Día de la Madre

Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

A cada uno de sus hijos, Victoria le sacó infinidad de fotos, hasta que los niños crecieron. Antes de que naciera su hija, Virginia le escribió una carta, llena de deseos, pero también contándole los debates que había generado la elección de su nombre. Laura recuerda un acto atípico del jardín con su hijo Teo y Soledad cómo son los días con su pequeña Lucía. Madre primeriza y maestra, Ivana comparte qué pasó cuando su hija decidió no hablar y Guillermina dice que no hay recetas para ser madre, pero el saquito nunca puede faltar.

Anécdotas, miradas, historias escritas en primera persona y que confirman que madre no hay una sola.

 

“¡Cómo le vas a poner ese nombre!”

Virginia y Ramona
Virginia y Ramona.

Por Virginia Benedetto*

Hola Ramona, quiero  escribirte unas palabras, así como me salen ya que no tengo la práctica de la escritura, pero quería hacerlo antes que llegues.

Recién termino de hacerme unas fotos con vos en mi panza, seguramente las últimas porque ya  no tendremos más tiempo. Hace unos días que vengo pensando que tengo que hacerlas, como si tratara de registrar hasta el último momento, esperando que no se escape nada, como si eso fuese una posibilidad.

“Ramona, qué nombre fuerte, controvertido”, me han dicho algunos cuando preguntaron cómo ibas a llamarte. Cuando lo digo, enseguida me atajo y aclaro: “Sé que a mucha gente no le gusta”.

“Parece el nombre de una señora”, me han dicho refiriéndose a una empleada doméstica como si eso fuese algo despreciativo. “Cambiale el nombre que todavía estás a tiempo”, “Pobrecita cómo vas a ponerle ese nombre”, entre otras de las tantas cosas que han sugerido.

Pero a mí Ramona me encanta. Ramona, como muchas mujeres de los sectores populares.

“Ramona como mi abuela que limpiaba casas”, me dijo una  compañera con orgullo. “Ramona, la mujer que hacía las mejores empanadas”, dijo otra. “Ramona como la cantante”, dijo una amiga. “Ramona, nombre potente para escribir muchos cuentos”, dijo otra. “Ramona como la criolla que combatió contra los españoles”, me dijo un compañero.

Ramona como la comandante zapatista, Ramona como tu bisabuela de pañuelo blanco en la cabeza.

Ramona vos, Ramona Benedetto, porque vas a llevar primero mi apellido, lo acordamos con tu papá en un intento de romper un poco con el legado patriarcal. Es también el apellido de tu abuelo Domingo, un tipo con todas sus contradicciones y faltas, pero para mí un ejemplo de humildad, de no codicia. Un médico sensible que nunca se comió el discurso de “El Doctor” y eso siempre me dio mucho orgullo. Vas a llevar mi apellido porque así lo decidimos con tu papá, una persona sensible, humilde, coherente y luchadora, que toca música para vos y te pinta un cielo repleto de estrellas.

Vos harás tu propio camino Ramona. Me repito una y otra vez que quiero que seas libre, que tampoco quiero que mi ideología o la de tu viejo determinen tu propio camino. Pero bueno, en el mejor de los casos, siempre se desea desde el lugar propio y creo que es sano que así sea. Por eso deseo para vos un mundo más justo, por eso deseo que seas una persona sensible y que tus amigos “sonrían al verte llegar”, como dijo Fontanarrosa sobre su hijo.

Te deseo íntegra, libre, combativa, alegre, feliz, solidaria. Te deseo más allá de todos estos deseos, en un lugar desconocido aún para mí y que todavía no encuentro  las palabras que puedan definirlo.

Llegás en tiempo de pandemia, algo impensado hasta hace muy poquito y me jode pensarte encerrada, no poder compartir este momento con la gente que quiero y valoro, pero ya llegará, pero es solo eso, porque increíblemente no siento miedo.

Te espero Ramona, te esperamos, para abrazarte fuerte y desearte la libertad en un mundo más justo y con muchas estrellas en el cielo.

* Virginia le escribió esta carta a su hija Ramona, unos días antes del 16 de abril, el día que nació.

 

 “Paloma no habla!”

Ivana y Paloma.
Ivana y Paloma.

Por Ivana Martínez

Soy Ivana, mamá de Paloma de 10 años. Cuando Paloma tenía 3 años nos mudamos de Rosario a Pueblo Andino. Cambio de casa, de localidad, de trabajo, de vecinos, de conocidos… Muchos cambios… Nos habíamos comprado el terreno en el pueblo y hecho la casita. Paloma empezó sala de 3 y para mi sorpresa no hablaba en el jardín. Tampoco lo hacía delante de las personas en la calle. En casa era una lorita pero afuera… se volvía muda…

Mamá maestra no podía comprender ni aceptar lo que estaba sucediendo. Y comencé a hablar por ella. Cuando le preguntaban, por ejemplo “¿Querés un caramelo?” Automáticamente yo respondía: “Ella no habla fuera de casa, no quiere, gracias!” Y así en sala de 4 y en sala de 5. Tres años de silencios prolongados e incómodos. Recuerdo mi desesperación por intentar explicar ante la gente lo que le sucedía (explicación que nadie me pedía). Sus amiguitos del jardín decían: “Paloma no habla!!!” Y alguno que otro por ahí acotaba: “Ella habla pero en secretito”.

Sufrí mucho por entonces como mamá primeriza y maestra ¡Si hasta fui a la psicóloga, quien diagnosticó “mutismo selectivo” y me recomendó que no le dijera más “la mudita”, que dejara de responder por ella, que me aguantara los silencios, que no me empecinara por llenar todo con palabras y discursos que se los llevaba el viento, que solita ella se iba a acomodar!

Y un buen día, Paloma comenzó primer grado en la escuela del pueblo y habló hasta por los codos y cuando una vez le pregunté ¿Por qué estuviste callada tres largos años hijita? ¿Por qué “me hiciste” eso? La muy sinvergüenza me respondió: “A mí nadie me preguntó nada importante!!!”

Creí matarla…aunque preferí morir de amor…

¡Quiero mi collar de fideos!

Guillermina y Rafael.
Guillermina y su hijo Rafael.

Por Guillermina Sivack*

Durante muchos años transité el Día de la Madre desde el lugar de hija; siendo yo la que preparaba los regalitos, la que homenajeaba y agradecía a esas grandes mujeres de mi vida. Madre, abuelas, tías… mujeres icónicas, amazonas, guerreras y pacifistas. Esas grandes maestras que me hicieron fuerte y me enseñaron a pelear la vida con una cuchara de miel como lanza y un infaltable saquito como escudo.

Hoy que soy madre, veo las cosas desde otra óptica. Me encuentro felizmente repitiendo aquellas palabras que en su momento juzgué y recreando esas recetas mágicas para momentos inolvidables.

Descubrí, siendo mamá, que hay dones que se transmiten de generación en generación. Por ejemplo, la capacidad única de hacer un banquete con comida quemada. Me di cuenta que el pic nic en el parque es siempre una buena idea (por más que esté agotada). Que cuando duele hondo, una sabe que si no pasa hoy, pasará mañana (aunque no haya colita de rana). Aprendí que después de una noche de insomnio la sonrisa de tu hijo borra el sueño y que cualquier momento es el indicado para abrir la puerta y salir a jugar.

Reconozco que he tenido grandes maestras. Desayunos eternos que hoy parecen un abrir y cerrar de ojos, en la mesa el café con leche acompañado de libros abiertos subrayados con fibrón y notas al pie; historias, anécdotas, sueños y frustraciones… Me enseñaron de la vida cocinando con ellas, limpiando, trabajando, estudiando a su lado. Me mostraron con el ejemplo que en el amor no existen los sacrificios. Que se puede  ser fecunda más allá de los hijos. Que hay belleza y bondad en el mundo, que hay música, aroma y poesía. Y que depende de cada uno de nosotros encontrarla o crearla.

Dicen que no hay recetas para ser madre, pero creo que hay tips que no fallan:

1) Reuniones familiares: el número de pollos y/o tortas debe ser superior a la cantidad de invitados.

2) Tanto la sopa como el té tienen capacidades curativas, en especial los hechos con amor.

3) Un beso donde duele, quita el dolor.

4) Una madre es capaz de dar todo por su hijo, pero el tupper debés devolverlo.

5) Hagas lo que hagas, sea la época del año que sea, nunca salgas sin un saquito.

Los tiempos que corren nos han obligado a replantearnos muchas cosas, a reformular nuestra escala de valores. La salud, el amor, la paz, el aire que respiramos han tomado el protagonismo que nunca deberían haber perdido. Y es en este contexto en donde somos conscientes que quien tiene un collar de fideos, tiene un tesoro.

* Mamá de Rafael, de 6 años.

 

Desde el mundo de las hadas…

Laura y Teo.
Laura y Teo.

Por Laura Di Lorenzo

Cuando mi hijo menor estaba en jardín, la más grande ya iba a la primaria y entraba más temprano, los dos en el Normal 2, así que después de dejarla a ella nos quedábamos casi una  hora en el bar de la esquina desayunando. Un día la seño nos invitó a los papás a hacer alguna actividad y nos pusimos a armar una obrita de teatro. Durante algunas mañanas trabajamos con Teo en una canción de apertura: “Desde el mundo de las Hadas vine hasta aquí… a contarles una historia que los haga reír…” Como buen pisciano que es, muy despistado, nunca asoció esa canción con la sorpresa que preparábamos.

Después de varios ensayos y muchos preparativos, una mañana aparecimos los papás en la sala de preescolar, vestidos cada uno de acuerdo a su personaje. Los chicos gritaban tanto –y nosotros no teníamos micrófono–, así que no sé si llegaron a escuchar demasiado de la obra pero fue una experiencia inolvidable. Un recuerdo de esos que reconfortan en momentos difíciles. Y siempre está la música acompañándonos.

“Cuando te vi de Hada Madrina te querí”, me dijo ese día en casa. Yo estaba toda de blanco, con una varita plateada y un gran bonete. ¡La seño me había prestado su vestido de novia!

 

La loca de las fotos

Victoria y sus hijos Facundo y Agustín
Victoria y sus hijos Facundo y Agustín.

Por Victoria Arrabal

Siempre me gustó sacar fotos como si pudiera guardarme el momento para siempre y mirarlas cada tanto para reconstruir la historia de mi vida. Lo habré heredado de mi mamá que me dejó álbumes de fotos en papel y cartelitos sobre cada imagen con el año, lugar y acontecimiento. Un tesoro de mi infancia. Cuando yo fui mamá quise hacer lo mismo, quedarme con cada gesto, sonrisa o llanto de mis bebés. La cámara de fotos era como una extensión de mi cuerpo.

El primer diente, la primera comida, el primer paso, en la plaza, con los abuelos, jugando. En la puerta del jardín, el primer día de clases, los actos escolares, en la calesita, en el partido de básquet, en la pileta del club. Inmortalizaba todo e iba armando el legado.

Pero los chicos, varones, fueron creciendo y ya no les resultaba simpático que mamá sacara la cámara a cada rato. Menos si había amigos. Una vergüenza. Y cuando me veían venir con la intención, se escapaban, se tapaban, protestaban: “Basta mamaaaaá”. Entonces, como si estuviera en un período de abstinencia, empecé a controlar el impulso y elegía sólo algunos momentos. Pero nunca dejé de fotografiar, incuso medio escondida, no abandoné esa lucha.

Un día de la cuarentena en casa, ellos que hoy tienen 19 y 22 años, me pidieron ver las fotos viejas. Nos reímos a carcajadas de las pelucas que tenían cuando eran chiquitos, de los disfraces, de las guerras con espadas de juguete. Hicimos un hermoso viaje y sentí que a la larga, hubo recompensa. Tres cosas que me quedan: 1) hay costumbres que heredamos de nuestras madres, 2) lo hecho con amor no puede estar mal y 3) con las fotos podemos viajar en el tiempo.

 

Entre Madonna y el beso curador

Sole y su hija Lucía.
Sole y su hija Lucía, de 6 años.

Por Soledad Pascual

Si hay algo que puedo decir con certeza acerca de la maternidad, es que cada mujer la vive de forma diferente. Y es que la maternidad es algo tan único y diferente, que no se compara con ninguna otra experiencia de vida.

Me gusta pensar que convertirme en mamá fue la experiencia más difícil y a la vez espectacular de mi vida. Desde chica recuerdo haberme planteado el deseo de serlo y si bien las circunstancias no fueron del todo planeadas la llegada de Lucía a mi vida es algo que no cambiaría por nada

Con ella aprendí a bailar Madonna y Los Palmeras sin vergüenza, a sacarnos selfies despeinadas sin que importe nada más. Con Lucía lloro y me río hasta las lágrimas varias veces en el mismo día, pero cuando llega la noche siempre viene el abrazo y el beso curador, de esos que hacen olvidar hasta la peor tormenta.

Ser mamá me hizo registrar el compromiso que una asume para con otra persona, que depende de mí para todo y, a su vez y a medida que pasan los años, esa dependencia se transforma en la necesidad de construir con ella los canales y métodos necesarios para que cada vez dependa menos de mí y se pueda valer por sí sola.

Ser mamá hoy requiere enfrentarse a toda una estructura social, basada en privilegios heteronormativos patriarcales, y ese compromiso, en mi experiencia, es mucho más llevadero cuando construimos una red de contención, cuando aceptamos que solas no podemos y que pedir ayuda y sostenerse en otres es mucho mejor.

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