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Hizo inferiores en Ferro y en el 90 llegó a la Primera. Sus buenos rendimientos en el club de Caballito le permitieron vestir la camiseta de la Selección Argentina Sub 20 un año más tarde, tanto en el Sudamericano de Venezuela como en el Mundial de Portugal. El por entonces entrenador de Rosario Central, Pedro Marchetta, puso los ojos en ese aguerrido y habilidoso volante y en 1994 lo tuvo entre sus dirigidos, aunque su estadía en la ciudad duró apenas un año, tiempo en el que disputó 54 partidos, marcó 7 goles y tiró paredes con el Negro Omar Palma, Raúl Gordillo y Pablo Vitamina Sánchez, entre otros. Luego aceptó la oferta de Independiente, como un regalo para su padre, hincha fanático del Rojo de Avellaneda, y allí levantó la Supercopa Sudamericana, torneo ya extinguido que reunía a todos los campeones de la Libertadores, venciendo al Flamengo del Chapulín Romario y en el mismísimo Maracaná. Roberto Molina, el Nuno, siguió después su carrera en México, donde hoy –ya alejado del mundo de la redonda– capitanea un emprendimiento solidario en la comunidad Macario Gómez, en la selva de Tulum.

Bienvenidos a la jungla

“Acá en la selva, en este lugar maravilloso, estuvo una de las civilizaciones más emblemáticas, no termino de asombrarme de lo que sentí cuando llegué. Acá hay más de 700 plantas naturales que curan enfermedades, y yo ni me imaginaba esto porque estaba ocupado jugando al fútbol”. El Nuno se larga a hablar con El Eslabón en una extensa charla por teléfono, en parte interrumpida por el fuerte viento que azotaba del otro lado de la línea, en esa maravilla natural mexicana que describió el ex futbolista del América, Atlante, Neza, Puebla y Tiburones Rojos de Veracruz, todos de aquel país del norte de América. Y sigue describiendo ese lugar al que no llegan las garras inmobiliarias, y ni siquiera Wikipedia: “Los ejidos son tierras mayas, o tierras que nunca han sido alcanzadas por lo que la conciencia del hombre está haciendo con el planeta. Acá hay una energía diferente a la que uno conoce en las ciudades”.

Este ex volante por derecha, que por su habilidad con la pelota también jugó en Barcelona de Ecuador, Universitario de Perú e incluso en Racing, el otro grande de Avellaneda, asegura que este sitio, alejado de los grandes centros urbanos que supo conocer, lo sedujo “por la gente, que te mira a los ojos y con el corazón, algo que se ha perdido hoy en muchas ciudades grandes”. 

Cuando se le consulta por el objetivo de esta aventura en tierras ancestrales, Nuno no duda: “sacarle una sonrisa a los pibes, porque esta zona está bastante olvidada, como muchas partes del mundo”, y argumenta: “Yo sonreí mucho en mi infancia gracias a una pelota, y quiero eso para todos los niños. Este bicho invisible (por el coronavirus) ha sacado a relucir las debilidades y fortalezas, y estamos descuidando mucho a los que vienen atrás”.

“Es hermoso poder traer una pelota para que unos 20 chicos se diviertan toda una tarde como hacíamos nosotros cuando éramos chicos”, señala con un dejo de emoción, y abunda: “Mi intención es hacer un Centro Internacional, porque Tulum tiene la magia y un ecosistema increíble, con ríos subterráneos, agua potable. Es una de las grandes reservas de agua potable del planeta”.

“Todo eso lo aprendí mucho de mi papá, Don Roberto Molina, y de mi mamá, Silvia Margarita, que me prepararon para la vida”, remarca orgulloso este hombre que nació en la ciudad de Mendoza, en octubre de 1971, y se explaya: “A los 14 años me pusieron todo en una mochila y me fui a Buenos Aires a jugar al fútbol. Siempre les estaré agradecido por los valores que nos dieron, a mí y a mis hermanos. Siempre me manejé por derecha, y por eso siempre jugué de 8, por derecha”.

Rosario maravillosa

El Nuno debutó con la camiseta a bastones verticales azules y amarillos el 12 de abril de 1994 y, capricho del destino, en un empate en cero ante Ferro, su club de origen. Formó parte de un gran equipo que tenía como arqueros titular y suplente a Roberto Bonano y al Pato Abbondanzieri, que al tiempo brillarían en las vallas de River y Boca respectivamente. “En Rosario pasé una etapa muy linda de mi vida, y dejé allí varios amigos en mi paso por Rosario Central, institución que para mí significó muchísimo”, rememora el ex volante ofensivo, y aclara: “Siempre le estaré agradecido a la escuela de Ferro, que fue muy importante para mí, pero en un momento empecé a disentir con algunas formas, con un sistema distinto a mis ideas futbolísticas”. 

Volviendo al barrio de Arroyito, Roberto confiesa: “Siento que en Central me quedó algo pendiente. Pedro Marchetta confió en mí y me llevó con un equipo maravilloso, de seres humanos primero, y de jugadores que jugaban bien al fútbol y entendían el juego, que no es lo mismo. Una cosa es jugar bien, tener condiciones, y otra es entender de qué se trata el juego, cuándo se mete una pausa, cómo recibir perfilado, cuándo ir para adelante, cuándo para atrás. Muchos creen que sólo es patear una pelota y no saben lo que es estar dentro de una cancha, tomando decisiones en milésimas de segundo. Estar en un campo de juego es una experiencia única, te corre una adrenalina impresionante”.

“Cuando pienso en Central se me vienen las imágenes de Kempes y Palma. Al Negro lo tuve de compañero, una persona común, sincera, directa, sin filtros, y que jugaba… ¡mamita! No sabés lo que era jugar al lado del Negro Palma”, destaca el mendocino, y concluye: “Recuerdo a Rosario con mucho cariño. Le deseo lo mejor al Kily González, y a los muchachos que lo acompañan en el cuerpo técnico, y ojalá puedan poner el equipo en lo más alto posible, como buenos guerreros que son”. 

Antes de despedirse, el Nuno se encarga de marcar la cancha y aclarar el por qué de su salida del conjunto Canaya: “Mi papá era hincha de Independiente, así que cuando salió la posibilidad ni lo dudé. Cuando salí campeón con el Rojo, en el Maracaná, fue un regalo para mi papá. Me costó mucho irme de Central, pero no me arrepiento porque lo hice por mi viejo, así lo sentí en ese momento”.

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