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Al pintor Juan Grela siempre se lo ha llamado cariñosamente “maestro Grela”. Su labor pedagógica, sostenida por años en el taller que dirigió junto a su esposa, Aid Herrera, es por todos conocida. En ese espacio se formaron varias generaciones de pintores y grabadores, y su legado puede rastrearse aún hoy en la obra de muchos artistas locales.

¿Qué decir sobre Grela que no se haya dicho aun después de tantas muestras antológicas, publicaciones, reseñas y homenajes? Cada vez que su figura es revisitada, me surge la misma reacción: sus obras nunca dejan de sorprender y resulta difícil concebir una historia del arte rosarino sin convocar su nombre.

Los trabajos expuestos en Líquido cielo corresponden al último período de la carrera del pintor. En él, Grela deja de lado las composiciones basadas en líneas rectas para prescindir casi completamente de ellas. En esta etapa, además, su obra adquiere una impronta lúdica inédita en la que es la línea curva la que se convierte en protagonista y donde la tensión entre lo figurativo y lo abstracto se acentúa enormemente. Por esos años, la armonía de los elementos, una de sus preocupaciones constantes, se reconfigura ahora bajo el imperio del azar y de la intuición. Grela se vuelca de lleno a la experimentación con materiales que hasta ese momento no había usado y va incorporando métodos como el automatismo y el accidente. Todo esto le significó un “tirarse a la pileta”. Asumir que no podía ya basarse en tal o cual libro, en tal o cual receta para construir sus cuadros, sino que, teniendo en cuenta su dilatado recorrido como pintor, sólo era cuestión de dejarse llevar por la corriente de los colores, las formas y los “movimientos” internos de la propia obra.

Las piezas de esta muestra son, lisa y llanamente, lecciones de pintura. En ellas vemos pliegues y repliegues, transparencias, superposiciones, yuxtaposiciones, equivalencias de colores y complejas composiciones dinámicas. Los seres que convoca en sus cuadros conviven en paz y cuando un elemento adquiere protagonismo, otros los contrarrestan (la destreza cromática con que se mueve el pintor, difícilmente pueda verse en otros autores locales). Un ejemplo de su admirable uso del color es la habilidad para mantener el mismo nivel de desaturación entre diferentes tintes. Esto convierte a los cuadros en un juego de tensiones atenuadas al mínimo.

La influencia mutua entre Aid Herrera y su esposo también se hace patente: pájaros, flores simplificadas, perfiles humanos, son algunos de los motivos iconográficos que la pareja de artistas comparte en este periodo tan fructífero para ambos. Durante esta época, desde mediados de los 70 y fines de la década del 80, los dos vuelcan sus imágenes en dibujos, grabados y pinturas de forma paralela y con una concordancia sorprendente. En la obra de Aid, también notamos ese interés por el juego libre de la línea sobre el plano y el uso del color no sujeto ya a ningún tratado o teoría. No sabemos aun hasta qué punto se dio esta simbiosis, pero la retroalimentación de sus repertorios temáticos y formales salta a la vista.

Como espectadores, parece que estuviéramos presenciando un mundo lleno de vida submarina en el que las coordenadas de la realidad se han perdido, o ya no importan. El cielo es mar y el mar es el cielo. El espacio representado nos resulta confuso y abigarrado. Grela nos sumerge en un universo de fantasía, en un cosmos onírico en el que el tiempo se detiene por un momento. Sentimos que la pequeña sala de Diego Obligado se inunda de golpe y una infinita cantidad de formas se apoderan del lugar. Todo se retuerce, pero nada pierde nunca su exquisita suavidad pictórica. La precisión de la pincelada es milimétrica y en ese gesto es casi palpable el amor por el oficio. Según se cuenta, el proceso de trabajo de Grela era lento, meticuloso, y una obra de gran formato podía llevarle meses.

Simpleza y complejidad, ejecución soberbia y trabajo minucioso y modesto. Esta serie de cuadros nos muestra a un artista que en sus últimos años de vida continuó tomando decisiones arriesgadas. Decisiones que no eran nuevas, las había tomado antes al adoptar sus figuras humanas monumentales durante su estadía en Mutualidad, como alumno de Antonio Berni, o en su periodo geométrico bajo la influencia del Universalismo Constructivo de Joaquín Torres García. El maestro, ya en sus últimos años, siendo fiel a su estilo de eterno inconformista, no deja de pensar y pensarse desde su propia obra.

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