En campaña en tiempos de pandemia, la ola de fotos y peroratas desgajadas de historia y contextos contagia más que la cepa Delta. Ante los nuevos embates, valen las reivindicaciones de la organización popular como mejor vacuna.

El episodio del cumpleaños de Fabiola y su impacto en la campaña electoral en pleno curso expone una vez más la necesidad de avanzar más rápido en la construcción de organización popular genuina, firme, acorde al desafío de sostener un proyecto en movimiento revolucionario, de transformación, en términos de un nuevo siglo en el que imperialistas y explotadores mandan a eliminar a quienes osen cuestionarlos ya no sólo y tanto con balas, bombas y picanas, sino también y mucho con metralla a discreción de imágenes y palabras a las que pudren separándolas de esas fuentes de vitalidad que son sus contextos, sus historias, que no caben en memes, ni en hilos de Twitter ni en ampulosas peroratas de jetones de la tele.

Cuesta creer que un movimiento nacional, popular y revolucionario que supo enfrentar y resistir hasta no sucumbir todavía a asesinos tan literales y perversos como los verdugos de las dictaduras de los mil novecientos aquellos, ahora tenga que renguear en su camino ante heridas de calibres magnettofónicos, simbólicos, virtuales, borgeanos incluso, en tanto pródigos en ficción desplegada bajo el halo de verosimilitudes varias, enancadas en una máxima que une a aristócratas de pluma como el bueno de Georgie con no pocos brutones que sólo conocen las plumas de las aves silvestres que el escritor de fuste debió inspeccionar un tiempo para conservar su puesto de empleado del Estado: todos los males del país son culpa del peronismo; y entonces dale con Cristina, Cristina, Cristina y con Fabiola, Fabiola, Fabiola y con vienen por todo, vienen por todo, vienen por todo.

“No podemos seguir pa lante y pa atrás, pensando sólo en las elecciones”, agregó Jaime Dri, cuando planteaba –en tiempos de campaña para la puja electoral de 2019 y en una de esas más bien informales charlas que abonan la formación política de los contertulios– eso de lo de la necesidad de más y mejor organización popular para combatir en los nuevos campos de batalla, en los que las urnas ya no están bien guardadas.

Ahí están las urnas, ahora untadas en alcohol en gel, pero igual afectadas por virus más o menos detectables con hisopados y por viralizaciones cuyas cepas y sintomatologías se escurren de los métodos otrora invictos de las ciencias exactas, ya que se manifiestan como fruto y fuente al mismo tiempo de ominosas y encriptadas conspiraciones y disputas de palacio y de negociados de laboratorio, más evidentes y expuestos pero igual de aborrecibles para quienes quieren vivir la vida fuera de los hospitales y libre de cuarentenas o burbujas sanitarias y digitales.  

Foto: Télam

Jaime y sus compañeros y compañeras de Montoneros del nordeste argentino supieron, allá por las sexta y séptima década del siglo anterior, trajinar un viejo y noble torno mecánico para inventar y fabricar sus propias municiones, armas y caños para afrontar los escenarios de combate del momento; y aunque después pudieron aprovisionarse de fierros más industriales en el mercado internacional de la época –en el que por lo menos había dos grandes competidores claros y declarados y por ende ciertas posibilidades de acceso y maniobra– y así crear un verdadero ejército para lograr la coronación de la revolución imponiéndose en el bélico tablero de entonces, Jaime y muchos de aquellos compañeros y compañeras coinciden que entre las razones de la derrota se puede contar la de haber apuntado demasiado esfuerzo y energía a esa lucha en la cancha elegida y arbitrada por el adversario que a seguir creando la fuerza que potencie y multiplique aquellos potreros y Sacachispas que gracias a la organización popular y política nos enseñaban a saber que, para ganar hasta en el césped sintético y sin ética que estos gringos aburridos y engordados a anabólicos inventaron para intentar matarnos el fulbo, una de las claves es estar siempre dispuesto y presto a nunca dejar de aprender; es decir, nunca dejar de oler, de mirar, de escuchar, de tocar, de sentir y hacer sentir que los de rojo y los de verde, los que nos paramos de un lado y del otro para defender nuestra camiseta y así sostener el sentido del juego vital, ese que es imposible no jugar, dependemos mucho menos de nuestras tan conversadas, estudiadas y entrenadas artes que del azar indescifrable y trascendente del devenir de la pelota, a la que podemos tratar mejor o peor, impulsar o desviar con más o menos pericia, pero nunca evitar que sea ella, la pachaesfera, la que viaja por el espacio sin más mandos ni tripulaciones que la existencia lisa y llana, la que nos hace gritar o callar, la que nos recuerda que fuimos, somos y seremos mucho menos que el centro existencial del universo, pero algo más que el mundo de imágenes y palabras desmembradas de raíces y espacios, por lo que nunca nos va a alcanzar el diccionario de la real academia española para explicar eso que pasa cuando el bochazo termina en gol en vez de pegársela contra un palo y desviarse por la línea de fondo.

Pero volvamos enseguida al lenguaje, que este partido es sin tiempo de descanso y no alcanza con correr el doble. El ritmo con que nos aturden no se sostiene ni con la del Diego. Una garganta no puede subir el volumen a los puntos que programan las consolas, ahora operadas por fuckingZuckerbergas sonidistas que nunca oyeron un puto latido distinto al de sus bolsiegos repletos de dólares, pesos y soledades; y que si llegan a oir algún latido, lo distorsionan y redirigen hasta hacerlo funcional a sus berretines de eternidades y autosuficiencias.

¿Cómo explicarles a estas gentes que le toman la leche al gato y encima se ufanan de semejante afano que no hay tips ni gifs que resuman o alquimicen o aniquilen una frase como “la pelota no se mancha”?

La pelota no se mancha, así, sin interrogantes. Es más: ¡La pelota no se mancha! Así. Y punto y aparte.

Lo del Alberto y la Fabiola más que un tiro en el pie es un pelotazo en las bolas o en las lolas. Duele más eso ahí que un plomo en un dedito. Pero ni el calzoncillo del caballero ni el corpiño de la señora ni la caca cool del bueno de Dylan manchan tanto la pelota como las lenguas desencajadas de los robóticos killers de pantallas y plataformas que fustigan con horrendas vomitadas de discursos indigeribles y desbocadas sucesiones de zócalos aterrorizantes a doñas y dones con megacomorbilidades irreversibles, que en vez de por lo menos maldecir por su calvario esperan su turno para ponerse en los paredones virtuales sin necesidad de guardias y cadenas, engrillados a sus verdugos por selfiflashes y vanidades historiadas en muros y perfiles, debidamente sedados a dosis de meencantas y corazoncitos, convencidos de estar siendo invitados a sumarse al bando de los fusiladores pero en verdad convidados a alistarse alegremente en el corral de engorde de los próximos fusilados, casi despojados de la noción de posibilidad de alguna otra opción, libre de instintos asesinos y pulsiones autodestructivas.

Lo de la necesidad de ampliar y consolidar la organización popular fue claramente reivindicado en el reagrupe del Frente de Todos tras los fotofabiolazos. En los actos que compartieron para “tranquilizar” y proteger a Alberto lo enarbolaron Cristina y Máximo; y hasta Massita reivindicó la unidad necesaria para evitar nuevo retrocesos al neoliberalismo galopante que el macrismo había reavivado en estas pampas.

Y claro que es reivindicable la señal de reencuentro y el llamado al protagonismo de dirigencias y militancias. Lo deseable es que la revalorización del siempre presente entramado que sostiene la Patriamama que aquí se supo conseguir y se disputa día a día vaya más allá de los resultados de septiembre y noviembre y se asuma, cada vez más definitivamente, que, se gane o se pierda, no es solo una cuestión de elecciones.

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