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El miércoles 24 de febrero, la Fluvial volvió a coparse para pedir justicia por Carlos Orellano. A un año de su asesinato, la tarde en las cercanías del boliche Ming imita la escena desarrollada 365 días atras. El calor es el mismo. La angustia, la bronca y la tristeza continúan.

La multitud se concentró en la puerta para recordar a Carlitos, un pibe de 23 años que el 24 de febrero de 2020 fue a bailar y no volvió. Su cuerpo apareció dos días después flotando en el río Paraná, a la altura del kilómetro 418, donde había sido visto por testigos por última vez, acorralado por dos patovicas: Fabian Claudio Maidana y Emiliano Oscar Lopez. De esta escena, también participaron dos policías que prestaban servicios en el local bailable, Karina Laura Gómez y el subinspector Gabriel Julio Nicolossi. El 8 de febrero de este año, los cuatro fueron imputados por homicidio simple con dolo eventual, que traducido significa que no se puede probar la intención de los acusados de matar aunque se representaron el resultado de sus acciones y de todos modos las continuaron.

Durante la tarde, la cara de Carlitos apareció estampada en remeras de color azul y amarillo: Bocacha era hincha de Rosario Central y si hay algo que queda claro después de lo sucedido es que a Orellano la gente lo quería. “Bocacha, mi buen amigo”, dice un pedazo de tela que cuelga de las rejas de la entrada del lugar que Orellano eligió para ir a bailar. Los barbijos llevan el nombre del pibe continuado por la palabra “justicia”. Los pilusos de la academia rodean de manera desordenada la Fluvial con bombos, platillos y bombas de estruendo. Cantan “Yo sabía, yo sabía, que a Bocacha, lo mató la policía ¡asesina!”, y aseguran que esa banda “siempre va a pedir justicia”. Una pareja llega con un ramo de flores celestes y amarillas. Un muchacho luce su tatuaje: es la cara de Orellano, la que se repite en todos los lienzos que existen. Carlitos tiene una familia y una bocha de amigos que siempre van a pedir por él.

Mabel, hincha de Rosario Central, pasa entre las banderas y posa su mano sobre la cara de Bocacha. Habla en voz baja, conversa con Carlitos a través de esa tela. Más tarde, en diálogo con El Eslabón, habla en presente: “Yo lo vi poco a Carlitos, porque yo voy a Central, al club, pero en El Caribe lo vi poco. Es un amor de persona”. “A mí esto me emociona porque era una excelente persona, y la familia igual”, dice. “Y estoy acá también por el sufrimiento de esa madre. Ese es el problema, la pérdida de un hijo no se soluciona con nada. Por eso estoy acá desde el principio y viví casi todos los momentos, vine al velatorio de él, fui al Centro de Justicia Penal con ellos, y ahora una vez más acá, por Bocacha”, expresa, mientras fija otra vez su mano en el cartel. “Ahí está, miralo, pobrecito. Siempre con esa sonrisa”, finaliza.

María, mamá de Carlos, permanece emocionada durante toda la jornada. Su lugar para asentarse durante el acto fue el tapial que rodea al boliche: se la ve conmocionada y no deja de mirar hacia las puertas de Ming, mientras se deja alcanzar por los brazos de los miembros del colectivo canalla que la envuelven a cada segundo. Una mujer con la remera canalla se le acerca: “Él está en un lugar hermoso, los que la pasamos mal somos los que quedamos acá”, le dice, y María asiente con la cabeza. Esa misma voz regresa más tarde: “Por más que tengas una docena de hijos, ese dolor no te lo quita nadie”.

Después, al ser entrevistada por Canal 3, María afirma algo parecido: “En este acto removimos todo lo que nos pasó hace un año. Para mí fue y será siempre así: como si fuera el primer día. Él me dio fuerzas todo este año para que sigamos haciendo justicia, que es lo que queremos. No me van a devolver a mi Carlitos, pero lo que queremos es un poco de paz”.

Durante el encuentro, también se expresó la iniciativa ciudadana de crear la Asociación Civil Carlos “Bocacha” Orellano, un “espacio de memoria y formación destinado a visibilizar la situación de personas, jóvenes fundamentalmente, que sufrieron hechos de violencia institucional policial en la ciudad de Rosario”.

Así, la propuesta de los familiares y amigos de Carlos Orellano es que se transforme al boliche Ming en un lugar dedicado a llevar adelante la organización. “Queremos que en ese espacio funcione un sitio de memoria, tanto por Bocacha como por todos los pibes y pibas que padecieron algo parecido”, señaló Edgardo Orellano, papá de Carlos, y detalló: “Y más que nada, un centro de asistencia a las víctimas en el que se capacite a profesionales para que atiendan a las querellas, porque el Estado le pone abogados a los victimarios, a los asesinos, y cualquiera tiene el derecho a un abogado defensor, pero los familiares de las víctimas no tienen la posibilidad de acceder a un asesoramiento y acompañamiento jurídico gratuito”.

“¿Cómo era Bocacha? Y, la gente te lo está diciendo”, dice Edgardo a este medio cuando se le pregunta acerca de su hijo. “Era un pibe toda luz, divertido, nunca estaba enojado, siempre estaba sonriendo, cagándose de risa. Le gustaba comer asados, tomar cerveza, jugar al fútbol, pescar, ir a la isla. Siempre iba con los compañeros a todos lados, los amigos lo llevaban a todos lados”, expresa entusiasmado.

Según Orellano, tanto la propuesta de la Asociación Civil como el acto en la Fluvial muestran que Bocacha “está acá, con nosotros”. “Y sirve también para que nunca más se olviden de lo que le hicieron. Para que cada uno que pasa por acá y vió algo esa noche, vea la foto de él ahí y se le retuerza el corazón por no haber hablado a tiempo, por callarse la boca. Otros por haber hecho lo que hicieron, y otros por encubrir. Va a ser algo que a nosotros nos regocija, pero a los que vieron algo te puedo asegurar que les va a hacer daño”, concluye.

Llevarse puesta la sonrisa

Además de la convocatoria y el pedido de justicia, otra de las actividades realizadas por familiares y amigos de Orellano a un año de su asesinato fue la pintura de un mural: en colores celestes y sobre una pared de ladrillos de unos 20 metros aparece el rostro sonriente de Carlitos, ubicado sobre calle Los Inmigrantes, a la vuelta del boliche que se tragó a Bocacha.

Según explicaron Guillermo y Ariel, pintores que colaboraron en la obra y que se encuentran dentro del grupo Arte por Libertad, “la convocatoria llegó por parte de la familia Orellano, que ya habían pedido permiso a Pablo (Javkin) para hacer en alguna pared de por acá un mural”.

Además de la imagen de Bocacha, el mural se encuentra enmarcado por la frase “dejame que lleve puesta conmigo tu sonrisa”, escrita por la cantante y compositora rosarina Vicky Alancay, que es también prima de Carlos Orellano. La frase pertenece a una chacarera que ella misma compuso.

Para ellos, la realización fue muy emotiva: “La familia representa para nosotros un ejemplo de lucha impresionante, un ejemplo de seguir peleándola en la adversidad. El hecho de que nos elijan y confíen en el colectivo, para nosotros es increíble. Es importante que ellos lleven adelante esta denuncia y lo que efectivamente importa es que se haga justicia para que no vuelvan a suceder otros casos de desapariciones de pibes”, valoraron.

 

Fuente: El Eslabón

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