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Yo no sé, no. Pedro se acuerda que cuando acompañaba a la madre a hacer algún mandado era una regla saludar a cuánta vecina o vecino que veía, lo que se volvió una sana costumbre con el tiempo. Pero una tarde, yendo para el lado de la granja, había que pasar por esa casa con la puerta de color verde, y a esa hora seguro que la vecina estaría barriendo. La cuestión es que el día anterior, tratando de rescatar la pelota, él y Josecito con un palo le rompieron una rama de la planta de mandarina. Y con el pelotazo previo, también cayeron unos jazmines. Por eso, los metros hacia esa puerta verde parecían eternos y la imagen de la señora ahí, en la vereda, lo angustiaba. El alma le vino al cuerpo cuando vio la sonrisa de la señora acompañada de un “buenas tardes”. Al volver de la granja, Pedro quería saludar a todo el mundo y cuando pasó por la verdulería, se mandó un “hola, doña María, saludos a su nieta”. El pellizcón de la madre le reafirmó lo que ya sabía: el saludo a Gracielita estuvo de más.

Esa tarde, mirando las fotos de un diario notó que a un jugador de San Lorenzo le faltaba un brazo. Victorio Casa, delantero del Ciclón al que una metralla de un puesto militar “accidentalmente” lo dejó manco. Años más tarde, declararía: “En el único equipo que no me animo a jugar, es en Independiente, pues el Rojo cuando saluda levanta los dos brazos”. Sintiendo el saludo en forma de ovación a los equipos desde la cancha de Ñuls, no veía la hora de ir a Arroyito para saludar al Nuestro (el Canaya). Mientras tanto, los líderes del mundo se saludaban, y también los del tercer mundo. Y el General le mandaba saludos a los muchachos en cintas clandestinas.

En el barrio al que se mudaría, se agregaban otros saludos como el “Mba’epa Reiko chamigo” de esos que desde el litoral venían a enriquecer el lenguaje cotidiano. Cuando iban a la cancha más grande, el saludo tan agradable como necesario era el de la madre de Cacho, que vivía cerca del gran eucalipto. Esa señora, con tantos años encima, con su “hola” y su sonrisa, nos daba la bienvenida y nos parecía que nada malo nos pasaría. Dice Pedro que ese saludo nos inmunizaba. Y mientras Bonavena se saludaba con Lanusse, los partidarios de una patria más justa se saludaban en un documento llamado La hora de los pueblos. A la vuelta de una visita por Cuba, los referentes de la juventud trajeron saludos y al toque salió el cántico: “Ya Ventura, ya Ventura ya lo dijo. Saludos para los cumpas de Fidel y de Torrijos”.

Pedro, ahora, me dice: “¿Sabés, qué? Mientras tanto vamos saliendo de esta peste, volviendo al saludo cotidiano, al vecino, al que no la está pasando bien, a los confundidos, a los compañeros”. Y mirando un ejemplar de El Eslabón de hace un par de semanas, agrega, como lo hacía el Juane: “En las marchas, en cada encuentro, en esos cierres de viernes, me voy imaginando que este 7 de junio, todos los saludos emotivos y reparadores serán para el Juane”.

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