Aulas

 

Eran los noventa y tenía la tarea de coordinar una jornada docente del programa El diario en la escuela (por qué y para qué usar este medio en las clases). La actividad se daba en una localidad vecina a Rosario, de hecho se organizaba con el auspicio de ese municipio. Un rato antes del inicio formal de ese encuentro mantuve una charla protocolar con el intendente de esa ciudad. Me explayaba sobre las bondades de que los medios sean objeto de análisis en las aulas, que las docentes y estudiantes aprendan a leerlos de la manera más integral posible, a preguntarse por la agenda que imponen (de qué hablamos y de qué dejamos de hablar), por la mirada de sociedad que construyen y que nos devuelven. Pero, entusiasmada con la propuesta a compartir, erré lejos con el perfil del interlocutor que tenía enfrente. De eso me di cuenta cuando, casi a modo de conclusión, le dije: “Lo importante con estas iniciativas es fomentar una actitud crítica frente a los medios de comunicación”.

De inmediato, el intendente dejó de tomar su café y sobresaltado me interpeló: “¿A quién van a criticar?”.

Tuve que remarla mucho -y hasta la fecha no sé si lo logré- para que se convenciera que lo que allí se iba a tratar y debatir “no era en contra de nadie”, más bien en beneficio de una ciudadanía informada pero siempre con capacidad de hacer preguntas. 

No cito ni la localidad ni el nombre del intendente porque con el tiempo comprobé que esa misma inquietud que me manifestó de la manera más brutal aquel hombre se reiteraba, con distintos matices, en otros sectores y referentes de los diferentes gobiernos y poderes del Estado. Para mí también era un aprendizaje en el más puro terreno de la práctica. 

Con otros modos y discursos, en nombre de “la convivencia”, del “diálogo”, del “respeto a las familias”, “para proteger a las infancias” y hasta de “la libertad en los debates” en las aulas, se han promovido experiencias educativas y propuestas que en los hechos representaron (y representan) todo lo contrario. Hubo gestiones educativas en la provincia que impulsaban la creación de centros de estudiantes, pero con la intervención de un directivo en la conducción (“es como tener la patronal dirigiendo un sindicato”, expresaba lúcidamente un chico del secundario al opinar sobre esta pretensión), o bien aquella vez que “para que no entrara la campaña electoral real en las escuelas” y que las discusiones políticas partidarias se dieran “de la puerta para afuera”, se implementaron simulacros electorales con los próceres como candidatos. Y quizás entre las mayores hipocresías está el acuerdo vergonzoso que hay entre todas las esferas de gobierno con las sotanas y referentes evangélicos para que no haya ley de educación sexual integral en la provincia. 

Aquel “¿A quién van a criticar?” me ayudó a entender ese empeño de los gobiernos neoliberales y sus aplaudidores de turno por pretender borrar de los planes de estudio los espacios de las ciencias sociales, en especial la historia. Cada reforma educativa fue una oportunidad para achicar horas y relegar a esta disciplina a un lugar menor de la currícula. Si eso no prosperó fue por la férrea defensa que hicieron las profesoras y profesores.

No por casualidad durante el gobierno de Mauricio Macri, además de degradar a secretarías los ministerios de Salud, Ciencia, Cultura y Trabajo -entre otros- se arrasó con los programas de memoria y derechos humanos dirigidos a las escuelas, se demonizó a Zamba y las señales educativas pensadas respetuosamente para las infancias, que justamente ofrecían otras miradas de quiénes son las niñas y los niños en la Argentina. En ese gobierno se descalificó todo el tiempo, de manera sistemática y planificada, a la educación pública. Lo hicieron a veces de manera más solapada, muchas más veces de manera brutal y descarnada como aquel intendente santafesino. O como ahora, con las declaraciones de la periodista porteña radicada en la provincia que se postula como precandidata a senadora nacional que aseguró que en Santa Fe “los chicos sueñan con ser narcos y sicarios”. Ensanchando más el dolor de la pérdida diaria de jóvenes (muchos alumnos y estudiantes) que se llevan cada día las balas del narcotráfico en esta ciudad.

Quienes abogan por la desmemoria -antes y ahora-, por el ¿A quién van a criticar? son las y los mismos que atentan contra la educación pública y todo lo que ésta representa para un país soberano. Los caminos son muchos, desde hacer tapa de los medios hegemónicos con una profesora exaltada frente a sus estudiantes en un pretendido “adoctrinamiento” y de paso poner bajo sospecha a toda la docencia, hasta insistir una y otra vez desde que comenzó la pandemia que “las escuelas estuvieron cerradas”, “las maestras no trabajan” y “los chicos no aprendieron nada”. Y para eso qué mejor que “organizar a los padres por la educación”.

Desde que se conoció la modificación del protocolo Covid 19 para las escuelas, que habilita la posibilidad de disminuir el distanciamiento de metro y medio a 0,90 centímetros, me pregunto cómo se las ingenian las docentes para sostener esa medida, sobre la que no hay dudas que hay que mantener. Cualquiera que ha pasado por un aula o el patio de una escuela sabe lo impracticable que puede ser en no pocas realidades. 

Al margen de estas preguntas, que los días por venir y el curso de la pandemia irán definiendo, el Consejo Federal de Educación aprobó el retorno a la presencialidad plena en todo el país y dejó sin argumentos a quienes hasta entonces vociferaban que abran las escuelas. Pero no es así. Ahora hay otros nuevos: preparan una movida frente a la Casa Rosada convocando a llevar una cinta “por cada contenido perdido”, entre otras razones. A ese mismo lugar donde, en febrero pasado, otro sector que responde al mismo espacio político que estos “padres” (Cambiemos, Juntos por el Cambio o Juntos) depositaron bolsas negras simulando cadáveres políticos. Un hecho verdaderamente escalofriante y repudiable, que recuerda a la historia más reciente de la dictadura cívico militar.

A ese mismo lugar citan estos “padres” que se arrogan una representatividad de las familias que no tienen, pero ganan ampliamente espacios en los medios hegemónicos y en el pasilleo que hacen a las y los candidatos, legisladoras y legisladores, concejalas y concejales de casi todos los colores partidarios que los reciben y por las dudas se eternizan en una foto amiga. 

No es casualidad que a medida que se retorna poco a poco a reorganizar las escuelas durante una pandemia que se muestra más benévola, en parte gracias a una campaña de vacunación histórica que habla de un Estado presente en materia de Salud, se convoca a manifestarse frente a la Casa Rosada. Se organiza en la misma semana de las Paso, pero también en la misma semana que las maestras y maestros de todo el país celebran su día. ¿Cómo se hablará de la docencia en los medios que marcan la agenda diaria? ¿Se insistirá en descalificarla o se la reconocerá como un sector decisivo para sostener la escuela en la pandemia? ¿Se le seguirá haciendo el juego a quienes se quieren llevar puesta la educación pública para hacer sus negocios? ¿O de una vez por todas se devolverá otra mirada de quienes trabajan por abrir otros mundos posibles?

“¿A quién van a criticar?”. Aquella pregunta hostil se puede volver siempre en una oportunidad pedagógica.

 

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