Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

El miércoles 25 de noviembre de 2020 se apagaron las luces de todos los estadios del mundo y las tribunas quedaron en el más absoluto de los silencios. Las pelotas dejaron de rodar, se desinflaron. Las banderas quedaron inmóviles, en los mástiles, pese al viento. Las camisetas guardadas en los armarios se arrugaron de golpe. Dicen que el mundo dejó de girar por un instante eterno, el planeta entero, bah.

Yo me vi a mí mismo, con 7 años, sentadito en la platea alta del Gigante de Arroyito, viendo sin mirar un partido porque mis ojos seguían exclusivamente los movimientos de un petiso de rulos que llevaba el 10 tatuado en una camiseta azul y amarilla, pero que no era la de Central.

Me vi a mí mismo, con 12 años, gritando ¡mano!, viendo sin mirar otro partido, esta vez por la tele, en el que se hablaba de otros pibes que habían dejado la vida en unas islas tan lejanas como nuestras, y al ratito gritando ¡gol! y sabiendo que nunca más iba a ver un gol como ese que acababa de gritar.

Me vi a mí mismo, con 19 años, puteando porque él había venido a Rosario pero se había equivocado de barrio, y yo sabía que se había equivocado de barrio pero también sabía que lo iba a perdonar.

Me vi a mí mismo, con 20 años, llorando con él una madrugada, otra vez por tele, porque juraba que le habían cortado las piernas y yo sabía que se las habían cortado, pero que iban a volver a gambetear.

Me vi a mí mismo, con 23 años, poniendo un grabador de periodista entre otros muchos, en un hotel céntrico de Rosario en el que estaba alojada la delegación de Boca, sin poder emitir pregunta alguna, hipnotizado por estar tan cerca de lo más parecido a Dios que existió sobre la Tierra.

Me vi a mí mismo, con 45 años, otra vez en la cancha de Central, esta vez en la popu, viéndolo caminar despacito por ese mismo verde césped, ahora con la pilcha de técnico de Gimnasia.

Me vi a mí mismo hoy, con 46 años, recordando a ese pibito de rulos que hacía jueguitos y aseguraba que su sueño era jugar un mundial. Y, entre lágrima y lágrima, grito que mi sueño, mi sueño máximo, es que sea mentira, que sea una pesadilla y que ya me voy a despertar.

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