El que dijo que nos iban a hacer cinco terminó con hipo. El muy gil no se dio cuenta de lo que se venía viendo en la tierra y en el aire del fulbo del mundo mundial: que Messi salió definitivamente del closet y se asumió capitán y líder de un equipo en serio, para el que nada es fácil; no como el otro equipo en el que juega, que todo bien con los amigos catalanes eh, pero es otra cosa. Allá, se sabe, no hace falta poner paravalanchas en las tribunas, no se le tira un vaso de meada al 4 cuando va a sacar el lateral. Allá perder no es un drama. Y ganar no es un polvo cósmico.

Alto orgasmo debe haber sido el de Messi, sí sí. El primero de esos para el otrora tímido y frágil genio de la lámpara, que por fin se sacó la espina que se le metió de chiquito allá en zona sur, la de ganar lo que hay que ganar.

Y de zona norte es otro de los que se sacó la espina y en el que se venía oliendo eso que el Bolsonaro no cazó. Que colgada del Lío –que se había armado hasta los dientes como los guachines de todas las zonas rosarinas–, venía una banda loca y descontrolada al punto de endiablar a un Ángel para que defina, en una final contra Brasil en el Maracaná, acariciando a la pelota con dos toques, uno franelero para recibirla y el otro para empeinarla así llegaba bien presentadita y desde bien arriba a la foto máxima, la del ¡gol, carajo!

Messi y Di María eran chiquitos la última vez que Argentina había dado una vuelta olímpica. Y un montón de sus compañeros de banda futbolera ni siquiera habían nacido. Entre los que ya éramos grandecitos no sólo en aquella última Copa América ganada sino también en la Jules Rimet del 86, prima cierta sensación de ya haberlo visto todo, de ya haber tocado el cielo con el Diego, de ya no poder volver a conmovernos hasta las convulsiones en un festejo de un título de la Selección. Pero por suerte los pibes de ahora, que sólo supieron de aquello por los relatos repetidos hasta el hartazgo casi opresivo por “sus mayores” y por las también reiteradas hasta el aburrimiento imágenes de archivo, tuvieron en el Lío angelical que Argentina armó en el Maracanódromo do Río la ocasión de darse en vivo y en directo una panzada de pasión de esas que solo el fútbol más Rosario pueden dar.

Las imágenes proyectadas a todo color digital en la torre del Monumento, la cantidad de memes y demás tecnoyerbas arrancando carcajadas, la proliferación de nuevos tatuajes para hacer imborrable lo de que la alegría no es solo brasilera, son todas señales de época impensadas hace apenas esas tres décadas que nos separan de la vez anterior en que la Selección Nacional fue campeona.

Y claro que a los que ya estamos grandecitos y así como de vuelta de todo, esas señales de época a veces se nos escapan. Pero con la suerte de Rastrojero que van resultando nuestros cinco sentidos –a todas luces insuficientes para viajar a la velocidad del momento– nos prendemos dignamente como choferes de la caravana del siglo XXI, agradecidos desde ya a los hacedores de Lío por recordarnos cómo era aquello de campeonar.

Y ojo que esta vez la cosa es como al revés. Allá en el siglo pasado veníamos como decreciendo desde la gloria del 86 y la broncaorgullo del 90 al consuelo de las dos copámericas del 91 y el 93.

Ahora, volvimos a campeonar con el plus de bolsonaro y la maracanaencoche, de la mano de un Messi trepándose a la altura de la mesa celestial de Maradó, más una banda de ángeles y diablitos que le tiran paredes tanto en la cancha como en la vida, saliendo para el taller, porque hay que comer, sí sí; pero masticando que si la Eurocopa fue un bodrio y que si acá en el barrio continental volvimos a copar la parada con semejante autoridad y definiendo de sombrero verdeamarelho y que si el próximo Mundial está a la vuelta de la pandeesquina, da para empezar a juntar unos manguitos para, si no llegar a la lejana Qatar, por lo menos pegar un smart de mil pulgadas para volver a gritar –y más fuerte todavía– dale campeón, dale campeón.

Fuente: El Eslabón

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