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Yo no sé, no. Con Pedro íbamos con la de cuero algunos sábados hasta el Parque Independencia. Cuando el día estaba lindo, la gran concurrencia te dejaba poco espacio para armar un partido. Una vez, nos tuvimos que conformar con lo que quedaba: un lugarcito pegado al Hipódromo lleno de árboles. Ese día, cuando la recibías tenías que hacer el enganche correcto para, aparte de sacarte la marca de encima, no tropezar con un enorme eucalipto. Pedro, de a ratos, se distraía cuando sentía pasar el tranvía. Le fascinaban los chispazos de esos cables con el enganche del tranvía. Esa tarde, el único enganche para mal fue cuando queriendo recuperar una pelota que parecía perdida, se enganchó el pulóver con el tejido de alambre del Hipódromo, lo que le valió un tremendo reto al volver a casa. Al otro día, de visita en lo de su padrino, Pedro le preguntó: ¿Tío, qué dice el diario, cuál es el mejor del mundo? Y ahí varios le respondían: Di Stéfano, Pelé, el cabezón Sívori, un inglés, Eusebio, la “Pantera Negra”. Cuando sintió ése apodo, pensó que si era como ese felino, debía tener un buen enganche. Eusebio, natural de Mozambique, jugaba en el Benfica de Portugal. 

En ese mismo patio, su tía Ana, cerquita de ellos, le daba a las agujas de tejer. A veces despacio, y de repente parecía cambiar de mano o algo y empezaba a tejer rápido y parejo. Pedro pensaba que su tía, en algún momento, se mandaba un enganche y cambiaba de punto. Y el tejido tomaba volumen y forma.

Por ese entonces, su primo más grande estudiaba en la Escuela Aeronáutica de Córdoba, y no sabía si se engancharía en la carrera militar. Mientras que su hermana, con las primas, se enganchaban con la novela El amor tiene cara de mujer. Por calle San Juan, empezó a pasar el trole, más silencioso que el tranvía pero con un enganche chispiante en las esquinas. El quinielero entraba y salía rápido del bar que estaba a media cuadra para que no lo enganchara la poli. Antes del bar, ahí estaba el cine Cervantes y por momentos, los parroquianos parecían personajes de películas a los que un pase o enganche mágico los había sacado de la enorme pantalla para que vivieran el barrio. 

Cuando apareció una cancha enorme pegadita a la Vía Honda, antes de cada picadito nos entreteníamos gambeteando algunas bostas de vacas, como si fueran adversarios, enganchando para un lado y para el otro y todos tenían su momento de 10.

Por acá seguro que prolongan Avellaneda, pensaba Pedro, y a veces me decía: Ojalá que cuando esto sea una avenida venga con trole y todo. Mientras miraba para el lado de los techos tejados, por donde vivió esa piba qué en algún momento enganchó su corazón, me dijo: Capaz que nos avivamos de una vez y entramos a extender un cableado que haga posible que el trolebús llegue a todos los barrios. Un cableado que nos haga posible volver a tener un enganche individual y colectivo como para gambetear a toda esa miserable bosta. Un enganche que nos enganche con esos sueños posibles. Y a no tener miedo de engancharnos en la gran obra de reparar el tejido social. Mientras con la zurda pisa un bollo de papel, hace un enganche y le pega como si le pegara el Patota Potente, o mejor como el Pocho Negro Luna, me dice: Los enganches que necesita la Patria, son posibles.

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