Después de la publicación de la nouvelle 112 (Casagrande, 2018), Marianela Moli Luna (Rosario, 1988) acaba de sacar su primer libro de cuentos La velocidad es mi escuela, con el flamante sello local Brumana, proyecto dirigido por Laura Rossi y Carolina Musa, dando un verdadero volantazo literario. Porque si bien es cierto que Luna conserva la frescura y autenticidad narrativa del primer viaje en bondi, iniciático y más autobiográfico, en este libro la autora experimenta con audacia en otros terrenos temáticos y apuesta a otros registros de voz (uno de los cuentos está narrado por un varón) y elabora los más diversos puntos de vista en el empleo de la primera, la tercera y hasta la segunda persona como pez en el agua. Un amigo muy lector siempre dice que la eficacia de un libro de cuentos está en que al menos cuatro de diez de los relatos sean notables, y que los demás acompañen. La teoría es discutible pero se ajusta a lo mínimo esperable. En el caso de La velocidad es mi escuela, los diez textos mantienen el mismo nivel y la tensión a tope en una prosa certera, depurada, veloz. En ellos, Luna choca las temáticas más remanidas de la época, como las mapaternidades idealizadas y las infancias desangeladas, o los pequeños infiernos conyugales, y va directo al hueso, retratando el sufrimiento, la locura y la crueldad sin velos, ni remilgos, pero si con el revés del humor. 

En Educación sexual, White trash, El más amargo de los besos y Perro callejero (cuento del cual se extrae el título del libro) Luna construye personajes femeninos que se encuentran lidiando con el roce y la fricción propios del lazo social, entre el erotismo, la sexualidad, la seducción, los celos, y los malentendidos sobre el paño de violencias machistas, y las desigualdades sociales que se anidan en el núcleo de los conflictos. En estos cuentos en particular se deja ver la influencia o la filiacion (algo que ya señaló Sonia Tessa al reseñar este libro en Las12) con una de las autoras favoritas de Luna, la británica Caitlin Moran, conocida por sus memorias autobiográficas (Cómo ser mujer, Cómo se hace una chica, Cómo ser famosa, entre otros titulos en español publicados por Anagrama) en las que indaga, desde una mirada feminista, su relación problemática pero también satisfactoria con su cuerpo, de un modo descarnado y sin eufemismos, como lo hace Marianela, siendo también una de las marcas definitivas de su escritura.

Otra de esas marcas es la generacional, en la retórica y en algún que otro señuelo fetiche de los noventa, como por ejemplo: ¡Un cassette de Twiggy! Se podrá adivinar que en la escuela de la velocidad nos graduamos quienes nacimos en esa transición o metamorfosis pegajosa entre el viejo mundo que no termina de morir y el nuevo que no acaba de empezar. Una generación que, parafraseando a Lewis Carroll, aprendió a correr a toda prisa, para mantenerse más o menos en el mismo (no) lugar. O mejor todavía, una metáfora o analogía que le haga más justicia a la escritura millenial de Moli: imaginen un cruce de semáforo entre una Sandra Bullock bajo presión psicópata al volante, y una Franka Potente al palenque, porque el tiempo vuela y hay que abrirse paso y seguir en el camino.

Este libro, incomodante y divertido en partes iguales, es una forma de estar en el viaje, un poco de literatura refrescante como el vientito que pega en la cara cuando el carro agarra la autopista. 

Moli. Nació en Rosario en 1988. Estudió comunicación social, profesorado de inglés, producción audiovisual, filosofía y periodismo. Trabaja como profesora particular de inglés, traductora freelance, y es youtuber. Organizadora del Slam de poesía oral de Rosario, también dicta talleres de escritura y poesía oral.

Colaboró en diversas revistas literarias y en 2015 fundó la suya propia: Femme Fetal. En 2018 publicó su primera novela 112 (Casagrande) y La velocidad es mi escuela es su primer libro de cuentos.

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