Símbolo madres

 

Lara cumplió 16 en marzo pasado, milita desde primer año de su secundaria. Esperaba ansiosa poder debutar en las urnas y además se anotó para ser fiscal, función que le tocó cumplir en la Escuela Juana Manso. Allí llegó bien temprano esta mañana con mucha expectativa y ciertos nervios, pero sin siquiera imaginarse que el dije con la imagen de un pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo que le colgaba del cuello iba a ser cuestionado por un elector.

“Eso que tiene esa chica es un símbolo partidario”, planteó el señor a la presidenta de mesa, tras escudriñar con ojo evidentemente vigilante todo el entorno y enfocar en el pequeño dije. La presidenta, un rato antes, le había contado a Lara que era docente, que había sido convocada de última y que había aceptado porque le venía bien el dinero que paga el Estado a cambio de asumir esa responsabilidad.

Después, Lara contó que esa docente en plena changa de presidenta de mesa le hizo sentir esa protección que había sentido de parte de colegas de la mujer que fueron sus maestras en el jardín y la escuela primaria: con amabilidad pedagógica, le dijo al hombre que no le parecía que el pañuelo de las Madres fuera un símbolo partidario, a la vez que le ofreció consultar también al gendarme que estaba a cargo de la escuela.

Seguramente con la esperanza de encontrar en el gendarme un aliado en su intento por hacerle sacar a la votante y fiscal debutante el símbolo tal vez más emblemático y universal de la democracia recuperada en 1983, el antipañuelo aceptó el convite de la presidenta de mesa, que partió a buscar al uniformado.

Lara, igual que al principio, abrió los ojos bien grandes de incredulidad, asombro y cierto estupor; y dudó que la cobertura que le había dado “la seño” llegara también de uno de esos señores de uniformes verdes como los de los represores y los Falcon de la época de la dictadura aquella, de la que había oído hablar y aprendido mucho, pero que lógicamente sentía lejana y superada, hasta este domingo en que se estaba cruzando con una suerte de lobo con piel de elector.

Afortunadamente para Lara y para la seño presidenta de mesa, el gendarme -pese a esa esa impronta tan inquietante de promedio exacto entre policía y militar que tienen los gendarmes en servicio cuando van de uniforme- tampoco evaluó como partidario el pañuelo de la discordia con el elector inquisidor, que entonces se replegó y se fue, pero no sin dejar en claro que todavía hay quienes se niegan al básico presupuesto de tolerancia de estos días, por lo menos más coloridos que aquellos del ambiente verde oliva y opresor; y que más que probablemente insista en su batalla, que ojalá no deje de perder.

 

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