealista, publicó en París sus Cien mil millones de poemas, un libro compuesto por diez sonetos troquelados verso por verso, cuyas posibles combinaciones remiten al número del título. Queneau merece un párrafo aparte (que aquí por cuestiones de espacio no podemos darle) pero alcanza con señalar que el susodicho presidía el laboratorio experimental de literatura potencial (Subcomisión de Epifanías e Itifanías) del Colegio de Patafísica, Sociedad de Investigaciones Eruditas e Inútiles. ¿Qué tul?

Al igual que en el experimento francés, en Fábrica de escalofríos todos los poemas obtenidos tienen sentido, porque cada verso sigue la misma estructura gramatical impuesta por el primero de ellos. Siguiendo aquella consigna del Conde de Lautréamont, “la poesía debe ser hecha por todos”, la propuesta de este libro objeto es que todos y todas podamos armar múltiples poemas con los versos que Horacio Cavallo escribió prolíficamente.

En la contratapa de Fábrica se explica que el método de Queneau, “removió los cimientos de las convenciones literarias con una conjunción de irreverencia, clarividencia, arbitrariedad y acidez, y logró convertirse en un método de escritura”.

Horacio Cavallo, que tiene publicada una veintena de libros de poesía, narrativa y, sobre todo, muchos títulos para las infancias, en su último trabajo renueva la propuesta del patafísico francés, y va un poquito más allá: “Porque no hay un poema original a partir del cual se generan todos los demás, sino versos sueltos que nos llevan a jugar con la posibilidad de poemas casi infinitos”. Con esos versos, mezcla de ternura, truculencias, aventuras y disparates, lectores y lectoras se convierten en auténticos poetas, autores de sus propias magias. 

“Tener este título en nuestro catálogo es un lujo”, deslizaron desde la editorial sobre este libro objeto tan pretencioso como logrado. Alcanza con ver la cara de un adulto abriendo el libro, hagan la prueba en sus casas ¡de verdad flashean! Ahí está la valiosa propuesta: el libro es para niños y niñas de todas las edades. El desafío de un buen libro “para las infancias” sigue siendo el juego, la capacidad de sorpresa, y la participación activa y creativa de la lectura. Y eso nada tiene que ver con las cualidades moralizantes que se le atribuyen a la infancia y a muchos de los libros que se producen para ese público. No es la inocencia pura y azucarada lo que se pierde con los años, sino el asombro, la curiosidad y las ganas de inventar. “A ver, dámelo, déjame ver, quiero hacerlo yo, ¡wow!”, es eso lo que llamaremos de ahora en adelante, una lectura alucinada. Lo demás es cartón pintado.  

Fuente: El Eslabón

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