Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

Juane era un crack. Pero era un crack que no sabía que era un crack. Para qué abundar en estas líneas y decir que era un gran periodista, militante y un compañero siempre dispuesto a defender a un compañero o compañera, sin medir el tenor de la cagada que se había mandado.

De su militancia y su manera de encarar el oficio, seguramente se escribirá mucho y se hará muchísimo mejor de lo que yo lo pueda hacer. Acá solo quiero recordar una discusión, de las miles que tuvimos y de las que te ganaba todas. Porque discutir con Juane era saber que entrabas a la cancha perdiendo.
Y la discusión de la que voy a dar cuenta fue nimia, pero la recuerdo como si hubiese sido hoy, en este tristísimo día que Juane nos dejó físicamente. Porque también, aparte de que era un animal político y periodístico, lo era en las habituales charlas futboleras.

Qué cosa ¿no?

La cuestión es que llegué un día a la redacción y el tipo estaba mirando en Youtube goles de Damián Manso, como buen leproso. Yo, canaya, le digo que sí; que ese pibito jugaba bien y me responde que Manso era un crack. E insistía.

La discusión se desató tras mi sonrisa; crack es Maradona, Messi, le dije, qué sé yo, Ronaldhino y algún que otro más. Pero él, dale que dale con que Damián Manso, en su mejor momento, había sido un crack. La discusión, lógicamente, se empantanó en giladas típicas entre un leproso y un canaya.

Ilustración: Lufarinelo

Lo que él nunca supo es que yo en ese momento pensaba que el crack era él, por su manera de llevar adelante con alegría cotidiana la militancia en Hijos, y en otros espacios de los organismos de Derechos Humanos, el oficio periodístico y los vaivenes (que no son pocos) de su otra familia que es nuestra Cooperativa La Masa.

A partir de ese día decidí no discutir más con él. A partir de ese día decidí aprender y aprehender de su constancia, de su ejemplo de militancia, y de estar siempre de buen humor ante cualquier circunstancia.
Su prematura partida de este mundo y el eterno dolor que eso nos provoca nos obliga a ser más fuertes y llevar por siempre la bandera de sus convicciones.
¡Hasta siempre y gracias por todo, compañero!

Fuente: El Eslabón

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