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Que la fotografía es memoria es algo sobre lo que se escribió y mucho. En Argentina, en la semana en la que falleció Victor Basterra, esta idea toma particular fuerza.

Víctor Basterra era nuestro, era argentino y peronista. Desde muy chico trabajó como obrero gráfico y fue militante del Peronismo de Base y de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). Tenía 35 años cuando el 10 de agosto de 1979, una patota apareció en la terraza de su casa. Permaneció secuestrado desde esa fecha hasta el 3 de diciembre de 1983 en el centro clandestino de detención, tortura y exterminio que funcionó en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). En los primeros días de enero de 1980, lo bajaron del sector de “Capucha” y le dijeron que tenía dos opciones: trabajaba o moría. Por su experiencia gráfica, realizó mano de obra esclava en el sector de documentación. “El trabajo era básicamente de fotografía. Había un laboratorio fotográfico en el sótano y también un sector de falsificación de documentos. Consistía en llenar documentos falsos a nombre de los genocidas”, cuenta su compañero de cautiverio, Carlos Lordkipanidse, a El Eslabón.

Horas después del fallecimiento del obrero gráfico, Lordkipanidse lo saludó recordando una imagen de 2017 en la lectura de la sentencia del tercer tramo de la causa ESMA. “Fue un momento muy esperado y luchado durante años, se derrumbaba la impunidad para los señores dueños de la vida y la muerte de miles que habían pasado por la ESMA”, comenta El Sueco, consultado por aquella publicación.

Mientras Basterra estuvo en la ESMA, “en un acto enorme de grandeza, valentía y coraje”, logró sacar los negativos de los desaparecidos tomados por los marinos durante la tortura, y copias de fotos de los represores, que casi cuatro décadas después constituyeron pruebas esenciales de la Megacausa ESMA, relata Julio Menajovsky, fotoperiodista y ex integrante del Archivo Nacional de la Memoria.

Basterra, como dice Osvaldo Bayer, acumuló las pruebas del horror, y vivió en primera línea los tiempos difíciles que le tocaron en suerte, ejerciendo el peligroso oficio de ser fotógrafo en ese centro clandestino por el que pasaron unos cinco mil detenidos-desaparecidos, prestando la mirada a los que se la habían arrebatado, y compartiendo luego los dolores de una Argentina que él ayudó a sanar. El pedido de su compañero Ardetti: “Negro, si zafás de esta, que no se la lleven de arriba”, fue la obligación moral a la que le dedicó los 36 años que le quedaron después de ese infierno. “En un momento me dijeron que si quería, me ofrecían sacarme del país. Yo les dije: «No. Tengo que terminar el laburo». Y claro, me quedaban un montón de cosas adentro. ¿Cómo hacía para sacarlas si me iba? No me quise ir del país porque si no, no se terminaba la cosa. Si no, estos 20 o 30 que están siendo juzgados por las fotos que se aportaron en su momento, no hubieran estado. Nadie los hubiese conocido”, contó Basterra en 2015.

“Tenía que documentarlo de alguna forma, en circunstancias muy adversas, de prisionero”, señaló en 2015, en el cierre de la muestra Rostros, fotos sacadas en y de la ESMA. Sin saberlo, sin tener aún la mínima idea de lo que sería la fotografía en su vida, Basterra ilustraba en aquella necesidad latente, en su periodo como secuestrado, algo que el crítico inglés John Berger desarrolló en 1968: “Una fotografía es el resultado de la decisión del fotógrafo de que merece la pena registrar que ese acontecimiento o ese objeto se vieron. Las fotografías no celebran ni el acontecimiento ni la facultad de la visión en sí. Son un mensaje acerca del acontecimiento que registran. La urgencia de este mensaje no depende enteramente de la urgencia del acontecimiento, pero tampoco es completamente independiente de éste. En su forma más sencilla, el mensaje decodificado significa: decidí que merece la pena registrar lo que estoy viendo”.

Testimonio y documento son vocablos que abundan al pensar en el valor de las imágenes de Basterra. Para Menajovsky, también se suma la palabra verdad. “A partir de ese quantum de realidad aprisionado en esos haces de luces que llegan, está la posibilidad de encontrar una verdad irrefutable, la presencia de algo frente a la cámara”, dice, y argumenta: “En la función militante que tenga un fotógrafo siempre va a encontrar en lo testimonial un elemento que justifica y consolida los discursos que se elaboran a partir de esas imágenes que empiezan a funcionar como certezas, como fuertes indicios de lo que pudo haber estado frente a la cámara”. Lordkipanidse adhiere, y remarca respecto a las fotografías de la ESMA: “Son la prueba latente de que los archivos de la dictadura existen”.

Acerca de los sentimientos que despiertan estas imágenes, Menajovsky explica que no es posible evitar la emoción que produce una fotografía que toca un punto sensible en la historia de un país, de una persona, sobretodo en lo que respecta a  la contemplación de esa imagen. “En el caso de las fotografías de Basterra, que muestran tanto a personas que murieron en condiciones atroces, que fueron secuestradas, torturadas, lo mismo que las imágenes a los coches, a los militares, a los torturadores y perpetuadores del crimen, lo que sucede es que producen emociones muy fuertes y de una manera muy definida en relación a otro tipo de imágenes que quizás son más soportables, o que no están tan cargadas de sentido y pesar”, concluye el fotoperiodista.

En la observación que Lordkipanidse hace hoy de las imágenes, está presente aquello por lo que Basterra luchó toda su vida. “Justamente por la memoria es por lo que uno pelea. Y para que no haya olvido, y para que se realice la justicia”, decía Basterra en 2015. “En esas fotos veo a compañeros/as que ya no están y me producen una reafirmación del compromiso de lograr justicia por todos y cada uno de ellos”, coincide hoy Lordkipanidse.

Según lo analizan Alejandra Oberti y Roberto Pittalagua, toda memoria es una construcción. En Argentina, la memoria pública sobre el terrorismo de Estado es, sin duda, una memoria de construcción colectiva. Y en ella, “las imagenes de Basterra tienen contundencia y un extremado valor para reponer parte de la escena ausente del terrorismo de Estado”, dice Menajovsky. La tarea que Basterra emprendió, legó una enseñanza infinita: exponer la verdad de forma directa, mostrar que el pueblo no olvida. Que lo pueden asustar, que lo pueden masacrar, que pueden pretender cancelarlo. Pero que no olvida la mayor de sus batallas: aquella por la memoria, la verdad y la justicia.

 

Fuente: El Eslabón

 

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