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El lunes pasado, en la presentación de su último libro de poesía, El revés (Los libros de la calle inclinada, 2020), el escritor, poeta y docente Marcelo Scalona (Rosario, 1962), entre otras cosas, dijo que “la derrota es volver a caminar, el comienzo de un nuevo derrotero”. Acompañado por el periodista Alfredo Grieco y Bavio, el autor hablaba de la derrota a propósito de los vaivenes de la Argentina y de Latinoamérica, de los grandes derroteros de la Historia, pero también del espíritu del libro que cabe todo en la polisemia del título: El revés, algo inesperado, un plan que salió mal, ¡los imponderables de la vida!, un pelotazo (Grieco Bavio fue también por ahí) un gol en contra; o como refiere Luis Gusmán en la contratapa: “Un libro escrito desde el revés del guante”. La voz poemática en El revés es la del hombre que está solo y observa, y camina, un poco en reversa y hacia adentro. El epígrafe de Lorca se anticipa a esta idea: “No soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado”. También Rafael Ielpi, en la reseña que publicó la semana pasada en Rosario/12, dice que El revés “es un cuaderno donde se escribe el vaciadero de la memoria”. De algún modo, estos poemas son el revés de una trama que empieza a escribirse mucho antes que este libro y que sigue su curso más allá de él: la infancia, el barrio Tablada, los padres, los amores, las pérdidas irreparables, la búsqueda del tesoro en los gestos simples, la añoranza y la melancolía.

Por eso, estos poemas, objeto de reescritura continua, son piezas arqueológicas que tienen la osamenta de muchos años y el brillo de los últimos días, porque ya lo confesó el autor mismo: “Los poemas se terminan de escribir cinco minutos antes de mandar a imprenta”.

En El revés, como en casi toda la obra de Scalona, fluyen los géneros en orgullosa promiscuidad (hoy le diríamos poliamor): el microensayo, la narración breve (La última flor del otoño es un relato precioso), el aguafuerte y, por supuesto, el verso libre, el poema de lo cotidiano, de la conversación, todos escritos en el registro natural del autor, siempre oscilante entre el realismo sucio, la opacidad y la contradicción, y la parodia triste de la realidad. Entre la rabia de Silvio Astier y la irreverencia de Jacques Prevert: el poema Los trabajos y los días. En El gabán y Los Negros, la Construcción de Chico Buarque. En el poema que da título y abre las puertas del libro, la voz del texto dice “me gustan los negros, los pibes choros, las sirvientas, los obreros, y el odio de Evita, más que todo su rabia”. En más de una ocasión, el autor advirtió: “Está claro que no soy un poeta simbolista”. Sin embargo, los cultores del símbolo y la metáfora están ahí, son sus grandes amores: Alejandra, Borges, Rimbaud, Machado, Idea Vilariño, Alfonsina, y siguen las firmas.

Todos los textos están preñados de otros textos, y las innumerables citas del libro, veladas o no, alumbran el exquisito y profuso recorrido lector de Scalona. Quienes pasamos alguna vez por su taller nos llevamos un mapa cuyo punto de partida es la puerta roja de la calle inclinada: el mapa es la lectura, y nadie sabe hacia dónde conduce esta tarea. Lo que sí sabemos es que hay dos caminos, uno, en bajada, derechito hacia el río. Todas las otras rutas son cuesta arriba.

Además de poeta y narrador, Scalona es abogado, periodista y profesor de escritura creativa. Desde hace 20 años coordina uno de los talleres literarios más emblemáticos de Rosario, De la calle inclinada (Laprida al 500) también conocido como “MARCE NOMALUMBRÉ”, por el que han pasado cientos de alumnos y alumnas. Con el sello Los libros de la calle inclinada, se publicaron El revés, de su autoría; La letra inesperada, de Ruben Leva; La mujer de las cortadas, de Fabricio Simeoni, y Antología de la calle inclinada, Rosario/55 por 17, que reúne textos de los escritores y escritoras que salieron de la puerta roja, disparados en todas las direcciones. 

 

Fuente: El Eslabón

 

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