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En Letras, 1976, Roberto Retamoso honra, con poemas y prosa poética, la lucha de una generación que le puso el cuerpo al terrorismo de Estado. Una apuesta estético-política que confronta al negacionismo y a la amnesia colectiva que promueve la derecha.

Ya desde el título nos encontramos con un cronotopo, un cruce entre el espacio y el tiempo: Letras, 1976. Y en esa intersección se construye, a través de la poiesis, una memoria histórica que apunta a la vida y al futuro.

Entre Ríos 758, actual sede de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Ese antiguo edificio donde alguna vez funcionó el Colegio y abadía de la Santa Unión de los Sagrados Corazones. Ese es el lugar. Y junto a la indicación topológica, separado por una coma, aparece un año que nunca será uno más en la historia argentina: 1976.

Retamoso reconstruye, recuerda e inscribe en la memoria colectiva un sitio y un tiempo que, lejos de serles ajenos, forman parte de su historia personal y su vida profesional como docente.

Pero esa historia personal aparece trasmutada, deviene otra cosa, es una mirada que construye discursos polifónicos que dialogan con la historia.

No es legible un discurso solipsista de un yo individual. Por el contrario, se construye un lugar desde donde se mira otro: ese viejo edificio. Y se lo observa con los ojos de las Letras, para escribir (y a la vez leer) las huellas, acaso los fantasmas de lo colectivo, lo comunitario y la militancia.

La vida supera la existencia individual, es histórica, es un entre-ser, un diálogo de existencias que configura una comunidad. Es escritura. “Porque la vida es al Yo lo que la ilusión al desdichado, la esperanza al moribundo, el sueño al torturado. La fantasía perfecta, la imaginería acabada, el velo radiante que nada cubre haciendo creer que está todo”.

Y Letras es el lugar de la escritura. “A pesar de estar Letras en un viejo convento, las escrituras que allí circulan nada tienen de sacras. Todo lo contrario. Son escrituras profanas, heréticas, iconoclastas, subversivas y sobre todo paródicas”.

Circulan y se construyen dentro del texto, dialogando entre sí, historias que tienen en “Letras” (la sinécdoque con que se designa el sitio) su centro de irradiación. Desde allí se expande a toda la facultad, todas las facultades y todos los rincones de la Argentina donde se luchó contra el terrorismo de Estado.

El título va mucho más allá de una delimitación, de una mera ubicación. Las relaciones temporales y espaciales conectan con el contexto social y político. Y remiten, fundamentalmente, a lo humano, a las historias de las mujeres y los hombres que transitaron ese tiempo-lugar con la decisión de cambiarlo. De cambiar el mundo.

El texto se erige en un artefacto que mediante prosas, versos e imágenes construye memoria histórica y cumple con el imperativo ético militante de denunciar, dejar testimonio y honrar a las compañeras y los compañeros caídos.

Uno de los aspectos más perversos del plan sistemático de exterminio de la última dictadura cívico-militar fue la desaparición de las personas. Se intentó borrar todo vestigio de esas existencias.

La vida (y la subjetividad) son narraciones, historias contables, que dejan huellas. Una de las operaciones retórica-políticas más notables de Letras, 1976 es derrotar la perversidad de los genocidas haciendo que los desaparecidos aparezcan, con sus vidas, sus sentimientos, sus ideas y, sobre todo, sus luchas.

María Teresa Vidal, Julio Curtolo, Graciela Koatz, Rubén Aizcorbe, María Teresa Latino, Mirta Rodríguez y Reinaldo Hernández. Esta enumeración (siete nombres, dieciséis palabras) se convierte en una suerte de vórtice que se expande hasta convertir ese breve cronotopo (Letras, 1976) en un sitio de memoria, un lugar de creación poética que no sólo trae el pasado al presente sino que descubre, en aquel pasado, el futuro. El futuro por el que dieron sus vidas aquellos que lucharon.

“Y ahí están ellos, ahí van ellos, Reinaldo, El Negro, Mirta, Rubén, Marité, Maite y la Yeya, del lado de los que quieren, del lado de los que suman, del lado de los que sí”. Y los verbos elegidos (ellos están, ellos van) les dan al libro otro espesor. Lo convierten en una reflexión sobre la vida y la existencia.

Las mujeres y hombres que lucharon recuperan así sus voces y sus historias. Y esta recuperación posee, por estos días, un enorme valor político que funciona como refutación contra-hegemónica en el marco de un discurso social donde lo anti-político, la amnesia y el negacionismo bregan por ocupar un lugar central.

El último poema del libro es una celebración de la victoria de las y los militantes contra el olvido y la muerte:

Lo que no saben los verdugos

imposible que lo sepan

es que los muertos sobreviven.

Sobreviven porque hay memoria,

sobreviven

porque otros hombres

habrán de recoger su historia

habrán de hacer blasones

con sus nombres (…)

Luis García Jambrina escribió que “la literatura tiene el deber –y el privilegio– de recuperar nombres, lugares y fechas que deberían haber entrado en la Historia, o que han entrado en forma insuficiente o que han sido ignorados, olvidados o tachados”.

Letras, 1976 (hya ediciones-Casagrande) no es un monumento mortuorio a los caídos. Es un lugar de cristalización de una identidad colectiva, la de las mujeres y los hombres que lucharon y luchan (“están” y “van”) por un futuro distinto. Construir un sitio de memoria politiza la sociedad, le devuelve un espesor comunitario, colectivo, a prueba de la amnesia, el negacionismo y el ansia de los verdugos.

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