Yo no sé, no. Pedro caminaba por las veredas de la calle Zeballos la última semana de agosto, preocupado por la promesa que había hecho. En realidad eran varias: no agujerear las hojas del cuaderno de tanto borrar, dejar de comerse las uñas, no correr en el recreo y no molestar a la vecina para pedirle mandarinas. Esta última estaba a punto de cumplirla ya que quedaban las últimas dos en la planta, a punto de caerse, y no tendrían el mismo gusto, no valía la pena. Se acercaba septiembre y si cumplía lo prometido lo dejarían ir de picnic, entre otras cosas.

Los árboles pelados de hojas ya tenían brotes prometedores y en uno de ellos, un árbol de ramas tan oscuras que parecían negras, había un nido de hornero. ¿Cómo habrán hecho sin tierra cerca y poca agua? Quizás estuvieron desde siempre y se quedaron a pesar de tanto cemento, tanto empedrado. ¿Se habrán hecho una promesa de no abandonar su territorio a pesar de todo? Al año siguiente, Pedro se había mudado a un barrio donde los horneros jugaban de locales.  

Ese año volvían los clásicos entre Central y Ñuls y él se quedó con las ganas de ir. Con los pibes se habían prometido ir y subirse a los eucaliptos pegaditos a la cancha de Ñuls si era necesario, pero ese primer clásico lo siguió por la radio. Mientras tanto, una empresa británica anunciaba que le vendería a Cuba unos trolebuses, el Che viajaba desde Cuba a Argelia, la psicodelia aparecía con Pink Floyd y Mandela era sentenciado a perpetua. Su promesa, de luchar por la liberación de su pueblo, seguiría vigente por años. En Argentina se fundaba el MRP (Movimiento Revolucionario Peronista) y a Pedro, sus padres le cumplían la promesa y le regalaban a Yudi, una cachorra mezcla de manto negro con una raza cualunque. Él prometía cuidarla como si fuera su hermana menor, sobre todo de los lazos de la perrera que pasaba muy seguido, y también prometía que a la salida de la escuela no se prendería más en la guerra de naranjazos por las calles de barrio Acindar.

Al otro año le compraban el primer manual, que incluía geografía. Cuídenlo como cuidan el álbum de figuritas, les dijo la seño. Él se prometió cuidarlo como si fuera el álbum que tenía a Messiano, al Gordo Palma y Bielli, al Gitano Juárez, Madurga y Rojitas.

Años después, en una pared que estaba por 3 de Febrero cerca de Oroño, sobreviviendo al tiempo y a otras pintadas, aparecía –medio borrosa pero legible– la palabra “cumple”. Con Pedro tratábamos de adivinar la frase completa o imaginarnos una más actual, con alguna promesa cumplida. Este pedazo de Patria tiene historias de promesas y de cumplimientos.

Hoy, cuando vemos en la propaganda tantas promesas, ojalá que cada uno que escuche y lea esa palabra recuerde las promesas que a lo largo de su vida se hizo y le hicieron. Mirando a las y los pibes volviendo de la escuela, Pedro me pregunta cuáles serán las promesas de estos gurises. Y se responde: No muy diferentes a las nuestras. Nosotros, los más grandes, todavía tenemos la oportunidad de renovar las promesas. Pedro hace silencio por unos instantes, como tratando de mirar su pasado, aquel hornero, aquel álbum, aquella cachorra cuidada, vacunada y querida, aquellas batallas a naranjazos suspendidas para la próxima vez. Y la promesa de muchos que a lo largo de la historia de la Patria hicieron y cumplieron.

La verdad, me dice Pedro, si la mitad de nuestras promesas las ponemos a tiro de cumplirlas, la Patria será en algún momento la promesa de un sueño cumplido.

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