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“Acá nosotros fuimos felices y también sufrimos mucha pobreza”, cuenta Trinidad Jones Huala, de 85 años, 52 nietos, 38 bisnietos y 3 tataranietos. La ñuke (abuela) narra que su madre del corazón “me enseñó todo lo que sé: trabajar en el campo, cuidar de los hijos, querer a la tierra, respetar a los viejos, no hacerle mal a nadie, y mantener la memoria viva de nuestro pueblo mapuche”.

El martes último se presentó el libro Pullú mapuche. Historia de la familia Jones Huala, un relato oral de Raúl Inocencio Jones Huala, registrado en textos y notas de María Celina Caire y prólogo de Ana Margarita Ramos, con ilustraciones del dibujante Claudio Andrés Pérez.

Se trata del rescate de una ninguneada historia de la dignidad originaria y un homenaje a Trinidad y su espíritu de lucha por la vida, la memoria ancestral y la dignidad mapuche. Fue un emotivo encuentro virtual entre Esquel, Arrecifes, la Comarca Andina del Paralelo 42 y distintos lugares de nuestra ñuque mapu («la Tierra en un sentido más profundo»), y también Rosario.

“Raúl asumió el proyecto afectivo y político de reconstruir la historia familiar de los Jones Huala, de tallar momentos, escenas, sentimientos, esfuerzos y andanzas. Cuando los pueblos indígenas denuncian las incertezas de las historias hegemónicas, sus manipulaciones de los hechos y sus amnesias intencionales”, indica en el prólogo la antropóloga Ana Margarita Ramos.

La especialista en procesos de memoria, hace más de 25 años trabaja junto a comunidades y organizaciones mapuches. Indica que en esos testimonios no sólo están describiendo los hechos, sino que también están poniendo en valor sus propios sentidos acerca del curso de la historia.

En tanto, María Celina Caire, profesora de letras, en horas de mate y charla con Raúl, produjo el texto sobre los memoriosos relatos de Raúl. Resaltó lo profundo de la historia y “el trabajar con él en una forma intercultural, con respeto y comprensión”.

Por su parte, Nano Peralta, de la Biblioteca Popular Tolkeyen de Esquel, indicó a El Eslabón que le pareció muy importante el libro de Raúl por lo que significa rescatar la historia de la familia mapuche y su lucha, con el rescate de mujeres como Trinidad y su vida de compromiso con su comunidad y la familia.

El valor ancestral

Raúl, uno de los doce hijos de Trinidad, cuenta que su madre nació el 8 de julio de 1935, en el paraje Blancura Centro. Es hija de Susano Huala y de Anastasia Tranamil, quien fallece a los tres meses de nacer Trinidad. “El abuelo la llevó a la reserva Mapuche Nahuelquir, donde la crió María Huanquelef de Nahuelquir, prima de mi abuelo y cacique de esta reserva”.

De la infancia, ella recuerda que “nos enseñaron a que era más importante lo que se hacía, que lo que se decía”. Y que la pobreza no afectaba a la dignidad: “Andábamos con ropas viejas, pero dignas. A veces, luego que nos lavaban la ropa, esperábamos acostados a que se secaran”.

Pero advierte: “Teníamos algo de mucho valor, el conocimiento ancestral”.

En 1884, El cacique Miguel Ñancuche Nahuelquir recibió en el noroeste de Chubut unas 125 mil hectáreas, por la ley de Roca. Allí se levantó, entre cerros y la meseta, la Colonia pastoril Cushamen.

Raúl relata: “Al fallecer Ñancuche, los mejores territorios fueron ocupados por extranjeros que expulsaron, y esa expulsión continúa en la Patagonia. Al detectarse la riqueza minera volvieron los fraudes y presiones de latifundistas para quedarse también con esas zonas”.

El regreso a la identidad

“En las rogativas, los niños no éramos muy participativos porque no nos enseñaban de qué se trataba. Los grandes, ya reprimidos, no querían que los hijos tuviéramos la cultura mapuche para que no sufriéramos. Querían para nosotros una mejor vida”, explica sobre las pérdidas del uso de la lengua y costumbres que la escuela también desplazaba.

“La gente que vive en la Patagonia y en el campo es olvidada por el Estado, como si no tuvieran esperanza de vida. En los censos no éramos registrados, no existíamos y sentíamos que no entrábamos en la sociedad”, señala.

Sobre la forma de vivir, Raúl cuenta que “en esa época tratábamos de juntarnos al mediodía para hablar y contarnos hasta lo que habíamos soñado a la noche. Algunos sueños eran muy graciosos, otros, muy tristes”.

“Ella, como María Huanquelef, quien la crió y fue una mamá para Trinidad, era una pewmafe (conocedora en el arte de soñar y de interpretar los sueños), y transmitía los conocimientos del pueblo mapuche”, remarca.

Mi sobrino Facundo”

Con este título, Raúl relata que en el 84 su hermano Ramón conoció en Bariloche a Isabel Huala (Pity), y que en el 86 nació Facundo, su primer hijo.

“Yo tenía 27, y estaba sin pareja y disfrutaba de mi sobrino. Conocí bien su carácter, mañas, berrinches y su forma de llamar la atención cuando necesitaba algo. Ya era muy inteligente”, señala.

“Papá, cuando tenía 12 años, pasó a ser ayudante petisero y trabajó en la estancia de los ingleses, la que luego compró Benetton. A los 15 ya era domador. Los chicos que nacían en la estancia, a los siete u ocho años comenzaban a trabajar como acompañantes de los hijos de los gerentes y capataces. Los mapuches, como sabían andar a caballo, les enseñaban a cabalgar a los hijos de patrones. Y las chicas eran acompañantes de las mujeres de los gerentes. Cuando se hacían más grandes, pasaban a ser trabajadoras de la estancia. Se criaban así los hijos de los empleados, sin posibilidad de tener una educación”.

La antropóloga Ramos también se refiere a “las postas de la memoria”, usando una metáfora acorde con la profesión con la que se asocia a la familia de los Jones Huala: “La posta alude al conjunto de caballerías que antiguamente esperaban en puntos diferentes del camino para hacer el relevo de las que ya venían andando”. En ese marco, sostiene que “la generación de los nietos y nietas de Trinidad irá tomando la posta de sus padres, madres, tíos y tías. Los relatos de estas páginas podrán inspirar nuevos énfasis, emociones, discusiones, diferencias y reorientaciones. Pero Raúl, junto con los hermanos y las hermanas que colaboraron con su narración, le están diciendo a las siguientes generaciones que la historia de su familia es una historia digna de ser contada”.

 

Fuente: El Eslabón

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