El cambio climático se siente en la cuenca del Plata y los niveles mínimos históricos del Paraná generan preocupación en ingenieros, pescadores y hasta Aguas Santafesinas. Las complicaciones económicas y el rol del uso del suelo para generar estas condiciones.

Juan Borús podría ser un personaje de película. Pero no. Él se compara con un sepulturero, dice que sólo le falta la galera, pero tampoco se trata de eso. Borús es ingeniero civil y desde 1983 está al frente de la Subgerencia de Sistemas de Información y Alerta Hidrológico del Instituto Nacional del Agua (INA). Su trabajo, sí, como si fuera una historia apocalíptica, consta de chequear las altas y bajas de los caudales de agua del país. Su nombre resuena en los extremos, es decir, las inundaciones y las bajantes; y aparece en las charlas y entrevistas periodísticas cuando se asoma lo peor. Él lo sabe, y un poco bromea, pero otro poco recuerda que para informar en estos momentos trabaja y chequea datos todos los días, cada día, desde 1983. Sin embargo, termina oficiando de ese sepulturero: en esta entrevista anuncia la bajante más pronunciada en la historia del Paraná. 

“Pensá que este sistema de alerta existe desde febrero de 1983 y desde entonces no  hemos tenido una sola situación siquiera semejante o que al menos se parezca”, dice el ingeniero civil a El Eslabón desde su casa devenida en oficina en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires. Lo que Borús ve es que este 2021 será el año más bajo en la historia del territorio argentino portuario. La única bajante similar se registró en 1944. “Puede ser en Rosario, Paraná, Santa Fe o Reconquista, pero es probable que en más de un lugar, en toda la cuenca del Paraná, se registren algunos niveles que terminen siendo los mínimos históricos”, sentencia.

La lectura que hace el integrante del INA no está por fuera de lo que rosarinos y rosarinas, santafesinos y santafesinas, pueden ver con sólo asomarse a la costa de sus respectivas ciudades. El Paraná está chiquito, tal vez nunca se lo vio así aunque hace varios meses que el escenario viene acostumbrando la vista. Las imágenes de las islas corroboran eso: largas playas e históricas zonas de navegación que ya no existen. También está la vida cotidiana. Las familias de pescadores que ven en peligro su fuente de trabajo o, mejor dicho, ven cómo de a poco va desapareciendo el lugar que les da de comer. Y las ciudades más grandes se acostumbran día a día a escuchar de la empresa potabilizadora de agua una posibilidad cada vez más real: el riesgo de que la presión de agua potable sea cada vez menor.

El suelo, los excedentes y el cambio climático

El 7 de julio de este año, el pronóstico del río Paraná realizado por el Instituto Nacional del Agua indicó que “la tendencia descendente observada en los niveles va a predominar en los próximos tres meses. Este mes es especialmente crítico, con afectación a todos los usos del recurso hídrico, exigiendo especialmente a la captación de agua fluvial para consumo urbano”. Ese día, el nivel del agua era de 0.18 metros, cuando la altura media suele alcanzar los 3.22. 

“Venimos haciendo una composición del lugar que día a día se va actualizando, pero en definitiva, ya en los últimos dos meses decantó la idea de que estamos ante un ciclo seco empezó a manifestarse en junio del 2019 en la cuenca media del Paraguay”, explica Borús. “Hoy vemos claramente que este 2021 probablemente termine siendo el año más bajo de la historia”. El ingeniero explica que su trabajo cotidiano implica chequear la humedad del suelo, cuánto y cuándo lloverá, cuál es la perspectiva climática. Y deja en claro que “cuando termine todo esto, andá a saber cuándo, pero recién ahí”, van a poder empezar a sacarse conclusiones de lo que está sucediendo. Será la oportunidad, dice, de parar la pelota, observar y sacar conclusiones. “Y va a haber un montón de explicaciones de todo tipo”, remarca. 

Para Borús, la bajante histórica en la cuenca del Plata es “una cuestión netamente climática agravada por los efectos del cambio climático”. “La variabilidad climática regional está potenciada. Pasamos a los saltos de una situación de muy poco a mucho, y de mucho a poco. Y lo cierto es que, más allá de lo que pasa con la atmósfera, en los suelos ha habido cambios muy significativos de las coberturas y sus usos, es decir, en las prácticas agrícolas, a lo largo de casi toda la Cuenca del Plata en los últimos 20 años”, señala. Y agrega: “Los cambios en el suelo de la región potencian la respuesta hidrológica, de tal manera que los dos extremos son más extremos. Es decir, cuando el suelo está medianamente normal en humedad y se produce un evento medianamente intenso, los excedentes que se generan son mayores. Es mayor lo que termina saliendo, sobrando, y escurriendo a los ríos. Y además el escurrimiento es más rápido que antes. Por lo tanto, uno tiene generación de picos, de repuntes, de crecidas, más abruptos de lo que había antes”. 

Lo que explica Borús es que en las zonas urbanas ubicadas a la vera del río estos picos tienen impactos muy importantes que deben ser tenidos en cuenta. Y le suma que en aguas bajas, y cuando se produce una merma de lluvias, es más difícil cambiar la condición del suelo para que el excedente vaya al río. “Al contrario, cuesta más salir de la sequía. Por eso estamos diciendo que para que la situación del río Paraná sea normal, en primer lugar tiene que normalizarse el clima. Tenemos que tener una mejor distribución espacio temporal de las lluvias y que además sean superiores a las normales. De esa manera se van a generar los excedentes necesarios para que los suelos lleguen a una situación normal primero, y después puedan llegar a los ríos”. 

La perspectiva a futuro no es alentadora, y no es más que eso: una perspectiva. Lo cierto es que se estima que hasta el 30 de noviembre, aproximadamente, las lluvias seguirán por debajo de lo normal en la mitad norte de la cuenca del Plata. Si las lluvias empiezan a ser normales después de eso, se necesitarán seis meses para que el río Paraguay y el Paraná empiecen a mostrar una recuperación. Si en cambio llueve “muchísimo” más de lo normal, se necesitarán dos meses para normalizar esos cauces. Y si las lluvias no frenan, la sequía de hoy se transformará en inundaciones. 

Pesca artesanal versus sequía y frigoríficos

“Hay zonas de pesca que hoy han quedado secas, y ahí aparecen un montón de dificultades. Posicionarse en otro lugar del río es costoso, por los costos de traslado, por los costos de la nafta. En concreto, se les agota un recurso a ellos también, son los principales afectados junto con las especies animales”, dice David Uriburu, referente de la agrupación Nuestramérica y miembro de la UTEP, militante junto a pescadores artesanales de toda la provincia. El referente describe un panorama complejo. Así como en Rosario la bajante empieza a tener ciertas consecuencias, en algunas localidades del norte de la provincia esas consecuencias ya son un problema. Y es que si bien los grandes ríos todavía sostienen un importante caudal de agua, hay lagunas, riachuelos y brazos dentro de algunas localidades que ya están completamente secos. 

Foto: Manuel Costa

Uriburu es de la capital provincial y hace dos años que milita apuntando a la organización cooperativa de pescadores artesanales de toda la provincia. El trabajo militante arrancó justo a fines de 2019, con la bajante y, después, con la pandemia. “Nos encontramos con un panorama muy, muy complicado. Ahí empezamos con asistencia alimentaria y de kits de higiene”, resume. En estos dos años lograron consolidar cinco asambleas productivas en la provincia: dos en el departamento Garay, dos en Santa Fe y una en Rosario, específicamente, en el Mangrullo”.

“Vimos cómo la bajante impacta de lleno en el trabajo que hacen los compañeros. Y que es importante resaltar que el pescador artesanal tiene una conexión muy natural con todos los recursos, sus técnicas artesanales no son las que depredan los ríos. Por encima de eso hay una lógica de comercialización y de acopio de los grandes frigoríficos, que no tiene nada que ver con la relación de la pesca artesanal y el medio ambiente, con los bienes comunes, con los recursos naturales”, explica Uriburu. 

Esta semana, el gobierno de Santa Fe llegó a un acuerdo con asociaciones de pescadores: un subsidio mensual de entre 10 y 15 mil pesos a cambio de sumar un día de veda. De esa forma, sólo se podrá pescar en la provincia los días martes, miércoles y jueves. Para el militante de Nuestramérica, esta solución es una forma de “cortar por lo más fino, estigmatizar y criminalizar”. “Hay que ordenar desde arriba”, señala a El Eslabón. Y suma: “Se puede prever la producción de otra manera. Ahí es donde nosotros venimos trabajando mucho, levantamos la primera cooperativa y nuestro sueño es que sea una cooperativa modelo y poder empezar a discutir en esa clave, porque la problemática es estructural de décadas y décadas de explotación”. 

Un servicio, mucha preocupación

“Es un desafío captar el agua necesaria”, dice Guillermo Lanfranco, gerente de relaciones institucionales de Aguas Santafesinas. A lo largo de todo el diálogo con este semanario una sensación recorrerá la voz de la empresa potabilizadora de agua: la preocupación. La bajante del río se tradujo en las grandes ciudades como el riesgo a ver resentido el servicio de agua potable. Hay siete plantas y 21 bombas en la provincia de Santa Fe que hacen, todos los días y cada vez más, el esfuerzo de extraer agua para que después llegue a la casa de los rosarinos y rosarinas que cuentan con el servicio. 

Lanfranco recuerda que esta situación apremiante lleva dos años en la región y celebra que hasta ahora se pueda sostener el servicio. En algunas localidades, como Iguazú, en Misiones, los cortes de agua han comenzado a manifestarse. En Santa Fe se espera evitar esa instancia. “Eventualmente, si no hay captación no hay escenario de falta de servicio, pero sí de menos presión o menos caudales”, explica, y no celebra porque él mismo sabe que el servicio no es igual en toda la ciudad. Y suma, además, que la red de aguas funciona radialmente: más cerca de las plantas, más presión de agua. Más lejos, menos. 

Dentro de las posibilidades para enfrentar este escenario preocupante, explica Lanfranco, están las de la empresa de agua y también las de los santafesinos y santafesinas. Por un lado, está la adquisición de bombas por parte de Aguas Santafesinas, que son sinónimo de más fuerza para sacar la cantidad de agua diaria que potabiliza, esto es, unos 600 mil metros cuadrados. Ninguna optimización sirve si no hay fuerzas para sacar agua. Por el otro, la invitación a que santafesinos y santafesinas cuiden el agua, una práctica que no es muy común en la región: evitar el lavado de veredas con mangueras, no lavar los platos con la canilla abierta, bañarse en cinco minutos. 

Acostumbrarse a la variabilidad

La bajante del río y la sequía que experimenta la región no afectan únicamente a las localidades ubicadas en las distintas costa ni tienen que ver sólo con la provisión de agua. La bajante del río afecta la actividad económica regional. Juan Borús propone dos ejemplos y una conclusión. Por un lado, las complicaciones para trasladar combustible líquido, que va por vía fluvial, y que podría traducirse en falta de combustible. Por el otro, las complicaciones en la fauna íctica tanto a los pescadores como a su vida en el interior de las provincias. “Creo que la actividad económica de las siete provincias de la cuenca del Plata se ve afectada severamente”, arriesga el ingeniero civil.

La entrevista con Juan Borús termina cuando empieza, para él, una de las tantas reuniones que tiene por día desde su casa, sede actual –por obvias razones– del sistema de alertas del INA. El ingeniero no arriesga a ponerle fin a la sequía, pero sí a lo que se viene. Y esto es, una nueva forma de habitar el río y el clima de la región. “Nos tenemos que acostumbrar a la variabilidad climática”, resume. Y ejemplifica: “En junio de 2019, el río Paraguay terminó en el tramo inferior con una de las crecidas más importantes de la historia. A partir de ese momento dejó de llover. Ese mismo año tuvimos la bajante más larga de la historia registrada en el Paraguay inferior, con 156 días de bajante permanente, sostenida. Fue así: pasaron de una gran crecida a una gran bajante en pocos meses. Es a esa locura a la que nos tenemos que acostumbrar. Y lo que tenemos que hacer es adoptar todas las medidas para que el impacto sea cada vez menor”.

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