Acabamos de leer un libro extraño. El adjetivo, según el diccionario de la RAE, significa que se trata de algo raro, o singular.

De manera que, en este caso, el epíteto antes que juzgar pretende calificar, y acaso definir, al sustantivo que acompaña.

Por ello, si se hiciera un juego de palabras con esas acepciones, podríamos decir que lo extraño tiene que ver con lo inhabitual, con lo fuera de lo común, y –por qué no– con lo excepcional.

Pero entonces sí, los adjetivos, los epítetos, se convertirían en valoraciones (inevitables, necesarias, merecidas, deberíamos agregar).

 

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¿Qué es lo que hace de El fondo blanco del mar un libro extraño? En primer lugar, su materialidad, el soporte concreto que lo sostiene, puesto que se trata de un libro artesanal, impreso y editado por su autor, con páginas duplicadas de manera directa. Las páginas están cosidas, y las rodea una cubierta de cartulina, en cuya tapa –además del título–

hay un dibujo de Ismael Zuanigh.

El libro se muestra, desde esa perspectiva, como una auténtica manufactura de su autor, llamado Miguel Erre, apellido que, claramente, se revela como un nombre artístico, donde se inscribe lo que no es más que una consonante del idioma.

¿Consonante inicial de un apellido? Quizás, probablemente. De ser así, en esa sustracción del cognombre, y su sustitución por la escritura fonemática de la consonante, se estaría produciendo una doble operación: la del relevo de una nominación real por una metonímica, en donde la parte –la erre– viene a ocupar el lugar del todo elidido, y por lo mismo, in-cógnito.

 

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Si la extrañeza del libro se presenta a partir de su propia materialidad, esa condición o cualidad se profundiza y despliega a lo largo de su lectura.

El libro obedece a un dispositivo que lo ordena, compuesto a partir de una serie de dataciones que preceden cada uno de sus textos. Por otra parte, los textos generalmente no poseen títulos, de manera que lo que los encabeza son esos datos (años, fechas y horas), que generan un efecto de cronología, evocando las formas de un registro historiográfico.

Aunque más que historiográficas, esas dataciones se leen como auto-biográficas, es decir, como las notaciones temporales que indican los momentos en los que una escritura de sí acontece.

¿Podría haber una autobiografía desprovista de referencias cronológicas? Difícilmente, porque la autobiografía no es más que el registro cronológico de la vida propia. Que en este caso, dada la proximidad temporal de esos encabezamientos de los textos, podría llegar a leerse incluso como las entradas de un diario, ese género tan caro a la subjetividad de los escritores modernos.

 

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Otra razón de la extrañeza de El fondo blanco del mar radica en su tratamiento desprejuiciado y ecléctico de los géneros.

Sus textos responden a distintos formatos genéricos. Por momentos se reconocen, claramente, como poemas. En otras ocasiones se presentan como prosas, que a su vez pueden desagregarse en varios tipos genéricos: relatos, ensayos, crónicas etnográficas urbanas, comentario de usos y costumbres, incluso enunciados propios de un discurso polémico.

Sin embargo, todos los textos poseen un denominador común: su tratamiento sutil del lenguaje, su enunciación constantemente lírica –por más que se trate de un lirismo orientado hacia los aspectos más crudos y descarnados de la vida, y no sólo propia, a la manera de un Baudelaire– su decir afinado (¿refinado?), capaz de nombrar hasta lo habitualmente innombrable, cómo sólo puede hacerlo una palabra genuinamente poética.

 

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La serie de rasgos del libro que acabamos de exponer –y que nuestra enumeración de ningún modo agota– no deja de situarlo en un linaje, el de los poetas malditos, como los llamó Paul Verlaine.

Es sabido que ese nombre es asimismo el título de un libro escrito por él, que inviste de un aura mítica –y por lo mismo idealizada– a un conjunto de poetas cercanos: Corbière, Rimbaud, Mallarmé, Villiers de L’Isle-Adam, figuras que, ciertamente, resultaban verdaderamente extrañas para sus coetáneos, al presentarse como los continuadores no solamente poéticos sino también existenciales de Baudelaire.

Eran extraños por su poesía, pero también por su modo de vida, puesto que se trataba de individuos bohemios, refractarios a las convenciones y normas que regían la vida de los otros, la clase amorfa e irrelevante de los burgueses.

Asociales, desasidos de la moral imperante, deliberadamente separados de las prácticas laborales y económicas que posibilitan la rutina de una existencia burguesa, los poetas malditos parecían caracterizarse por un sensualismo exacerbado, por un vitalismo no el sentido heroico que el término en ocasiones supone, sino en el sentido de una exaltación trágica de la vida, como si se tratase de la celebración pagana de un devenir desgajado de toda fe y trascendencia.

 

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Los textos diversos y heterogéneos que componen El sonido blanco del mar hablan de las mismas cosas de las que hablaban aquellos poetas: la huida del mundo adocenado, la vida como una constante bohemia, el desasimiento de las prescripciones y los mandatos morales, la exaltación de lo sensual por efímero que ello sea.

Pero, en el libro, no solamente efímeras son las experiencias vitales, existenciales: en el límite, lo es la vida misma, como lo es el ser del poeta.

Y sin embargo, esa precariedad ontológica tiene un punto de concentración, de intensidad trascendente, en la construcción de su propia obra, sólida como un mineral donde se estuviese tallando la perdurabilidad de su letra.

Miguel Erre es uruguayo, como el Conde de Lautréamont. Quizás esa coincidencia no sea más que la marca, la señal, de una estirpe que en él persiste y retorna.

Fuente: El Eslabón

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