Desde el 25 de noviembre de 2020, los días pasarán a contarse Antes de Diego y Después de Diego. El deceso de Maradona demostró que no sólo la pandemia es mundial, porque su figura, su rostro, sus jugadas, sus palabras, recorrieron absolutamente todos los rincones del planeta del que supuestamente vino.

Y todo el pueblo cantó

El primer día Después de Diego se vivió bajo un tremendo calor popular, que levantó temperatura en las inmediaciones de la Casa Rosada, donde ¿descansaba? en paz el tipo que más sonrisas y llantos le dio al pueblo argentino. Por allí desfilaron camisetas de todos los equipos, de las que vistió el Pelusa y de las que no.

Allí había bebés en brazos, niños, niñas correteando, adolescentes llorando y riendo, al igual que sus padres, madres. Hubo solteros, casados, ancianas. El que se ayudaba a caminar con muletas, el de la silla de ruedas. El que recién salía de la oficina, empilchado de pies a cabeza, y el que estaba en cuero, con su piel bañada en tinta en homenaje al Diego.

Y los rostros, esas caras. Con lágrimas algunas, con sonrisas otras, las menos con gestos indiferentes. Las hubo, lamentablemente, también con sangre, víctimas de la feroz represión de la Policía porteña, que al parecer extrañaba las masas populares para saciar su sed de palos, balas de goma y gases.

En la infinita fila que esperaba para ingresar a despedir al genio del fútbol mundial, el de Boca y River se abrazaron, el de Independiente y Racing lloraron juntos, el de Belgrano y Talleres rieron juntos, el de Central y Newell’s no se pelearon, el de Estudiantes y Gimnasia se olvidaron de paternidades y demás, lo mismo que el de San Lorenzo y Huracán.

Pero allí estaban, sobre todo, los más humildes. Los maradonas de su infancia en la pobrísima Fiorito. Hubo una bandera, firmada por La Poderosa, que resumió esas presencias: “Todas las villas en una sola persona. Diego Armando Maradona”.

Dolor

El ex jugador Diego Armando Maradona, figura central del fútbol argentino y mundial de todos los tiempos, murió el miércoles. En la conciencia de millones de hombres y mujeres la noticia tardará en volverse tolerable. Más allá del fragor de la lucha que lo envolvió, la Argentina llora a un ídolo excepcional.

Algo así (por supuesto, modificado para la ocasión por este atrevido cronista) escribió Rodolfo Whalsh en la tapa del diario Noticias, pero ante la partida de Juan Domingo Perón, el 1º de julio de 1974. Quizá esa fue la muerte más emblemática en el país Antes de Diego. Justamente Maradona, que en su testamento aseguró que “fui, soy y seré siempre peronista”. Y esa faceta respecto de su compromiso político y social, también tuvo lugar entre la multitud. Hubo banderas de organizaciones afines al gobierno nacional, el propio Alberto Fernández le abrió las puertas de la Rosada al pueblo para despedir, quizá, a su máxima expresión, su mejor representante. Estuvo Cristina Fernández de Kirchner, a quien Diego se le ofreció como vicepresidente antes de que la propia CFK se ofreciera como vice de Alberto. Y para no olvidarse de los contreras, en la fila que esperaba acercarse al féretro, también sonó el otrora popular “Mauricio Macri la p…”, a quien Diego repudió tanto.

Es que la explicación de las miles y miles (y más miles) de personas que este jueves dieron el presente en la Plaza de Mayo no se debe solamente a lo que Maradona hizo con su bendita zurda. Sino también a su posición en la vida ante las injusticias, ante los que menos tienen, como los de su Fiorito natal. El Diego fue amigo de Fidel y lleva al Che en la piel, gritó contra el Alca, lloró las partidas de Chávez y Néstor, se preocupó por la salud de Lula, bancó a Maduro, a Evo y a la altura boliviana, amó a Cristina y apoyó a Alberto.

Entre los tantos colores que se pudieron ver en la multitudinaria despedida, también estaban los de la Patria Grande. Si Perón fue el primer trabajador, Diego fue el primer jugador. Si Evita fue la Abanderada de los humildes, Diego fue su capitán.

Barrilete cósmico, vuela

Entre los varios títulos futboleros de Diego Maradona, hay dos que están por encima del resto. La obtención de la Copa del Mundo en México y –en ese mismo Mundial– haber marcado el gol más lindo jamás visto, musicalizado en el instante por el relator Víctor Hugo Morales. Alguna vez, el escritor uruguayo Eduardo Galeano definió al gol como “el orgasmo del fútbol”. Y en un ambiente en el que todo se discute, es unánime en el planeta entero reconocer que Maradona hizo el mejor.

Ese tipo de imágenes predominaron en las pantallas que buscaban hacer más amena la espera de ingreso a la Rosada. Tampoco faltaron las fotos del enternecedor beso, en el Azteca, a esa rubia hermosa que tuvo en brazos en el 86, no como la otra rubia, no tan hermosa, que lo sacó del brazo en el 94. Se vio además la entrada en calor perfecta, con la pilcha del Nápoles, emulada en estos días por Nicolás Tagliafico, jugador del Ajax de Holanda y de la Selección Argentina.

Pero como dice el tango, siempre se vuelve al primer amor. Por eso, un rato antes de las 18, los restos de Diego –rodeado por camisetas, flores, cartas de amor y demás objetos de valor que fueron dejando las y los hinchas– enfilaron hacia el cementerio Jardín de Bella Vista, en esa localidad bonaerense, donde lo esperaban sus entrañables Don Diego y Doña Tota. La multitud hizo lento ese viaje, por lo que el cortejo fúnebre debió realizar varias gambetas para avanzar, esa sana costumbre de D10S.

Diego fue gordo, flaco, cambió de peinado, de color de pelo. Usó trajes y se lo vio en cuero. Dijo cosas coherentes, y no tanto. Pero su cara siempre fue la de un pobre, la de un trabajador. Diego fue el jugador que más se pareció a nuestros viejos, a los laburantes. El que entendió que presión era llegar a casa con las manos vacías sin poder llenar el estómago de hijos e hijas, y no una definición por penales. Su rostro y sus gestos guardaron siempre detrás de esa sonrisa inolvidable, el dolor de los humildes.

“Si me muero, quiero volver a nacer y quiero ser futbolista. Y quiero volver a ser Diego Armando Maradona. Soy un jugador que le ha dado alegría a la gente y con eso me basta y me sobra”. Pero Diego no se murió, Diego vive en el pueblo, desde que la Tota lo parió.

 

Fuente: El Eslabón

 

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