Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

Si hay algo que se pueda decir en las circunstancias actuales, de esta pandemia, es que se trata de una crisis, es decir, un cambio profundo y de consecuencias importantes en el transcurso de un proceso o una situación conocida.

Hasta el 20 de marzo todo el mundo sabía qué esperar del año en curso. Más allá de las posibilidades reales de que eso se cumpliera o no, estaba la sana sensación de que todo sería más o menos previsible.

A nivel macro los supuestos eran los que ya se anunciaban con un nuevo cambio de gobierno, se retiraba una gestión centrada en el libre mercado y volvía otra que prioriza el mercado interno y el consumo, no sé si es técnicamente correcta la lectura, pero estas eran las cosas que se escuchaban y daban un panorama de los procesos y cambios esperables para unos y resistidos por otros.

Aquellos que lo habitamos, podemos decir que estamos acostumbrados –o mal acostumbrados– a estos cambios, a estos volantazos en la conducción del país.

Cuando hablamos con algún extranjero que reside en algún lugar un tanto más estable, ve todos estos cambios como una locura difícil de asimilar, les resulta incomprensible sobre todo en lo económico, no contar con una referencia estable que les permita planificar, al menos a corto plazo.

Pero, bueh, vivimos en esta coyuntura y más o menos se sabía que esperar. Comenzado el aislamiento, como en todo el mundo, comienzan también las discusiones sobre cómo se debía proceder, el indicar qué hacer o no, estalló por todos lados.

¿Se debería o no cerrar fronteras? ¿Cuarentena o inmunidad de rebaño?, etcétera.

Hasta allí, una raya más al tigre.

Argentos acostumbrados al volantazo, por un lado, salimos a protestar locamente sin demasiada información. Los equipos de salud no sabían bien cómo venía la cosa y también, posiblemente, aceptamos locamente el encierro. En estas dos polaridades parecía un volantazo más, nos tiramos la pelota como si se tratara de la misma crisis de siempre.

Sin embargo, el tiempo pasa, casi siete meses y la pandemia continúa, las condiciones materiales para la asistencia mal o bien se fueron generando, los equipos de salud fueron enterándose de la dimensión de la cosa y el resto de los mortales comenzamos a percibir el paso del tiempo en una crisis diferente para nosotros y el mundo.

Hoy los abrazos no llegan, el asado del domingo con la familia o los amigos se enfría, la muerte circula cerca o la percibimos cerca, porque uno que estuvo junto a otro que estuvo con el primo de un contacto estrecho de otro que dio positivo… Las referencias se tornan inciertas y los márgenes de seguridad se han ido esfumando progresivamente. Y la vacuna, ¿cuándo llega? ¿Qué esperar? Y, sobre todo, ¿cómo esperar?

¿Nos queda otra alternativa que la espera pasiva?, seguramente. En cierto nivel de análisis macro la espera de la vacuna presupone una salida. La esperanza en la ciencia y las políticas que la distribuyan equitativamente constituyen sin dudas una esperanza fundada. Pero, ¿cuánto? ¿seis meses?, ¿un año?, ¿dos, tal vez?. eso para los más vulnerables y el resto ¿cuánto más deberían esperar?, no se sabe, pero al menos es un horizonte en lo que a lo macro se refiere.

Mientras tanto la espera a estas alturas deja ver sus efectos, la des-esperacion hace lo suyo, sale locamente a protestar, con frases acotadas, carentes de argumentos suficientes y repetidas hasta el cansancio.

En nuestra zona, y fogoneado por la historia reciente, el des-espera hace estragos. Por algún fin de semana llegan a contarse más muertes por disparos que por Covid. Se conjugan otros factores, la pobreza, la peleas por territorios y seguramente muchas más para que el 2020 no pare con las malas nuevas.

Ahora bien, en lo singular –en cada caso, como nos gusta decir a los que rondamos por el campo psi– habría que esperar pasivamente a que la crisis general pase, para no quedar presos de la inmovilidad y el miedo y no caer en la locura generalizada, que se termina expresando en la tapa del diario o en el noticiero sediento de titular.

Se suele decir que toda crisis es a la vez una oportunidad. Una oportunidad para la diferencia, agrego yo. Que optimista, podrá decir el lector frente a la computadora o con el diario en la mano. Pasa que entiendo al optimista como un pesimista informado, y en este sentido puedo decir que el des-esperar puede ser uno de los peores males para el ser humano.

No estamos hechos para la espera sin fin, para la incertidumbre sin horizontes, para la duda eterna. Buscamos respuestas, y si son rápidas y contundentes mejor. Y si no, las inventamos. Existen otras instancias del afecto que podrían tranquilizarnos, pero sin duda más oscuras y desoladoras. El odio y la venganza también nos salvan de la incertidumbre de la espera, pero no nos unen al otro, nos encierran en una burbuja que nos apaga el alma. Nos preservan la vida corpórea e incluso nos mantienen alertas y vivos psíquicamente, pero, insisto, muertos de corazón y en soledad, quizás con uno o dos cómplices tan marchitos como aquel que finalmente eligió ese camino.

 

* Psicólogo-psicoanalista Miembro de PRISMA Cooperativa de Trabajo en Salud Mental.

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