Un pibe en Villa Fiorito hace jueguitos con una mandarina. El chico y la amarillenta fruta son protagonistas de un fascinante encantamiento. La mandarina sube y baja y rebota y gira en el aire con interminables volteretas. De pronto se duerme increíblemente sobre el empeine de la alpargata izquierda, en una maniobra que por antinatural, sería condenada por la santa inquisición. El horizonte bajo y latoso de Villa Fiorito, es inerme testigo del milagro.

La cancha de Argentinos Juniors está de bote a bote. El local juega hoy con Independiente. En el entretiempo, el pibe morochito reitera el milagro de la mandarina. Alguien le alcanza una de cuero. La número cinco toma altura, fabulosamente perfecta. Le acaricia al pibe la cabeza, baja perezosamente por el pecho. Se detiene una fracción de segundo sobre un muslo y salta hacia el otro. Vuelve a elevarse para caer a sus espaldas y, de taquito, se salva del césped. Gira hacia adelante en sentido contrario a las agujas de la lógica y cae, rendida, a los pies del pibe que termina enloqueciéndola en una danza delirante. La esfera ya no pertenece a este universo, sino al de él.

La de cuero es un espejismo del mundo, que mansamente se entregará contra el empeine de su pie izquierdo. Esa tarde será de coca cola y panchos. Para él, el milagro será haber ahuyentado para siempre la galleta y el mate cocido.

Qué grande es la camiseta, pibe. Y esas rayas celestes y blancas en el pecho. Y toda esa gente que muere por la gambeta corta, y el zapatazo con chanfle de tres dedos hacia el rincón de las ánimas. Ahí donde no llegará el arquero, ni la miseria, ni el fratacho de albañil que era tu destino. Es la magia que ni vos ni nosotros entendemos, pibe. Por qué nos reímos y lloramos, y pateamos con vos el tiro libre. Por qué es también nuestra tu gambeta, y el presentimiento que la pelota tiene la muerte asegurada en los tres palos. ¿Te diste cuenta que tiramos con vos esa pared imposible, y picamos juntos al vacío? Sí, te diste y nos dimos cuenta.

A veces, antes de un partido en que se recaudaron cinco palos verdes en derechos de tele y publicidad, el pibe se para en el borde de la cancha y empalma hacia el cielo una mandarina. La baja de pechito y repite el rito que ofendería a la santa inquisición.

Es un minuto. Unos pocos segundos en los que zafa de la infernal maquinaria de convertirlo en plata, lo único que no ha podido gambetear en su vida. Esa máquina que lo mastica y le chupa la sangre y el alma.

Pibe, sos indiscutido sinónimo de goles, y billetes verdes. El altar se ha erigido y allí serás sacrificado. Pero antes tendrás que ofrendar hasta la última gota de tu genio. Una agónica y final carrera hacia el área chica, y hacia el último dólar que de tu pie izquierdo pueda ser extirpado.

Nada podrá detener el engranaje. No te alcanzarán los jueguitos con la mandarina, para volver al querido horizonte de Fiorito. Ni el mágico polvo blanco, que te mata pero te transporta en un fogonazo hasta el potrero. Ahí nadie te obliga a soportar el cruel castigo de los marcadores, ni el suplicio de ser el mejor del mundo. Siempre el mejor, incluso en esas tardes en las que solamente quisieras embrujar una mandarina en el aire.

Nada ni nadie detendrá la maquinaria. Pero vos caés y volvés a levantarte. Y gritás y apretás los dientes y le das para adelante. Y te mandan al muere y te revientan, para cumplir con la letra chica del contrato. Como nosotros, pibe, ¿te das cuenta? Acá también nos tiran a la cabeza, y peleamos y nos bajan en el área mientras el árbitro mira para otro lado.

Teníamos la esperanza de que al menos uno escapara a su destino. Vos, a lo mejor. Por lo menos uno, con una jeta grande como la tuya para que les cante la justa. Uno que los hipnotice, que le pise las alfombras. Que les meta un pelotazo con tres dedos, para sacudirles la red y la confianza. Ahora te das cuenta por qué, tiramos con vos la pared imposible y picamos juntos al vacío. Por qué tus lágrimas nos duelen en el alma.

Porque la vida es un jueguito de cabeza y taco. Una gambeta indescifrable. Porque Villa Fiorito es la Argentina. Y nosotros, nosotros somos Maradona.

(Contratapa de La Tribuna de Rufino del 2 de julio de 1994, cuando Diego Maradona fue descalificado del Mundial de  fútbol en Estados Unidos, por supuesto consumo de efedrina)

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