“¡La burbuja!”. Así dice que se despiertan muchas docentes a las tres de la mañana: sobresaltadas, soñando cómo organizar las aulas, que los salones en condiciones alcancen para garantizar la asistencia de los grupos por grados (y que los hermanitos puedan coincidir en los horarios). También cómo priorizar aprendizajes, después de un año inédito atravesado por una pandemia mundial. Dos vicedirectoras de escuelas de Rosario discurren sobre cómo pensar una escuela del cuidado, posible, donde hay que tomar definiciones clave a diario para que lo pedagógico y las condiciones de enseñanza vayan de la mano.

La charla transcurre cuando los sindicatos docentes definían si aceptaban o no el aumento salarial del 35 por ciento propuesto por el gobierno de la provincia. Más tarde –el miércoles 10 por la noche–, el plenario de Amsafé resolvió rechazar esa oferta y no iniciar las clases este lunes 15 de marzo. Habrá dos jornadas seguidas de paro, y otras dos más para la semana siguiente, en caso de que no haya un mejor ofrecimiento. En tanto que Sadop decidió aceptar el aumento paritario y arrancar con las clases este lunes.

Lunes para la enseñanza privada o miércoles para la pública, en esta semana que comienza docentes y casi 750 mil estudiantes del sistema educativo obligatorio volverán a encontrarse en las escuelas. Ya saben que no habrá abrazos, ni besos de bienvenida, “como era antes”, pero la expectativa de maestras, familias y chicas y chicos en ese retorno ya es generalizada.

Según datos del Ministerio de Educación provincial (al ciclo 2020), 746.980 alumnas y alumnos se reparten entre la enseñanza pública (523.299) y privada (223.681) en los niveles inicial, primario y secundario orientado y técnico. De ese total, 267.562 pertenecen al departamento Rosario: 161.868 en las escuelas públicas y 105.694 en las particulares.

Organizando burbujas

Griselda Cardozo es vicedirectora en el turno tarde de la Escuela N°117 Islas Malvinas (Uriburu y España). Lleva 15 años en ese cargo, y un total de 28 en la docencia. A fines de febrero arrancaron con la presencialidad de los 7° grados, con un esquema diario de clases, organizados en pequeños grupos y sumando a esta tarea a toda la escuela sin diferencias de cursos donde se enseña. “Hubo que convencer a algunas maestras, porque si bien hay quienes siempre están dispuestas, también hay resistencias, algunas personales y otras profesionales. Todavía está este discurso de «yo soy maestra de otro ciclo, no sé nada de séptimo»”.

A partir de la semana que se inicia la escuela –como las demás– se acomodará para recibir a las 700 alumnas y alumnos que asisten a la Islas Malvinas, en los dos turnos. “Ahora será de tres horas y media, con un esquema de 90, 30, 90 minutos” entre clases y recreo en el medio. Una organización difícil de resolver “con nueve aulas inutilizadas en la escuela, por problemas de techos, filtraciones, humedad”, dice Griselda, sobre cómo las encuentran estos días previos al retorno.

Malabares. Es lo que hacen para intentar que coincidan las posibilidades reales de la escuela con la demanda que llega del Ministerio de Educación provincial para que las clases sean de tres horas y media, todos los días, en la semana designada para la presencialidad. “El tema de lo inesperado, de lo incierto, generó el año pasado mucho estrés y confusión. Y éste más todavía, porque pensás el esquema (de burbujas) de un modo, en el contexto situado, y el Ministerio te dice que no, que debe ser «igual para todos». Eso genera también discusiones internas”, comparte Griselda.

“El Ministerio insiste con una jornada de tres horas y media, pero al disponer de menor cantidad de aulas la posibilidad que tenemos es una semana presencial (por grupo) y, luego, casi tres semanas después, recién volver a la escuela”. En un total de 16 aulas –aparte de las de inicial– sólo siete están en condiciones. “¿Por qué las niñas y los niños tienen que ir en este contexto a un lugar donde se les caiga un pedazo de revoque o haya un hongo gigante en el aglomerado del techo?”, se pregunta la vice.

En esa ingeniería de pensar la jornada escolar, también entra la entrega de merienda seca en reemplazo de la copa de leche. Algo que sostuvieron el año anterior “con un gran esfuerzo de logística” y que mantendrán en este ciclo. “Porque la pata asistencial es fundamental y es un derecho de los niños que es innegable”, expresa Griselda.

—¿Dormís?

—Ayer le preguntaba a la supervisora cómo sobrevive, porque la verdad es que estamos sobreviviendo. Todo el mundo se despierta a las tres de la mañana pensando en ¡la burbuja! ¿A qué hora tienen que ir los chicos? O si le tomaste la temperatura al pibe que entró a la escuela.

Escuela 117
La vice Griselda Cardozo (izquierda) y parte del equipo de docentes de la Escuela Islas Malvinas. Foto: Manuel Costa

Aprendizajes

Las maestras mantuvieron –cuenta Griselda– contactos con las familias, sobre todo a través de los grupos de WhatsApp. La expectativa por el regreso se percibe a diario: preguntan qué tienen que llevar, qué útiles, si mochila o no, todo eso que hace a la escena escolar. “Algunas maestras compartían en estos días que los niños van a estar muy motivados para trabajar en la escuela. También pienso que es así porque la escuela es otro lugar distinto de la familia, distinto del barrio (entre Villa Moreno y Flamarión), zonas muy castigadas por la violencia narco. Estar en otro lugar va a estar bueno para los pibes”, valora la vicedirectora.

Al tiempo que diseñan burbujas y acomodan horarios, organizan cómo se encararán las clases en la bimodalidad. Griselda señala que llegaron a tiempo los cuadernos provinciales (Alfasueños 2) que les permiten organizar proyectos integradores, tanto para el aula como para cuando trabajen a la distancia. Y reconoce que en este ciclo podrán contar –gracias a un acuerdo paritario– con reemplazantes para cubrir a las docentes que estén con licencia por artículos relativos al Covid. “Es un alivio impresionante. Necesario y justo, porque el año pasado no hubo trabajo para los reemplazantes”, remarca.

Todo lo que se encare como tarea pedagógica “debe ser una idea compartida”, dice la vice en referencia a cómo pensar las primeras clases en las aulas presenciales. La otra parte compleja de poner en práctica será el cumplimiento de los protocolos. La experiencia de haber tenido ya a los 7° grados en la escuela les mostró lo difícil que será sostenerlos: “Tener el tapaboca todo el tiempo puesto, mantener el distanciamiento. Los de 7° querían jugar a la pelota, al metegol. Pusimos algunas alternativas de juego y de disfrute, pero ahora con todos se va a complicar porque serán muchos más”.

Por si no fuera complejo, el panorama se completa con una tarea que, con o sin pandemia de por medio, siempre tiene la institución escolar: remar contra la corriente. El profesor Miguel Ángel Santos Guerra lo repite en cada conferencia y en varios de sus libros cuando dice que la escuela enseña valores que luego la sociedad se encarga de contradecir. “Cuando los chicos salen de la escuela, dan la vuelta y se sacan el barbijo. En lo comunitario no se ve a todo el mundo respetando el distanciamiento y el uso del barbijo. La escuela se pone firme para que eso se cumpla, porque es una actitud de cuidado que está muy bien, pero después también hay padres que van sin barbijo”, describe Griselda la complejidad de lo diario.

—¿Cómo pensás una escuela del cuidado?

—La pienso en un sentido de que no seamos sólo los actores y las actrices institucionales quienes tengamos que poner nuestros cuerpos, que nuestros cuerpos no sean sólo los dispositivos del cuidado. Para que haya una escuela cuidada tiene que haber una infraestructura cuidada y digna para que niñas, niños y maestras hagan un trabajo para el que estamos convocadas. Y eso es pensar en cómo jugamos, cómo la estamos pasando, qué más quisiéramos aprender en cada grado. Esa es una discusión que hace mucho que vienen dando los sindicatos docentes, que la infraestructura no es el telón de fondo, tiene que ser parte inherente a lo que va a suceder ahí, si no nuestros cuerpos terminan siendo el propio dispositivo del cuidado. Hay mucho agradecimiento y reconocimiento hacia la vacunación. Pero bueno, siempre puede haber más presupuesto en educación, siempre.

Prioridades 

Cristina Jelonche es vicedirectora de la Escuela María Madre de la Civilización del Amor (Ayolas al 4000). Lleva 23 años unida a la docencia, de los cuales en los últimos seis ocupó ese cargo directivo. Desde la tarea de organizar el retorno a la presencialidad escolar menciona la cuestión didáctica, pedagógica y edilicia como prioritarias, unas unidas a las otras, buscando un equilibro. “Es tan importante cumplir con los protocolos para evitar contagios, para la prevención, como saber cómo vamos a trabajar con los chicos, en qué condiciones vuelven, a qué le vamos a dar prioridad, cuáles son nuestros objetivos”, dice.

La escuela es de enseñanza privada, recibe el 100 por ciento de subsidio estatal y asiste a una población escolar con urgencias sociales y económicas. Tiene servicios de comedor y copa de leche, que el año pasado se transformaron en entrega de bolsones de alimentos. Y por lo menos por ahora van a continuar.

A fines de 2020, los casi 400 alumnos y alumnas de la primaria transitaron por un tiempo de revinculación tras un año escolar atravesado por la cuarentena y el distanciamiento sanitario. Fue un tiempo muy corto, que ahora con todos en la escuela las invita a pensar de qué manera organizarse mejor. Y eso no es nada sencillo. “Ya no es la misma escuela que era antes. Tenemos que pensar qué tipo de organización necesitamos, de qué manera hablamos con los chicos, nos revinculamos, no recargar en preguntas y en angustias de cómo la pasaron, pero sí saber cómo la pasaron”, comparte Cristina.

Y en esa escuela, que ya no es como la de antes, también hay lugar para pensar en cómo transformar los abrazos y besos de bienvenida en otras expresiones de afecto. En diciembre pasado, un alumno de los cursos más grandes le preguntó si ya no lo quería más porque lo frenó cuando venía a saludarla con un beso. “Casi me pongo a llorar. Y ahí le dije «lo que pasa es que porque te quiero te cuido»”, cuenta Cristina, además de recordar que enfermó de Covid en enero pasado.

También observa que son los más chiquitos los que mejor prestan atención a las normas, que por ejemplo ponen en práctica más rápido el lavado de manos.

En su opinión, en esta escuela del retorno se trata de “enseñar el respeto, el cuidado”. Una meta nada menor si se considera lo difícil de mantener la distancia entre los chicos o el simple uso del barbijo, “que se lo ponen para entrar a la escuela, como si fuera una exigencia de la escuela y no del resto de la vida”.

Escuela Ma. Madre Civilización del Amor
Ma. Madre Civilización del Amor. El director de secundaria, Diego Sauret, y la vice de primaria, Cristina Jelonche. Foto: Candela Robles.

La tarea de armar las burbujas representa una ingeniería de acuerdos para toda la escuela, también correr con los tiempos ajustados, las realidades familiares y las demandas oficiales. “Todo llega muy muy sobre la hora, no podés tomar decisiones así. Con los salones –describe la vice– llegamos con lo justo para que no haya más de 15 chicos por burbujas. Las armamos por orden alfabético para que coincidan los hermanos, aunque tenemos hermanos que no tienen el mismo apellido, tienen apellidos distintos. Tenemos que ver si podemos coordinarlo. No es muy fácil, pero lo intentamos. En esto están trabajando mucho los docentes, que son muy predispuestos, que saben cómo son las familias, que conocen el barrio”.

¿Y cómo se piensa lo cotidiano de la jornada escolar: qué se enseñará, qué se aprenderá, cómo se responderá a las familias pendientes de mirar los cuadernos de clases? Cristina dice que hay que insistir para que las madres y padres cambien esa idea de control sobre los cuadernos y carpetas. “Escribir en el cuaderno no es sinónimo de haber trabajado mucho. Yo puedo escribir mucho en un cuaderno porque copié del pizarrón pero no aprendí nada, hay otras maneras de aprender. Pero eso también lo tenemos que entender los docentes, los directivos”.

Para la vice de la María Madre Civilización del Amor la escuela que viene deberá aprender a trabajar sobre situaciones problemáticas. Los contenidos van a ir surgiendo de esa invitación permanente a pensar la enseñanza basada en el diálogo, la mirada y una mayor escucha. Y estar preparados “para pasar de la virtualidad a la semipresencialidad porque no será una presencialidad completa, además de incierta”.

“Aquí se ponen en juego las ganas, la creatividad, las fortalezas y no desesperarse –reflexiona–. Cuando empezamos la presencialidad con 7° grado había miedos, y los miedos no son malos, no te tienen que anular, pero sí servir para pararse y ver para qué lado seguir. Todo es aprendizaje, lo bueno y lo malo”.

—¿Qué es una escuela del cuidado? 

—Significa que, y es el mensaje que les dimos a los docentes, a los chicos y las familias, la escuela dejó de ser sólo el lugar donde vos aprendías a leer, a escribir o hacer cuentas. Y esto desde hace mucho tiempo. La escuela no puede quedarse sólo con contenidos conceptuales, la escuela te tiene que ayudar en la vida. En este caso, cuando estamos atravesando una pandemia, la escuela tiene que reforzar el cuidado de la salud, de la vida. No nos serviría de nada tener una planificación con muchos contenidos conceptuales si no tenemos los saberes de cómo usar un barbijo, lavarnos las manos, saber que debo mantener una distancia, que aunque nos empecemos a vacunar la pandemia no se terminó. De todas maneras, la escuela siempre parece que fuera a contramano de la sociedad. Y aparte de todo eso, qué pasa con los sentimientos: si vuelvo, cómo vuelvo. Si antes nos escuchábamos, ahora más; si antes nos mirábamos, ahora mucho más. Porque en este tiempo pasaron muchas cosas, sabemos que hubo problemas en los hogares, lamentablemente muchos fallecidos, y mucha gente sin trabajo. Eso también es parte de una escuela del cuidado.

 

Fuente: El Eslabón

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