Clementina es un grupo de más de 600 personas en Telegram, la plataforma de mensajería instantánea alternativa a WhatsApp, que en este caso funciona como un activo foro de debate y organización de actividades. Se formó hace un año, en plena pandemia, y reúne a docentes de todos los niveles, investigadoras e investigadores y un largo etcétera en torno a los tópicos software libre y educación.

Se define como “un grupo de personas que quiere aportar a una educación más democrática, inclusiva y crítica”, e incluye profes de informática, laburantes de sistemas, maestras y maestros de todo tipo de escuelas y un gran elenco de activistas de la cultura libre, que es ese amplio movimiento que excede al software libre y trata de extender sus premisas a otros ámbitos del conocimiento.

Nunca está de más recordar que software libre son todos aquellos programas o aplicaciones que pueden ser utilizados para cualquier fin, permiten conocer su funcionamiento –su código fuente es público–, y pueden ser adaptados a diferentes necesidades. Además, se pueden copiar libremente como nobles productos de la replicabilidad digital, y son mayoritariamente gratuitos. El resto del software –por más gratis que sea– se considera software privativo y su funcionamiento es el secreto de alguna corporación que se reserva el derecho de admisión y permanencia.

¿Por qué usar software libre en la educación? Richard Stallman, fundador de este movimiento, cuestiona los paradigmas de propiedad del conocimiento y es el creador del sistema operativo GNU, que funciona junto al núcleo Linux. Hay una analogía salvaje, planteada por Stallman, que asimila el uso de software privativo en la educación con la provisión de drogas adictivas al estudiantado.

Como versa el dicho popular “la primera te la regalo y la segunda te la cobro”: las corporaciones como Google o Microsoft que brindan licencias de software o servicios en la nube exprimen datos personales y convierten a los estudiantes en futuros clientes.

Otra analogía posible, pero con drogas legales, sería el caso de los medicamentos genéricos. Así como un profesional de la salud puede recetar un fármaco sin precisar marca o laboratorio, lo mismo debería hacer el sistema educativo, sobre todo si se trata de la maravillosa aunque cascoteada educación pública argentina.

Como dicen desde Clementina, se trata de adquirir competencias y saberes, más allá del uso de tal o cual herramienta digital. El Ministerio de Educación de la Nación ha dado un paso importante con las notebooks del Plan Juana Manso, que ya no tendrán instalado el sistema operativo hegemónico de Microsoft sino Huayra 5, una distribución GNU/Linux nacional y de desarrollo federal.

Agrupémonos todes

Este colectivo virtual fue creado por Iris Fernández, licenciada en educación, y en su sitio web clementina.org.ar se presenta así: “Nuestras propuestas se orientan a la apropiación de tecnologías y la cultura que nos parecen más indicadas para la formación integral que deben llevar adelante las escuelas: evitando perspectivas meritocráticas o de adiestramiento acrítico para el mercado”.

El nombre del grupo, constituido en julio de 2020, es un homenaje a la primera computadora científia que llegó a la Argentina y que funcionó en el Instituto del Cálculo de la Universidad de Buenos Aires durante la década del 60. Entre los programas –el software– que incluía esta máquina estaba la canción popular estadounidense Oh My Darling, Clementine, que sirvió para bautizarla.

Desde sus inicios, durante el aislamiento pandémico, el grupo Clementina se propuso colaborar en la ampliación del horizonte digital frente al cierre de las aulas y las calles, y así se fue poblando de gente que se sumaba para consultar tanto sobre programas y recursos libres como de especialistas en alguna temática concreta, como el diseño gráfico o la robótica, por mencionar algunos.

La web de Clementina es un Moodle, es decir un gestor de contenidos libre y de código abierto pensado para la educación a distancia, e incluye un foro de debate para profundizar las discusiones que surgen en Telegram, y una biblioteca e instancias de co-formación.

Día de la independencia pedagógica

El viernes 9 de julio se celebró la charla de cierre de Clementina. El encuentro virtual, realizado a través de la plataforma de videollamadas Jitsi Meet y transmitido por Fediverse.tv –una suerte de YouTube comunitario–, fue el cierre de una serie de conversaciones que tuvieron lugar entre abril y junio, y que abordaron una amplia variedad de temas –algunos más técnicos y otros más conceptuales–, como el diseño de recursos educativos abiertos, la creación de aulas virtuales y sitios web accesibles hasta la producción editorial y las licencias autorales, entre otros.

La charla fue presentada y coordinada por Iris Fernández, como todas las anteriores, y fue coprotagonizada por Nancy Arias, Matías Bordone, Juan Carrique, Marcelo Fajardo, Matías García, Rikylinux, Delfina Martin y Lila Pagola. Un plantel diverso y multidisciplinario que expuso y debatió sobre “las oportunidades que surgen al usar software libre en la escuela” y el rol de las aulas “para mejorar la relación de las personas con las tecnologías”.

En la conversación de más de una hora y media se planteó la idea de que las licencias del software no deben limitar el conocimiento y que los saberes adquiridos no pueden quedar condicionados por las herramientas empleadas, y es por este motivo que el software libre busca “autonomía para aprender competencias”.

También se planteó la idea de “crecer siendo parte de las herramientas”, y de garantizar que los y las estudiantes puedan acceder a los recursos para desenvolverse profesionalmente sin que una licencia restrictiva de software sea un obstáculo, tal como sucede en algunas carreras informáticas y en las orientadas a la producción audiovisual. En este orden destacaron la importancia de la “comunidad de aprendizaje”. Hay personas detrás del desarrollo de las herramientas y, como es sabido, las aplicaciones libres se nutren de la interacción entre las comunidades usuarias y las desarrolladoras.

En la conversación hubo un acuerdo estratégico: hay que adaptar el software al sistema educativo, y no al revés. Un caso resonante mencionado por Matías García fue el de las netbooks de Conectar Igualdad, en las que la comunidad logró adaptar el procesador de texto de LibreOffice –alternativa a Microsoft Office– al guaraní y al quechua, que también son lenguas nacionales.

Aprender en comunidad

Iris Fernández se define como docente constructivista, promueve el trabajo grupal y la producción colaborativa de conocimiento, y encontró en el software libre una feliz coincidencia con esa concepción del aprendizaje, donde queda clara “la diferencia entre ser cliente y pertenecer a una comunidad”. Es por ello que “se propone otra forma de usar el software” y que “cambiar de programa es una gimnasia”, vital para una sociedad cada vez más informatizada, aunque hay docentes que no quieren aprender cosas nuevas ni actualizarse.

Otro concepto que atravesó la charla es que “en el aula el software libre permite mostrar los procesos con el otro, porque hay una construcción comunitaria”. En este sentido, Fernández retoma la idea de andamiaje de la visión constructivista del psicólogo soviético Lev Vygotski. El andamiaje es el conjunto de ayudas, orientaciones e información que una persona recibe a lo largo de su desarrollo intelectual, y es por ello que para esta profesora el grupo Clementina es el andamiaje para “enseñar con herramientas libres” .

Uno de los panelistas destacó que acercarse al software libre “es una deconstrucción más”, ya que las prácticas tecnológicas que atraviesan la vida contemporánea son prácticas culturales que hay que mirar con perspectiva crítica. Y en eso anda la gente de Clementina.

Fuente: El Eslabón

 

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