Es jueves y la cocina del Club Social y Deportivo Cóndor huele a pollo y salsa. Tres socios de la institución ubicada en Cafferatta 1477 preparan las cincuenta porciones de viandas que se repartirán durante la noche. El ritual se repite cada semana desde hace más de un año.

El frío empieza a sentirse cerca de las 17 y la canchita de fútbol está vacía. La pandemia aún no permite que las actividades deportivas sean presenciales y el cuidado colectivo es primordial para el club. Pero en esa misma cancha, antes de que se decretara el aislamiento por Covid-19, más de 500 chicxs se encontraban para compartir las clases de gimnasia de las dos escuelas más cercanas –Madre Teresa de Calcuta y Escuela Provincia de Salta– que utilizan sus instalaciones. Y muchos otros vecinos lo hacían para disfrutar de una tarde de mates o de talleres y actividades sociales, como una peña folklórica, un torneo de ajedrez o simplemente una ronda entre amigos.

En Echesortu, el pulso de las calles está marcado por la vida de sus clubes sociales, muchos recuperados tras la tercerización, el cierre y deterioro de estos espacios post década del 90. El Club Cóndor lo hizo en el año 2015, cuando un grupo de jóvenes decidió romper, simbólicamente, el candado que mantenía sus puertas cerradas.

Abrir el club para el barrio, ese fue el primer objetivo que se propusieron. No sabían demasiado qué querían pero sí tenían en claro lo que no, cuenta su presidente Nicolás Ferela: “No queremos un club servicio, con sus instalaciones tercerizadas. Acá, desde el 2016, la cuota es de sólo 30 pesos y ninguna actividad se paga”.

Así comenzaron, luego de sortear diferentes vericuetos legales y burocráticos, incluso un inminente remate del lugar con la intención de construir un edificio a futuro. Es que la historia se repite con características similares: son espacios codiciados por el mercado inmobiliario o por intereses que lejos están de sostener el sentido colectivo y social de un club de barrio.

Las primeras actividades que hicieron fueron las jornadas de trabajo solidario: es decir, convocar a los y las socias que se habían reempadronado para empezar a acondicionar las instalaciones que desde hace tiempo estaban en desuso. Antes, difundieron en el barrio el sueño de recuperarlo. Convocaron a ser parte, protagonista. A tener voz y voto en las asambleas. Que esa recuperación sea colectiva.

Con esfuerzo y entre muchos, construyeron un nuevo cuarto y trasladaron la parrilla que se encontraba en la cancha de fútbol al patio, para recuperar un espacio de juego para los pibes. En marzo del 2017, el Club Cóndor comenzaba a tener sus primeros talleres y actividades deportivas con la participación de vecinos y vecinas, que son quienes sostienen el dictado de las clases: folklore, fútbol, yoga, boxeo, arte, teatro, apoyo escolar, defensa personal, guitarra, tejido, ajedrez, entre otras.

Nicolás dice que lo que buscan es fortalecer los tres pilares que hacen al “objeto” mencionado en el Estatuto: ser un espacio social, cultural y deportivo. Así es como también organizaron ciclos de cine para las infancias y charlas sobre malnutrición y medioambiente. Por otro lado, comenzaron a articular con otros clubes de la zona como Juventud Unida, ubicado a sólo 3 cuadras y con el que mantienen una misma historia de lucha y recuperación de un espacio para el barrio.

“Buscamos que los socios participen de las asambleas y de todo lo que hace a la vida y a las decisiones del club” cuenta su presidente. Quizá sea ese, el principal motor del Cóndor: ser un club de alas abiertas.

Sentido solidario

Durante el crudo invierno del 2018, el Club Cóndor encendió las hornallas de su cocina y comenzó a preparar los días miércoles y jueves una olla de comida caliente para las personas en situación de calle. Dos años después, con la pandemia complejizando la vida de las familias en los barrios, el espíritu solidario del Cóndor se profundizó: no sólo sostuvieron las viandas los días jueves, sino que además se organizaron para hacer entrega de los bolsones de mercaderías que proporciona la Provincia y el municipio a través del Banco de Alimentos. Además, entre socios y socias se convocaron para sostener un roperito comunitario, confeccionar barbijos y máscaras para los dispensarios públicos y crear un espacio virtual de atención y acompañamiento integral de salud mental.

“Acá decimos que el club nunca cerró sus puertas”, dice Nicolás. Lo cierto es que no lo hizo. Los talleres se trasladaron a un formato virtual, se priorizó el cuidado sanitario y el acompañamiento a través de un equipo interdisciplinario de profesionales para atender diferentes situaciones: una de ellas fue la que debió atravesar Melisa, vecina del barrio, víctima de acoso y violencia machista por parte de su ex pareja. Después de realizar varias denuncias sin lograr respuestas judiciales, Melisa encontró en el equipo del club Cóndor y en Juventud Unida, un espacio de escucha fundamental para impulsar la visibilización de su caso ante los medios y así intentar que la Fiscalía avance en su demanda. La consigna desde el club era clara: reaccionemos antes de que ocurra un nuevo femicidio. Y así fue: la acompañaron en su reclamo judicial y en la vía pública y así logró que la justicia dictara, finalmente, una prisión preventiva para el agresor.

Melisa no estuvo sola. Los dos clubes supieron y pudieron acompañarla en una situación difícil y hoy ella es una de las 600 socias que tiene el Cóndor. “Desde el Club Cultural Social y Deportivo Cóndor y el Club Atlético y Social Juventud Unida, convocamos y llevamos adelante la primera movilización en Argentina para prevenir un femicidio, porque entendemos que es sumamente necesaria la prevención. En agosto de 2020 comenzamos a exigirle a la Justicia, por medio de marchas y pedidos colectivos que lleve con celeridad la investigación del caso, y que proteja a Melisa mientras tanto”.

Al mismo tiempo, ambos clubes organizaron el espacio “Palabra liberada”, una instancia de encuentro para mujeres del barrio: de escucha, acompañamiento, reflexión y contención colectiva.

“Para resolver los problemas creemos que la clave es organizarse”. La frase de Nicolás resuena mientras relata la historia de un club recuperado, uno de los tantos que se ubican en el corazón de los barrios rosarinos.

El Club Cóndor es pequeño: una huerta colorida, un salón con mesas, sillas, cocina, una biblioteca con libros, un equipo de audio donado por los vecinos. Una cancha, un patio, un asador. Lo indispensable como para sentirse “en casa”. “Yo siento que el club es un punto de referencia para los y las vecinas. Acá hay gente que se acerca a cocinar, a dar una charla o un taller, a compartir un rato, a hacer deporte. Las instituciones del barrio saben que cuentan con las instalaciones. Es un club social”.

En el Cóndor, la voz de los y las pibas también se escucha. Nicolás dice que el objetivo es que se involucren en las asambleas y en las decisiones del club porque ellos serán los futuros dirigentes. Estimular la participación es parte de esta tarea diaria que se propone la actual Comisión Directiva que decidió explicitar en su estatuto que ante cualquier eventual cierre, las instalaciones tendrán que ser donadas al Hospital Carrasco.

Mientras tanto, el pollo se cocina a fuego lento, una vecina pica cebolla y otra lava verduras. En unas horas se entregarán las viandas en una noche que, se estima, será tan fría como las anteriores. En el barrio, el Cóndor es lo más parecido a un hogar, entre tanta hostilidad.

Fuente: El Eslabón

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