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El espacio El Bucle estrena muestra y libro. Surrealismo rosa de hoy, de Santiago Villanueva, es una de las últimas publicaciones del sello Iván Rosado para su serie Maravillosa Energía Universal. La propuesta reúne un conjunto grande de autores argentinos de diferentes épocas, estilos y técnicas. Las genealogías se entrecruzan y se dan encuentros sorprendentes que actualizan viejas discusiones sobre esta vanguardia y sus alcances. Clásicos del primer surrealismo como un joven Leo Gambartes o Mariette Lydis –quienes fueron contemporáneos del movimiento en sus inicios– comparten cartel con artistas de la talla de Marcelo Alzetta o Clara Ezborraz. Una propuesta que pretende no sólo expandir las nociones asociadas al surrealismo sino ampliar el elenco de sus representantes más conocidos en nuestro país.

Como bien cuenta el autor, los artistas y críticos argentinos del siglo pasado entendían que el surrealismo era una vanguardia a la que había que adherir por completo. Casi como si ser parte del movimiento implicara sacar un carnet. Eso derivó en que algunos denostaran a quienes no se ajustaban a los preceptos del surrealismo europeo y a la ortodoxia de sus manifiestos. A estos pintores se los tildó de “surrealistas rosas” (la densidad de este adjetivo va a marcar varios momentos nodales del arte argentino). A diferencia de ellos, el surrealismo de Santiago Villanueva desanda el camino de una vanguardia “ilustrativa” de características estilísticas y temáticas preestablecidas.  Este nuevo “surrealismo rosa” ya no es auténtico o falso. Sus posibilidades y alcances se expanden en una conceptualización que no adquiere una vía única, nutriéndose de fuentes muy diversas: el arte de los 90, la poesía de Francisco Gandolfo y hasta la figura icónica de Federico Klemm (amante del surrealismo si los hubo).

En cierto momento, el texto retoma una idea de Aldo Pelegrini, quien define al surrealismo cómo “posibilidad de la realidad”. Esta “posibilidad” no es entendida aquí como una reconfiguración de lo visible tal cual lo concebía el surrealismo histórico. Es, más bien, ese énfasis de los artistas en que naturalicemos sus imágenes. Como si intentaran convencernos de su impronta cotidiana, como si al hacerlas no le costaran que afloren y que salgan a la superficie porque son ellas mismas las que se mezclan con su día a día. Si no, ¿cómo concebir los dibujos extraños de María Guerrieri que parecen casi un boceto del natural? Trabajos de una impronta tan suelta que parece que no demandaran ningún esfuerzo. En definitiva, y como se dice más adelante, para este surrealismo la obra pasa a ser una idea en sí misma y no simplemente el producto de una idea (esto, sin lugar a dudas, es un aporte central del arte contemporáneo).

Pasemos a las obras: abundan en la exquisita selección cuerpos extraños, deformados y llevados a límites insospechados. Estas deformidades no apuntan necesariamente a lo grotesco. Aquí podrían incluirse a  Nicanor Araoz o Laura Códega. Esta última con unos fabulosos seres hechos de despojos humanos.

Hay  también visiones mitológicas y perturbadoras, con una fuerte carga de ensueño o directamente de pesadilla. Esto puede verse en el ángel apocalíptico de Gladys Montaldo, o el monstruoso bodegón de Marcelo Alzetta.

Más adelante, encontramos cierto misterio cotidiano vedado a nuestros ojos. La infaltable Aida Carballo, que hace acto de presencia con un grabado impecable, y que nos muestra espacios infinitos y situaciones absurdas o Charlie Aguirre cuya pintura nos recuerda las figuras complacientes de los retablos medievales. Entre las formas translúcidas de Constanza Giuliati notamos entornos acuáticos y sutiles alusiones eróticas. En los dibujos en grafito y de tonos claros de Claudia del Río vemos emerger, en medio de las ondulaciones de un paisaje desértico, unos ojos inmensos (que mucho deben a los “Casi Boyitas” de Daniel García y Gilda Di Crosta).

Este animismo de los objetos es otra de las notas del trabajo curatorial. Una activación casi inocente de seres inanimados como puede verse en el caso de Ad Monoliti o en el mismo Estanislao Mijalichen con criaturas que parecen derretirse frente a nosotros.

La vedette de Surrealismo rosa de hoy es la hermosa pieza que sirve de tapa al libro: una imagen que sintetiza el ánimo general tanto de la muestra como del libro. Es una pintura de Clara Angélica Castro en la que aparece un conjunto de flores con rostros risueños. Una multitud de caras aladas de mirada curiosa, algunas nos observan de frente con ojos hipnóticos, otras miran distraídamente hacia el costado, todas se conectan secretamente pero no vemos la trama, porque están del otro lado. Este cuadro parece la contraparte colorida, festiva y psicodélica de aquellos dibujos a tinta que dibujara Mele Bruniard allá por los años 70. A Mele se la podría agregar sin problemas a este grupo infinito.

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