Mariel Massari

 

Llega el Día del Maestro y como un ejercicio inevitable reflexiono sobre mi tarea, sobre mi ser docente. Me siento profundamente agradecida de trabajar en lo que elegí y amo. Me parece mentira que llevo más de 32 años ejerciendo como profesora de educación especial en discapacidad visual.

Mi memoria me lleva al momento en que decidí ser docente, al momento en que le dije a mi mamá que me anote en el Normal N°2 para hacer la secundaria y me preguntó si estaba segura. Cómo no iba a estar segura si adoraba a mis maestras de la escuela primaria. Si la señorita Sarita y Amanda me habían mostrado el mundo de las palabras, de los cuentos, de las ciencias y de la inmensa ternura paciente con la que se tiene que enseñar.

Junto con mis ganas y curiosidad apareció la posibilidad de pensarme como docente de educación especial. El Profesorado N°16 ofrecía muchas carreras y entre ellas el Profesorado de educación especial en ciegos y ambliopes, como se llamaba en ese tiempo.

Cuando les dije a mis padres que quería estudiar esa carrera los sorprendí, pero creo que no tanto. Me dijeron: “Estudiá lo que te guste, pero estudiá”. Y con esa bendición no lo dudé más.

Luego, la enorme alegría de recibirme y empezar a trabajar. Los primeros 17 años  como docente en la Escuela N° 2081 de Niños con Discapacidad Visual y desde hace 15 años en la dirección del Centro de Rehabilitación N°2014 Luis Braille, también como profesora en el mismo instituto que me formó y en la carrera que tanto amo.

A lo largo de todo este tiempo, nada me hizo arrepentirme de haber tomado ese rumbo. Con los sinsabores, tropiezos, momentos de angustia, nada me apagó la pasión de esta hermosa tarea que es la docencia.

Los maestros sabemos que nuestros alumnos depositan su confianza y esperan que les brindemos lo que necesitan y a veces lo que necesitan no está a nuestro alcance.

Mientras escribo pasean por mi mente tantos alumnos con los que compartí la aventura de ese aprendizaje mutuo. Pienso en ellos y me resulta imposible elegir una anécdota, cada uno me dejó una huella, no cualquier huella, una de esas que tienen forma de caricia.

No puedo pensarme sin mis compañeras y compañeros con los que debato, los que me interpelan, con los que comparto sueños, proyectos, planificaciones, con los que he tomado mates entre charlas interminables que giran casi siempre alrededor de la escuela.

Creo que embarcarse en la docencia es un viaje sin puerto final; mis amigas y compañeras no dejan de ser docentes cuando se jubilan porque está demasiado arraigado, siempre están atentas para seguir enseñando. Por suerte las que aún estamos en actividad contamos con la generosidad de la sabiduría y la experiencia de las compañeras que nos antecedieron.

La docencia es una de las profesiones que tiene el privilegio de acompañar en el descubrimiento, de disfrutar del crecimiento de los demás, de dar sabiendo que el que da es el que más recibe y el de seguir siendo la seño eternamente, aunque tus alumnos sean más grandes que vos.

Si algo aprendí en todos estos años es que estar en una escuela regular no es garantía de inclusión, que la real garantía es aceptar y respetar que todos somos diferentes, que esto implica respetar tiempos y modos singulares de aprender. Incluir no es dejar entrar, es dar la bienvenida.

A mis alumnos de ayer, de hoy y de siempre solo puedo decirles gracias por haberme permitido caminar juntos, por el amor que intercambiamos y por el placer de enseñar.

 

*Directora del Centro de Rehabilitación N° 2014 Luis Braille de Rosario. 

 

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