Yo no sé, no. Pedro se acuerda cuando con casi 7 años, en la vereda de la casa de calle Zeballos, el fulbito se anunciaba haciendo sonar la pelota contra el piso o la pared. Era como el sonido de un tambor llamando a la pequeña tribu a reunirse alrededor de la de cuero. Pasaron varios minutos y sólo eran tres. Uno dice: «vamos con un gol entra», que tenía como premio para el que hacía el gol, gritarlo y llamar la atención de la hija de doña Pierina, la verdulera de la cuadra. Los días que ese ocasional público no estaba, hacer el gol e ir al arco parecía un castigo.  

Ese año Boca salía campeón y Artime era el goleador. En Central jugaba un tal Pancita, y Pedro pensaba que con ese sobrenombre sería un habilidoso que poco pateaba al arco, pero se enteró que era defensor. El Mundial se jugaba en Chile, y los yanquis se ponían nerviosos por unos misiles soviéticos instalados en Cuba.

Al año siguiente, Pedro extrañaba el «gol entra» en la vereda de baldosas porque en el nuevo barrio todas eran de tierra. Y las calles también.

Al tiempo, con los pibes llegamos a un acuerdo: que no fuera un castigo ir al arco por hacer un gol, sino que vaya el que erraba o al que le atajaban tres tiros, pues muchos gambeteadores no pateaban para seguir jugando sin ir al arco, salvo cuando había alguna piba espiando desde un patio vecino. Cuando el sol se iba despidiendo, se cantaba “gol gana”, para terminar el partido. Una vez, en la última pelota que iba hacia uno de los arcos, alguien gritó ¡gol ! y se terminó el partido. Estaba bastante oscuro y nadie vio si entró o no.

En los primeros años de los 70, Ñuls y Central tenían equipazos con jugadores con hambre de gol y arqueros que eran una garantía. Y en lo político pasaba algo parecido, en nuestras patrias empezaba un «gol sale»: entraba la voluntad popular por medio de sufragios libres y salían las dictaduras que defendían el coloniaje.

El otro día pasaban unos pibes rumbo a la plaza, y como eran tres y la pelota, Pedro me dijo: “Ojalá se manden un «gol entra» con público”. Y cuando vimos a las pibas rumbo a la cancha de Itatí, de Iriondo y Seguí, también pensó lo mismo: que si pinta un «gol entra», que sepan que a los goles que se hacen, también es bueno defenderlos. 

Mientras miramos que muchos pibes se anotan para la vacuna contra el Covid, Pedro dice que eso es como un «gol entra»: si entran vacunas al arco, va el mejor arquero; si entra plata en los bolsillos de los sectores más castigados, al arco va la olla llena como para que el partido lo sigamos jugando. Si en cada votación entran los mejores, el proyecto de Patria que nos incluya a todos va a estar bien defendido desde las bancas. Y sobre todo –me dice Pedro– si todo esto ocurre a la vez, veremos que un «gol entra» se transforma en un «gol sale».

Pedro toma la pelota que cayó en el patio y antes de devolverla la hace picar contra el piso, como queriendo sentir ese sonido convocante. Y me dice que cuando empiecen a entrar nuestros goles, se van a tener que piantar esas ideas miserables del coloniaje.

Ya a esa altura, Pedro no hablaba de fútbol, sino de lo que necesita la Gran Patria.

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