Yo no sé, no. Aquella primera pelota de pique casi incontrolable, que cuando se la dominaba se necesitaba siempre de un otro para hacer el juego, y cuando ese otro no estaba, aparecía la pared para acompañar. Esa misma pelota que recorrió baldosa por baldosa en aquel primer barrio, y que de pronto, en la mudanza, se transformó en una de cuero que conoció la tierra y el pasto, esos yuyos rebeldes que se negaban a ser cortados, a estar parejitos. Esa pelota que renegó con nosotros y con nuestra pierna menos hábil, a veces la derecha, a veces la izquierda. Pero en algún momento las tres se amigaron: la que usábamos para pegarle de chanfle, la que usábamos para caminar, y ella, la primera de cuero. Esa que quedó escondida en algún patio, detrás de alguna maceta, de algún picadito siestero, casi clandestino, y que aparentemente no fue devuelta nunca, o tardó en volver, pero que antes conoció los encuentros con nuestros compañeros, los pic-nic de sueños colectivos, ella estaba ahí, pegadita a nosotros, y en cualquier momento terminaba la mateada y empezaba a convocarnos ella. 

Pero antes, en algún patio o en alguna terraza, parecía que estaba mirando el cielo, esperando el regreso de algo, de alguien, esperando el regreso de algún líder. También fue prestada para que algunos pibes no se quedaran sin jugar en alguna de esas siestitas, cuando todo estaba cerrado. “¿Me la presta, don, me la presta? Después se la traemos”, y ella iba contenta. Y quizás fue la misma que después de aquel 24 de marzo tardó en volver. Y cuando volvió era de picaditos rápidos, casi temiendo lo peor, y en algún momento parecía sonrojarse por algún Mundial o evento oficial. 

Hoy, el espíritu de todas esas pelotas está en la última que tengamos, esa que esperó el último pase de algún compañero, esa que esperó volver con nuestros grandes sueños de patria, esa que esperó un último pase del Juane. Hoy a pesar de todo, dice Pedro, cuando veo en algún rincón la pelo, pienso en todo ese recorrido, en todos esos terrenos, en todos aquellos pases que la esperaron. Hoy, a pesar de los avances y retrocesos –y cuando vayamos saliendo de nuestras trincheras, como para ir avanzando, volverá a estar con nosotros–, volverá a ser participe de nuestro juego, de nuestros sueños, de nuestros pases celestiales con los compañeros, de aquellos que hoy y siempre los recordamos: ¡Presentes, ahora y siempre! ¡Presentes, esperando el pase, ahora y siempre!

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