El 17 de agosto, a sus 90 años, murió el reconocido pintor rosarino Eduardo Serón dejando atrás una enorme trayectoria dentro de la plástica local. Fiel representante del arte concreto en la ciudad, mantuvo una línea sostenida dentro de la abstracción geométrica con cambios, unas veces notorios, otras veces sutiles. Paladín del arte moderno y continuador de una sección de la vanguardia que en muchos puntos excedió y enriqueció, fue autor de una obra sumamente personal e íntima. Su pintura, basada en líneas generales en una espacialidad acotada, una rigurosa bidimensionalidad y un cromatismo muy sobrio, ya forma parte del imaginario del arte local y del desarrollo temprano del arte no figurativo en Rosario.

Sus inicios en la pintura se remontan a los años 40 y a la agrupación Refugio. Allí, un joven Serón ensayará cuadros naturalistas. Será de sus pocas incursiones en el arte representativo. A partir de allí, se volcará de lleno a la abstracción con apenas intervalos de producción figurativa.

En los 50 comienza su trabajo más característico basado en formas geométricas, líneas curvas y planos de color netos. En este momento, aún se siente la deuda con la vanguardia concreta porteña. Tomar partido por este tipo de imagen lo alejará de los postulados del Grupo Litoral que en ese momento estaban en pleno apogeo. Las temáticas de la costa del río y los suburbios urbanos que estos pintores expresaban por medio de una figuración exagerada y colores quebrados, si bien tendían a la abstracción y tomaban los recursos del informalismo, nunca pasaban el umbral del naturalismo. La obra de Serón presentaba entonces una nota de novedad nunca vista por estos lares.

En los 60, el pintor afianza su carrera y conoce a quien será la compañera de toda su vida: la grabadora Mele Bruniard. Junto a ella realizará multitud de exposiciones. El matrimonio también comparte su paso por el Grupo Taller vinculado al pintor Juan Grela y cuyos miembros luego integrarán la vanguardia de esa misma década. Durante este período, el clima de época se cuela en sus obras. Sus pinturas, ahora de formas orgánicas, parecen evocar las tipografías psicodélicas del momento. Tipografías donde las letras simulan inflarse y salirse de la cuadrilla ortogonal. Por estos años, también, las líneas orgánicas se desarrollarán de manera libre sobre el soporte generando patrones complejos de colores cambiantes. En estas composiciones las formas aún no estarán completamente atadas a estructuras ortogonales, como ocurrirá más tarde con sus “parábolas”.

En los 70 desarrollará la que será una de sus series más conocidas: Las Señoras Formas. Al parecer, a diferencia de muchos de sus colegas pertenecientes a la vanguardia concreta, Serón no tendrá miedo de que la fantasía se cuele en sus títulos. Los nombres de sus obras estarán cargados de misterios y evocarán emociones profundas: “La eternidad en una recta”, “En el vacío radiante”, “Recuerdos renacidos”. Muchas de estas frases provienen de poemas que recuerdan los ambientes despojados de sus espacios bidimensionales y sus formas casi biomorfas.

Los últimos años del siglo pasado y los primeros de este siglo lo encuentran abocado a cuadros donde las formas curvas son las claras vencedoras. “La libertad es redonda”, reza esta serie. Estos óleos no hacen más que demostrar la solidez y coherencia que marcó su recorrido sin rechazar nunca el aspecto lúdico de su trabajo y sus “licencias poéticas” en materia cromática.

La “presencia del silencio” es la frase que utiliza la curadora Claudia Laudano para definir la producción de Serón en el catálogo de su exposición antológica Ascética Pictórica, de 2004. Ese silencio es un silencio que puede sentirse, que es la condición necesaria para que las formas se desarrollen sobre el lienzo. Hoy, las pinturas de Serón esperan pacientes a que las miren. Se encuentran colgadas en colecciones públicas y en galerías privadas, estarán allí presentes como lo han hecho siempre para que podamos volver a hundirnos en su exquisito misterio.

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