Ante el temor a la peste y la confusión por los cambios en el mundo, las reacciones son múltiples. Las corporaciones lo instrumentalizan para dominar y lucrar. El pueblo se planta ante el hambre y el horror con sentido comunitario. Y cuidando la vida.

La pandemia irrumpió para poner a prueba muchas cosas: en principio, nuestro instinto de supervivencia. Asimismo, se dio un cambio en cómo procesar la muerte. Y disparó el miedo. Produjo incertidumbre, y una sensación de pesadez y cansancio. Cada persona muestra diferentes reacciones frente a esta tragedia que cambió el mundo.

La superposición de los duelos nos obliga a tener que atravesarlos de manera más rápida. Y los muertos de cada día son tantos que no alcanzamos a vivir cada despedida.

El miedo se direccionó según cuestiones sanitarias, y también políticas. Los que apoyan las vacunas lo hacen por temor a contagiarse, con una cuota de esperanza, de júbilo ante la posible prevención de una enfermedad que mata.

Los antivacunas, en cambio, tienen miedo a que les pongan un chip o se vuelvan comunistas, predicando, además, que las vacunas son veneno. Aquí entra lo político.

Los gobiernos que sostienen y pueden dedicarle buena parte de sus presupuestos a la salud, aumentando camas, comprando y produciendo vacunas y organizando la campaña de inoculación son demonizados por sectores que están claramente dominados por los discursos hegemónicos.

El virus de las noticias falsas

El rol de los medios pasa a ser un factor fundamental, además, para la dirección de los miedos, el engendro de inseguridades, y la crítica a los gritos, con fundamentos débiles y falaces. La masiva difusión de noticias falsas contribuye a este proceso.

En este clima, donde además de los duelos superpuestos se superponen informaciones y teorías de todo tipo, la humanidad enfrenta un gran desafío a la salud mental.

Nuestras emociones han cambiado, porque de un día para el otro nuestro contexto cambió. La nueva forma de vida en pandemia modificó nuestras acciones cotidianas (debido a las cuarentenas y a las restricciones), y también alteró nuestros sentimientos.

El miedo y la inseguridad se ponen en el primer lugar de la lista de cambios. Nuestros miedos e inseguridades eran otros en la vida pre-pandémica. Ahora vemos a la muerte pisándonos los talones todo el tiempo.

El otro como peligro

Lo peor de todo para el ser humano, en su condición de ser sociable, es que se despertó el miedo al otro: la amenaza es el otro. Y ya no es el otro el enemigo que nos odia y al que odiamos, sino que ahora el riesgo puede venir de un familiar, de las amistades o de las relaciones que se dan en los ámbitos de trabajo.

El virus puso al miedo en otro lugar. Muchísimas personas asumieron las reglas del juego optando por cuidarse y cuidar a los suyos. Otros optaron por no hacerlo, perdidos en la marea informativa, y sumergidos en un cuadro de negación en el que prevalecen los discursos de la derecha más reaccionaria y atroz, como es el caso de Brasil, con un presidente negacionista como Jair Bolsonaro, por tomar un ejemplo extremo.

El miedo también pasó a ser un asunto político, y de gestión gubernamental. Los gobiernos de los países desarrollados o subdesarrollados, pero conscientes de la situación, implementaron estrategias para mantener a su población segura.

Hay gobiernos que ven el miedo de la gente y actúan en consecuencia. Las derechas reaccionarias, en cambio, utilizan el miedo a fin de conseguir personas dóciles. Las gestiones neoliberales promueven actitudes de irresponsabilidad que sintonizan con la falta de políticas públicas y sanitarias adecuadas para sobrellevar la pandemia. Si a esto se suma el aval de grandes corporaciones, que sólo buscan sacar provecho y ampliar sus arcas, el resultado es la muerte de cientos de miles de personas.

En medio del caos, el capitalismo se vuelve más duro, ampliando las brechas de desigualdad en economías devastadas a nivel mundial. La gente no sólo se muere de Covid-19, sino también de hambre.

La nueva organización del trabajo deja a muchos afuera. La conectividad es un bien alcanzable para unos, pero no para todos. El trabajo informal se vio reducido y los trabajadores debieron adaptarse a otras formas de trabajo, inventando otras maneras de ganarse el sustento.

En una parte de la población existe la negación a la muerte de todo aquello que ya murió (de ese mundo que ya no existe, por ejemplo). Y esto es también producto del miedo. El mundo que conocimos no es el mundo de hoy, porque a todas las psiques humanas las tomó por sorpresa.

La sorpresa ante tanta muerte en esta “nueva normalidad” nos golpeó de lleno en la cara. Un golpe que todos debemos aprender a resistir. El miedo produce dos reacciones: huida o lucha. En términos políticos, la derecha huye, haciéndose negacionista, irresponsable y violenta. La izquierda y los movimientos populares, como en toda la historia, se arman, listos para dar el combate por una realidad que al menos sea un poco más justa e igualitaria. Y lo hacen bregando, principalmente, por el cuidado de todos.

*Poeta, narradora y militante por los derechos humanos.

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