El escritor rosarino publicó un libro de cuentos de terror. Mientras prepara una novela, habló con este medio sobre su obra literaria, que se viene construyendo sin pausa, con oficio y dedicación.

A fines del año pasado publicó Nuestro miedo a las tormentas, con el sello cordobés Alción editora. Es parte de una generación de escritores jóvenes que viene trabajando de manera sostenida en la construcción de una obra de autor. En su caso, Marcelo Britos (Rosario, 1970) dice que si tuviera que explicarla, sería a través de su constancia en la experimentación, de géneros y registros, como ocurre en este flamante libro de cuentos en el que incursiona en lo fantástico y el terror. “De lo que estoy convencido es de que la escritura es mi oficio, pero estoy siempre en la búsqueda”.

Inquieto, siempre en un ritmo de producción altísimo, Britos adelantó que acaba de terminar una novela. “Es la historia de una biblioteca enterrada durante la dictadura, estoy viendo qué hago. Es otra experimentación, una novela en primera persona, es algo mucho más elaborado y en la que empiezo a correr más riesgos para discutir temas de la literatura que antes no me atrevía, como la finitud, la muerte. Es una prueba”, arriesgó. De su oficio, además, contó una de sus estrategias, la de presentarse a concursos y ganar. “Yo escribo porque es lo que sé hacer y dentro del proceso de la escritura, dentro de ese proceso de creación, está también que me lean otros. Y para que te lean tenés que estar legitimado, y uno trata de romper público; yo tengo que salir de Rosario, alguien más me tiene que leer. Y sí, el concurso es arbitrario, es circunstancial y yo pruebo. La verdad es que mal no me fue, pero uno cuenta las ganadas, imagínate la cantidad de cosas que yo mando por año”.

Todo esto surgió de una entrevista con el periódico El Eslabón, en la que el autor de una decena de libros publicados, también habló de sus cuentos y de las historias que hay detrás (a riesgo de spoilear). Y también, como escritor comprometido con su tiempo, dio su mirada sobre la industria cultural local, aportando ideas a un debate que para nosotros, es importante y necesario. 

Fascinante y terrible

Nuestro miedo a las tormentas tiene un detalle original que le da a los relatos un bonus de extrañeza. Son los sellitos ubicados espacialmente entre los ocho cuentos y unos textos que funcionan como separadores. Desde el prólogo, Britos aclara que el título no tiene una correspondencia explícita con los cuentos pero de algún modo los conecta, y es “ese latigazo maravilloso de la naturaleza”. Y añade: “Creo entender que se trata de nosotros frente a lo que irrumpe de forma violenta en la existencia, algo que nos resulta fascinante y a la vez terrible. Igual que las tormentas”. 

—¿Cómo se armó este libro en relación al género de terror? ¿Fue premeditado, o se fue armando solo?

—Para ser honesto, es un género que a mi siempre me gustó. De hecho, mi primer libro de cuentos es un libro de género. Hace un par de años las chicas de Colectivo Cardumen hicieron la propuesta maravillosa de 19. Una cartografía literaria de Santa Fe,  y a mí me tocó ir a San Javier, específicamente a un pueblito que se llama Ariacaiquín y tenía que escribir una crónica y una ficción. Y de la ficción salió eso, ese cuento de terror que es el primero del libro y que la verdad no sé por qué salió. Y no la voy a caretear, porque con ese cuento, que además ganó el premio de un concurso del país Vasco, empecé a armar un corpus que siguiera una misma línea. Rescaté otros cuentos inéditos que tenía, Pájaros italianos y Fiesta, y lo demás los fui produciendo. Yo no tengo ningún prejuicio con la literatura de género, me encanta, sobre todo como lector. Para mí, era experimentar. 

—Sin spoilear, ¿cuál es tu cuento favorito de todo el libro? A mí, por ejemplo, me gustó mucho el último, Un reloj parado a las once. Me recordó levemente al Fantasma de Canterville.

—No debería decir esto de mis cuentos, pero a mí también me gustó mucho ese. Es una vuelta al terror de aparecidos, a la irrupción de lo espectral. No hay terror, hay desesperación de algo que tiene que terminarse. Hay una aceptación de lo sobrenatural pero también hay incomodidad. Yo estudié mucho el tema de lo espectral, por mi tesis de la maestría de Literatura Argentina, y el autor que investigo, Bernardo Kordon, que es un admirador de la literatura china, y sus cuentos fantásticos sobre aparecidos son increíbles, porque son algo que molestan, no generan terror, generan perplejidad. Y Kordon explica que en la literatura china, después de la Revolución, trataron de sacarse de encima todo lo místico y lo religioso, justo cuando el aparecido en la tradición china es algo que no puede hacerle mal al hombre, es algo desubicado pero que no puede hacer el mal. Y esa idea me encantó. 

—Haciendo un recorte local, Federico Ferroggiaro, Laura Rossi, Javier Nuñez, y vos vienen desde hace muchos años trabajando y construyendo obra de autor, ¿cómo pensás lo que publicaste hasta el momento? 

—Siento que estoy afianzado en el oficio, digo, desde mi perspectiva de vida. Pero no sé si en un género o en una zona determinada. Yo creo que Laura y Javier son dos colegas que están afianzados en una zona que ellos eligieron, y están trabajando, y yo a eso un poco lo envidio. Laura desde el policial, Javier desde una literatura más realista, y a mí me cuesta no experimentar. No puedo quedarme en un género o en una zona literaria determinada, y quizás esa sea siempre mi característica de acá hasta que termine de escribir. De lo que estoy convencido es de que la escritura es mi oficio, pero estoy siempre en la búsqueda. Experimenté con la novela histórica, aunque no quise escribir novela histórica; en el terror, en el fantástico, en la distopía. Sólo la poesía me falta, que me gusta mucho leerla pero no soy poeta. Pero, todo lo demás, ¿por qué no?

—La semana pasada en una entrevista, Osvaldo Aguirre decía que el problema no es Buenos Aires sino que en Rosario hacen falta más instancias de legitimación propias 

—Yo coincido, no sé si decir que Buenos Aires no es el problema, porque el canon comercial de la literatura argentina está en la ciudad puerto, como todo, desde hace 200 años. Centro/periferia, lo veníamos discutiendo desde el siglo XX, no es algo que se nos ocurre a los rosarinos para llorar protagonismo. Pero estoy de acuerdo en que hay otras ciudades que han logrado medios propios de legitimación, como Córdoba o Mendoza, y que incluso han construido sus propios circuitos comerciales, porque el problema de Rosario es la circulación de los bienes culturales. Cuando hay circulación y promoción, se arma un escenario, y en ese escenario se legitima lo que está en ese escenario. Después hay otras discusiones. Una es: ¿quién tiene que generar eso? Para mí, lo tiene que hacer la gestión cultural, porque hemos hecho miles de intentos desde abajo y no se logró. Uno no puede ser escritor, promotor de su obra, gestor cultural. No se puede. En Buenos Aires los escritores trabajan con agentes literarios, y nosotros estamos juntando chirolas para las publicaciones.  

—Hay una lectura que señala justamente un déficit en la distribución de esos bienes culturales, principalmente aquellos que el Estado promovió 

—Sí, es la gestión cultural la que tiene que generar otras alternativas, y un circuito. No alcanza con Espacio Santafesino. Esa es una de las cosas que siempre discuto con colegas editores y editoras, que pueden editar pero prefieren tener una circulación pequeña que les garantiza una entrada de guita para seguir publicando mientras el público se achica cada vez más. Son para un público de feria, de dos o tres librerías, es marginal, no se crea público lector. Después, la gente va a las librerías, ¿y qué compra? Compra Mariana Enriquez. El tema es cómo y quién lo resuelve. Es cierto que las gestiones culturales en este momento no se pueden juzgar mucho con esto de la pandemia, pero es cierto que se sienten cómodos con este sistema. Con Norma López estamos haciendo un proyecto para crear una distribuidora pública, una sociedad del Estado, pero tendremos que esperar a que pase esto.

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