Las criptomonedas irrumpieron en el mercado y en el vocabulario argentino. Invertir en las famosas bitcoins implica un riesgo enorme que podría significar la pérdida de los ahorros de toda una vida.

El bitcoin quedará en los libros de historia como una de las burbujas financieras, estafa o esquema piramidal/ponzi  de mayor magnitud global… hasta ahora, claro. No soy el único ni el más relevante de quienes hacen esta advertencia, sin embargo, en Argentina parece gozar de más difusión la voz de quienes promueven el enriquecimiento ilimitado y mágico para “nunca volver a trabajar”, que la voz de quienes advertimos los peligros de jugar los ahorros a la ruleta, una ruleta que, además, no tiene banca detrás.

Mi insistencia en alarmar respecto de confiar los ahorros al bitcoin tiene como objetivo evitar que muchos pequeños o medianos ahorristas pierdan, de un día para el otro, todo o gran parte del capital que puede haberles costado muchos años acumular y que son su red de emergencia en un país de altísima inestabilidad de ingresos como la Argentina. Justamente, la situación crítica de los ingresos de la mayoría de los argentinos, junto a las restricciones para acceder al dólar y la inflación fuera de control, son un caldo de cultivo ideal para que lo que aparenta ser una balsa sea un salvavidas de plomo. 

Mientras escribo este artículo la cotización de la criptomoneda más famosa pasó en una mañana de 43 mil a 31 mil dólares por unidad para volver a 40 mil unas horas después. Recordemos que el valor máximo alcanzado por el bitcoin fue de 65 mil dólares la unidad, el 13 de abril pasado. Para este mercado, esas fluctuaciones son parte casi normal de las operaciones y esto es esperable cuando el tuit de un “tiburón disfrazado de delfín”, como es el dueño de Tesla, Elon Musk, puede determinar subas o bajas de 15 por ciento en un instante.

O cuando los mismos niveles de caída de precio pueden deberse a un corte de energía en una región de China que deja “fuera de servicio” a muchos de los “mineros”, es decir, los servidores que permiten que el bitcoin “opere”. Hoy, además, se conoció una medida del gigante asiático que prohíbe a instituciones y medios de pago operar con criptomonedas, y esta podría ser una de las muchas razones por las que empieza a temblar esta burbuja inmensa.

El billonario y anónimo padre de la criatura

Volviendo al punto central, ¿por qué y cómo se infló esta burbuja y por qué representa hoy una estafa del estilo ponzi/piramidal? El bitcoin fue diseñado por alguien anónimo cuyo seudónimo es Satoshi Nakamoto que lo lanzó al mundo en noviembre de 2008, casualmente en el peor momento de la crisis financiera de aquel año.

El “padre” del bitcoin, cuya identidad se desconoce, puede haberlo creado por “el bien de la humanidad”, y en contra de las monedas clásicas con las que “los gobiernos nos estafan y explotan” (según sus seguidores). Pero se reservó un millón de bitcoins antes de hacerlo. Esa parece hoy una recompensa generosa por su trabajo, aunque representa también una espada de Damocles respecto del mercado de compraventa de bitcoins.

Hoy existen 19 millones de bitcoins y se estima que, por el sistema en que se va “minando”, la cantidad crecerá lentamente hasta alcanzar algún día la suma máxima de 21 millones . El que alguien posea un millón de bitcoins no parece un buen reaseguro para los otros tenedores, en especial cuando ese propietario es anónimo y cuando se estima que no menos de 3 a 4 millones de bitcoins están “perdidos”.

China y los “pools de minería”

Que dos tercios de las “computadoras” que le dan sustento a la red descentralizada de bitcoin estén radicados en China implica una peligrosa concentración en manos de la regulación de un sólo gobierno. Además, los cinco mayores “pools de minado”, en su casi totalidad con operaciones radicadas en China, manejan más del 65 por ciento del total del sistema y si decidieran cambiar sus actividades de minería, derrumbarían la seguridad del bitcoin y por ende su cotización, ya que está relacionada con la cantidad de “mineros” activos que dan respaldo a las transacciones que se hacen con esa criptomoneda.

Esto podría ocurrir, por ejemplo, por crear su propia criptomoneda o por prohibiciones/restricciones regulatorias de los países en que están radicadas. Una de las razones que parecen impulsar que la mayor concentración de mineros esté en China tiene que ver con las restricciones impuestas por este gobierno respecto de los movimientos de capitales desde/hacia el exterior y que mediante el minado se pueden saltar estas barreras.

El efecto energético

Uno de los tuit del “tiburón/Flipper” Elon Musk, que derrumbó una semana atrás la cotización del bitcoin, informaba que su empresa de venta de autos eléctricos, Tesla, dejaría de recibir bitcoins como medio de pago debido al “uso cada vez mayor de combustibles fósiles para generar la energía consumida en el minado” . En su cuenta de Twitter, donde Musk tiene 50 millones de seguidores,  aclaraba también que, supuestamente, no vendería ni compraría más bitcoins de los que Tesla ya posee por valor de alrededor de 1.500 millones de dólares.

Sin embargo, la declaración oficial de la empresa Tesla, ante la comisión de valores de la bolsa de Estados Unidos consigna que podría vender sus activos en monedas digitales debido a la volatilidad de sus precios. Cabe mencionar que el extremo consumo de energía eléctrica de origen fósil que alega Musk para dejar de aceptar el bitcoin en Tesla es una discusión que lleva años respecto del bitcoin.

Expreso de medianoche en Turquía

A fines de abril, Faruk Fatih Ozer, CEO y creador de un “exchange” (sitio digital donde se intercambian todo tipo de monedas digitales por monedas tradicionales) desapareció sin dejar rastro, ni de él ni de los fondos de quienes operaban en el sitio. Los 400 mil usuarios que usaban Thodex , ese exchange que sería algo así como una casa de cambio del moderno mundo digital, perdieron el rastro de los más de 2 mil millones de dólares que habían confiado al CEO de esa plataforma con “sede” en Turquía.

Obviamente, y como ha ocurrido en la mayoría de este tipo de desfalcos, el émulo del protagonista de la famosa película de 1978 alegó que su plataforma había sido víctima del robo por parte de hackers y que volvería sólo si los malvivientes devuelven los fondos robados. Esto desnuda varias puntas simultáneas de peligro para los fans de criptomonedas en general y en especial del bitcoin.

Lo primero que debe quedar claro es que robar monedas digitales es fácil. Encontrarlas, o mejor dicho recuperarlas, es casi imposible, porque aunque yo supiera que mis bitcoins fueron transferidos de mi cuenta digital a otra no podría probar ante “el sistema” que eran “robados” ni mucho menos saber la identidad de quién está ahora disfrutando de su propiedad. Esto ocurre porque las “billeteras electrónicas” donde se “guardan” las monedas digitales tienen una especie de apodo o nombre clave que nada dice de la identidad del propietario.

Este hecho se supone que es una virtud central para los pseudo libertarios que promueven el anonimato para evitar que el Estado les caiga con su ansia de recursos y regulaciones, pero es justamente uno de los talones de Aquiles del bitcoin. Y me refiero especialmente al bitcoin porque esta moneda es lenta en sus transacciones, y para evitar esperar diez minutos por cada transacción sus poseedores pueden depositarlas en una de estas “casas de cambio” virtuales y moverlas ahí, sin espera, porque estas pueden hacer transacciones entre sí e internamente sin apelar al uso de los servicios de los “mineros”.

Si los usuarios pierden confianza en los exchange porque son vulnerables ante ataques de hackers y/o porque sus propietarios huyen con sus fondos ante el menor problema, el activo clave que se supone tienen estas monedas se destruye: la confianza. La otra cuestión que surge con claridad en los múltiples desfalcos relacionados con monedas digitales y exchanges es la casi nula regulación de esta actividad y sus participantes. Esto sumado al anonimato ha permitido utilizar estos medios digitales ampliamente para actividades de lavado de activos y manejo de fondos ilegales pero es al mismo tiempo fuente de total inseguridad para los usuarios de buena fe. Sería como invertir en un lejano Oeste donde la ley no existe sino que se impone el pistolero más rápido.

La ausencia de regulación ha permitido crecer a esta burbuja, pero las actividades ilegales, la evasión de impuestos y el lavado o incluso una eventual relación con el financiamiento del terrorismo, real o inventada, son la mejor excusa que podrían tener los gobiernos que eventualmente quieran sumarse a quienes prohíben la relación con actividades de monedas digitales y exchanges para sus sistemas financieros, personas físicas y empresas. No es casual que los territorios más amigables con las criptomonedas sean en general parte de la red de guaridas fiscales (tax havens), como las Islas Caimán o países destinatarios finales de los fondos de esas redes como Estados Unidos o Inglaterra y sus territorios satélites. Finalmente, con relación al robo de bitcoins, aun si estuviera regulado de algún modo este mercado, el hecho de que la mayoría de sus propietarios no ha declarado su tenencia hace bastante difícil que le reclamen al Estado para que se les reintegre su propiedad.

¿Moneda ecológica?

El consumo de energía eléctrica de las computadoras usadas por los «mineros» de bitcoin representa unos 135 gigavatios anuales, lo que significa un 10 por ciento más que el gasto total anual de energía eléctrica de la Argentina. Los fanáticos del bitcoin alegan que esta moneda al evitar usar «billetes» es más ecológica. Esta excusa infantil se cae al tener en cuenta que el dinero en billetes es imposible que sea reemplazado por el Ford T de los pagos, pero lo más ridículo es que quienes promueven los pagos electrónicos desconozcan que los billetes son una parte absolutamente irrelevante del total de medios de pago que se usan en el mundo.

Irónicamente los actuales medios de pago masivos son en casi su totalidad electrónicos, sea como saldos en una cuenta bancaria, tarjetas de crédito, aplicaciones de pago digital e infinidad de sistemas digitales. Si el bitcoin basa su medición de éxito comparándose con el dinero en efectivo papel es una muestra clara de ignorancia o desesperación de sus promotores. O de malicia para conseguir quien alimente el ponzi.

El Ford T de colección

Al lanzar esta criptomoneda se suponía que permitiría hacer pagos y transferencias instantáneos y con costo casi nulo. Esto, según sus fanáticos, derrumbaría el sistema parasitario bancario y la expoliación de los gobiernos a través de la moneda tradicional sujeta a inflación. El problema es que cuando apareció este medio las transacciones eran ínfimas y el valor del bitcoin también, lo que hacía que pudieran cumplirse estas premisas. Las transacciones y el valor del bitcoin crecieron de la mano de la especulación y el inflado de la burbuja, la tecnología criptográfica fue avanzando y aparecieron nuevas monedas digitales y medios de pago electrónicos y el bitcoin comenzó a parecerse a un Ford T de colección, lento, costoso de mantener y contaminante.

El problema es que puede haber algunos Ford T valuados a valor de colección, pero no 18 millones de ellos. Una transacción de transferencia/pago con bitcoin demora hoy normalmente unos diez minutos en confirmarse y en realidad eso depende de cuánto «aporte voluntario» se incluya en la transacción para pagar a los mineros que la certifican. Porque los mineros tienen derecho a elegir las transacciones que están en espera y al certificarlas recibir los «pagos voluntarios» incluidos en las mismas.

 Obviamente, dado que los pools de mineros no hacen su trabajo por amor a la humanidad sino por dinero, el orden en que se certifican las transacciones es definido por el pago que hacen, lo que determina que transacciones pequeñas con pagos menores demoren muchísimo en ser confirmadas o no lo sean nunca.

Para tener una idea de lo que estamos hablando, en los últimos tiempos el costo promedio de transacción implicó un aporte de alrededor de 60 dólares por operación. No es el pago mínimo pero teniendo en cuenta que las transacciones certificadas cada diez minutos tienen un límite (relacionado con las limitaciones de la vieja tecnología del bitcoin) se hace relevante lo mencionado respecto de la priorización por pago de la fila de espera de operaciones a ser confirmadas.

Groucho Marx, el ascensorista y las ballenas en estampida

Como aporte final de yapa a esta apretada síntesis, no puedo dejar de mencionar al gran cómico Groucho Marx, quien en un divertido relato cuenta su experiencia con el crack de la Bolsa de 1929. Entre su relato y la perspectiva actual de los nuevos ricos del bitcoin hay paralelismos asombrosos pero una cosa está clara, cuando los peces grandes deben salir de las burbujas, como en todo esquema ponzi/piramidal necesitan que muchos peces pequeños les cubran esa salida para hacerlo ganando y no en medio del derrumbe del mercado.

Es decir, si en todas las redes sociales y medios de comunicación tradicionales dicen que hay que correr a comprar el activo financiero mágico del momento que hará rico a todo el que lo compre es una clara señal de que las ballenas están saliendo y necesitan millones de peces pequeños que aporten pocos pero multiplicados fondos para cubrirlas, ayudadas siempre por los tiburones disfrazados de delfín bueno que lleven los pececitos al matadero.

La simultaneidad en los últimos meses de una publicidad desbocada del bitcoin como fuente de riqueza mágica y milagrosa, junto con la salida de una parte considerable de las llamadas «ballenas de bitcoin», me llevó a advertir que la burbuja está pronta a estallar. En el mundo del bitcoin las «ballenas» son aquellas cuentas que tienen más de mil bitcoins, es decir más de 40 millones de dólares en bitcoins (suponiendo que aún vale 40 mil dólares cada uno a la hora de leer esta nota). 

En la historia de Groucho Marx, el cómico pierde 250 mil dólares, todos sus ahorros, en la burbuja de 1929 de la Bolsa de Estados Unidos. En las historias de pequeños peces, tiburones y ballenas ya sabemos el final, el pez grande se come al chico.

*Economista, docente de Macroeconomía, magister en Finanzas Públicas. Ex consejero del Consejo Asesor de Afip y ex asesor de las presidencias del BCRA, Banco Nación, Unidad Antilavado y Comisión Pyme de la Cámara de Diputados de la Nación.

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