Sábado 23 de junio de 1979. Argentinos Juniors recibía a Huracán. Con goles de Dante Sanabria y Carlos Babington, el Globo caía por 3 goles que les encajó el Diego Armando Maradona. En la tribuna de Ferro, donde Argentinos jugaba de local, ocho casi-estudiantes de periodismo se mezclaban desordenadamente con la hinchada, tras entrar con puerco papel firmado por el director del Instituto Superior de Periodismo, ubicado en el barrio porteño de Congreso.

Tras esquivar repuestas mezquinas de la AFA, consiguieron el pase gratuito invocando el derecho de la libertad de prensa y los derechos de los estudiantes, aún en plena dictadura.

Y treparon las gradas y festejaron los goles del Diego.

Al terminar el partido, en diestras corridas se acercaron al patiecito de entrada a los vestuarios. Se miraron los ochos futboleros, que cursaban el primer año de Periodismo, y decidieron que entrara uno que había llegado desde Banfield.

Entre el pavor, en el sudoroso recinto, los periodistas rodeaba a un flaco melenudo en slip. Luego los reporteros profesionales buscaron a Diego, el casi-cronista quedó haciendo otro profundo reportaje, muy tonto, que no tenía idea, a quien era un desconocido para él. Con el tiempo se enteró que era Carlos Alberto Munutti, un señor que oficiaba de guardametas de Argentinos y que había empezado su carrera en Rosario Central.​​

El gran plan era esperar que el Pelusa quedara sin presiones de la prensa, como para charlar más tranqui. Cuando el Pelusa de Fiorito quedó aliviado, el casi-estudiante lo encaró en un rincón sin tantos temblores, mientras  Munutti se retiraba ya vestido adecuadamente.

La consulta se largó sobre un tema no muy futbolero, sobre su paso por el Vaticano y la oportunidad de denunciar la situación que se vivía en Argentina con la represión militar. Con gestos de preocupación, el joven morocho remarcó la dificultad de hablar sobre ese tema en medio de una gira o torneo o el Campeonato Mundial de fútbol juvenil.

Al preguntarle si había visto las banderas de los exiliados argentinos y las puteadas a los militares, indicó que sí, que los había visto y le dolía todo lo que ocurría en Argentina.

La emoción y la admiración se llevaron los vestigios de un reportaje académico. El famoso pibe de 19 años y el ignoto cronista de 23, se saludaron con la informalidad de sus años.

Afuera, en el patiecito al lado del vestuario, una señora que ya era La Tota, pero no tan célebre, se cruzó con el joven cronista y lo saludó. Ayer nomás, uno de los miembros de la avanzada estudiantil de casi-periodistas, le recordaba al audaz casi-cronista que también le había hecho un reportaje a la Tota que no fue más que un saludo, un histórico saludo para esa bandita descontrolada.

Pero también estaba allí la prensa hegemónica y colaboradora del terrorismo de Estado. Aquella prensa que filmaba a la gente para botonear. Se debería recordar a aquel Delator de América, José María Muñoz, quien convocaba, también en 1979, para hostigar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos bajo la consigna “Los argentinos somos derechos y humanos”. Al menos, luego, un dibujito de una aceituna sin brazos lo vencía en una disputa sobre si tirar o no papelitos en la cancha, cuando el Delator de América apoyaba el “orden” en el país.

En aquel partido de Argentinos y Huracán, estaba también un escriba del poder, uno de antejos negros –de asquerosa fama en esa época–, el tan serio y formal Enrique Moltoni, de Nuevediario (Canal 9).

Como tal estrella televisiva, vio al Diego que salía cerca del desprolijo casi-cronista y lo desplazó para que su camarógrafo grabara una entrevista, sin esa extraña presencia. El casi-cronista le explicó que quería grabar la nota que le iba a hacer, cosa que no admitió Moltoni, quien cansado del cargoso, de resignada forma, tomó el micrófono del grabador (de esos que parecen un bolsito con teclas).

En verdad no importaba esa nota formal y clásica, porque ya la cortita charla con el Diego daba ejemplo de su magia para gambetear y jugar con el ceremonial periodístico.

La nota a solas con Pelusa, se difundió en un rústico periódico mural del instituto, a pesar de incluir palabras como “desaparecidos, 30.000, terrorismo de Estado y represión”.

El casete con la histórica grabación de la charla se perdió y quizás fue sobregrabado encima con algún tema de Manal, ponele. Pero, quedó muy guardado en la memoria y en las risas de los casi-cronistas. Y no hicieron falta más preguntas, siguió respondiendo con la redonda y también con sus hechos y compromiso con las mayorías.

Con el tiempo, el “10” creció con su pegada, guapeza y solidaridad con sus compañeros de gremio. A la vez, se paraba más a la izquierda, mientras cantaba la Marchita. Y después armó maravillosas paredes con Fidel, Evo, Chávez, Néstor, Cristina y las Madres…

Es un maestro, ¿viste cómo es el Diego?

 

Fuente: El Eslabón

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