Daniela Mastrángelo

 

Daniela Mastrángelo es mamá cooperadora en las escuelas de sus dos hijos: uno en la primaria, otro en la secundaria. Trabaja en ese espacio convencida de que es una manera diferente de acompañarlos en su educación. El año pasado, junto a otras madres y padres que también integran cooperadoras escolares, se unieron en lo que llamaron “Cuarentena solidaria”, que en lo concreto significó la asistencia con bolsones de alimentos y artículos de limpieza a unas 70 familias de Granadero Baigorria. “La pandemia nos está llamando a todos a involucrarnos, en las cooperadoras o en los espacios que sean, nos está desafiando como humanidad”, opina Daniela.

Hay todo un trabajo permanente y silencioso de madres y padres alrededor de la educación, que hablan de otro accionar y que realizan a través de las cooperadoras escolares. Una de esas historias es la de Daniela, que vive en Granadero Baigorria, tiene un hijo en 7° grado en la Escuela Primaria Cooperación Escolar y otro en la Escuela Técnica N° 550 Manuel Sadosky. En la cooperadora de la técnica tiene un rol más activo que en la primaria. “Es que en las secundarias las cooperadoras escolares son más difíciles aún que en la primaria. Somos repoquitos, pero con mucho compromiso de trabajo. Los directivos, muy abiertos y comprometidos también. Mi hijo hace tres años que está en esta escuela, y desde entonces participo de ese espacio”, argumenta y aclara que viene siendo parte de estos espacios desde que el más grande estaba en jardín.

Para Daniela, participar de estas organizaciones también es una forma de implicancia familiar y ciudadana. “Yo siempre viví el trabajo en la cooperadora de la escuela como una manera de ser parte de la educación de mis hijos, y de las instituciones donde mis hijos se desarrollan. Poder mostrar en la acción, vivir con ellos la participación en las instituciones y el hacer juntos”, dice y agrega: “Les jóvenes necesitan también de nuestra presencia y del acompañamiento de la escuela”.

cooperadora escolar
Una de las actividades principales de las cooperadoras es reunir fondos, como en esta realizada previa a la pandemia.

Claro que la rutina de trabajo en la cooperadora escolar cambió con la llegada de la pandemia. Necesariamente volcó de los límites del edificio escolar al trabajo comunitario. Daniela repasa que las cooperadoras asumen el papel de estar cerca de las escuelas en sus necesidades económicas, como conseguir recursos con las cuotas societarias, armando rifas o en otras actividades que ayuden a ese fin (de hecho durante todo el 2020 siguieron sosteniendo servicios como el pago de una alarma, un adicional del teléfono y acceso a internet). También trabajan aportando a algún proyecto pedagógico que habilite a mayor igualdad de oportunidades. Y en esas tareas esenciales también cuenta la articulación de iniciativas con el centro de estudiantes. “Estar ahí, cerca de la escuela siempre”, resume.

Pero llegó la pandemia y eso obligó a pensarse de otra manera. “A través del diálogo permanente con los directivos de las escuelas, y ante la realidad del país, pudimos ver enseguida que había familias que la estaban pasando mal”, dice Daniela sobre cómo empezó de inmediato una movida colectiva.

A esa campaña que llamaron “Cuarentena solidaria” contribuyó mucho –apunta esta mamá– ser una comunidad chica. Se organizaron para conseguir donaciones de alimentos y artículos de limpieza en los supermercados locales, los habilitados por esos días, cuando estaba restringida la circulación de personas. “Como no podíamos convocar en otro lugar para que la gente done, se nos ocurrió poner las cajas en los supermercados más grandes de Baigorria. La gente respondió muy bien”, destaca. Además recibieron una donación importante de mercadería que realizó la fundación de una empresa muy grande de la zona. Todo contribuyó a asistir a las familias durante nueve meses.

Campaña solidaria
Cooperadoras escolares, centros de estudiantes y directivos se unieron para organizar una «Cuarentena solidaria».

En números, esa campaña representó la ayuda directa a unas 70 familias (inicialmente habían sido 40). Aquí trabajaron conjuntamente “las cooperadoras de la Escuela Técnica Nº 550 y de la Escuela Secundaria Nº 422; los Centros de Estudiantes de las escuelas N° 550 y Nº 422 y directivos de la Escuela Secundaria Nº 330”.

Las y los docentes de las secundarias de Baigorria hacían el contacto con las familias más afectadas y las cooperadoras les acercaban la ayuda. “También nos acompañó algún docente, directivo o celador, como para además conectar con los chicos que estaban haciendo las tareas, acercarles también algún tipo de contención más pedagógica”, dice Daniela acerca de cómo diseñaron esa iniciativa. La idea se enriqueció más tarde con un aporte de semillas que lograron del Inta y entregaron a los hogares que tuvieran lugar y quisieran. En especial, pensando en mejorar la calidad de los alimentos.

Ese acercamiento a la casa de las chicas y los chicos les mostró también otra realidad: la falta de conectividad. “Pensamos en cómo colaborar con eso, pero la verdad que no pudimos ayudar mucho”, comenta Daniela. En cambio, sí pudieron de alguna manera hacer de nexo entre la escuela y las familias cuando preguntaban, por ejemplo, por los cuadernillos de trabajo.

Lo que viene

Daniela opina que la pandemia trajo cambios para todas y todos. “El encierro de los primeros meses fue muy duro, a todos nos interpeló de distintos modos. Pero quienes además tuvieron que conseguir el pan de cada día, para esas familias fueron vitales los dispositivos solidarios que se generaron en todos los barrios”, señala también no sólo por el hacer de las cooperadoras, sino sobre la respuesta comunitaria que se activó en cada barrio, con servicios de copa de leche y comedores.

Lo que sigue –manifiesta– es pensar una salida colectiva. “Tenemos que estar más atentos ahora buscando la forma de reconstruir el espacio educativo. Pero definitivamente hacerlo entre todos”, opina esta mamá cooperadora y quien además trabaja en una dependencia municipal de Rosario.

Para Daniela es esencial aquí el fortalecimiento del diálogo y la escucha. “Es muy importante fomentar el diálogo. Lo mejor es que cada uno pueda reconocer a la otra parte, porque los chicos están en el medio: son parte de las familias y de las instituciones educativas. Y por eso es revalioso que estemos considerando sus experiencias en ambos lados”.

En su mirada, la vuelta a las clases presenciales demanda garantizar los protocolos, las condiciones laborales de las y los docentes, pero también algo vital como la contención emocional. Algo que considera sustancial “para reconstruir los lazos en esta nueva etapa de las actividades” en este contexto. “Quizás lo pedagógico –expresa– no es lo más importante ahora, hay maestros con miedos, muches niñes con miedos, padres también. Me preocupa cómo vamos a darles el marco a estos jóvenes para que vuelvan a vincularse con sus pares, en un espacio de sociabilización por excelencia como es la escuela, y en muchos casos el único de sociabilización física”.

Daniela defiende y rescata el trabajo de las cooperadoras escolares también como espacios de participación que permiten pensarse en un horizonte común: “Es bueno saberse parte de estos espacios porque nos involucran y nos acercan de una manera diferente a los lugares donde nuestros hijos se desarrollan. La pandemia nos está llamando a todos a involucrarnos, en las cooperadoras o en los espacios que sean, nos está desafiando como humanidad. Los protocolos nos piden aislarnos, pero la salida debe ser comunitaria. No existe solución aislada. Creo que hay que redoblar los esfuerzos para que el aislamiento no sea social, que no afecte los lazos comunitarios”.

 

Fuente: El Eslabón

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