Dicen que “lo bueno si es breve, dos veces bueno”. ¿Qué pasaría, entonces, si lo bueno se prolongara demasiado? ¿Qué pasaría si la emoción del verano, de las vacaciones recién iniciadas, del clima cálido nunca nos abandonase? ¿Y si el otoño nunca llegase? Este interrogante y otros tantos parece querer plantear la muestra Veranito Eterno, de Ale Gomara, inaugurada recientemente en Club 856.

Las pinturas distribuidas en la pequeña sala de la galería están montadas sobre soportes metálicos similares a carteles de kioscos y almacenes. Especies de lonetas artesanales, estandartes de una generación que pasó su infancia antes de la crisis social y política del 2001 y su adolescencia durante el kirchnerismo. Un momento en el que los “cibers” abundaban en los barrios y se convertían en verdaderos lugares de socialización y en el que la televisión formaba opiniones y subjetividades. Las imágenes que Ale Gomara toma de referencia retoman ese universo de nuestra historia reciente: una computadora gris intervenida con lapicera por los clientes, un oso de peluche que recuerda la estética de los papeles de carta, un mural de Tweety con una gorra hacia atrás, como esos que se multiplicaban en las remeras y los buzos de los ’90. Los detalles de las obras se leen como pequeños jeroglíficos, como escudos familiares que no hacen más que justificar el tiempo presente y un legado honroso. Un pasado que se lleva con orgullo o con resignación. Si ponemos atención, encontramos pintados con esmero: las manitos que se usan en los mensaje de redes sociales para demostrar vergüenza, la frase “lo más” que aparecía en nuestros cuadernos y carpetas, o en cartas manuscritas, los íconos del Messenger o el Counter Strike en el escritorio de Windows XP, y hasta los nombres de algunos enamorados que quisieron dejar su huella en las aparatosas CPU de la época.

Ale Gomara hace uso de una estética “tragi-cute” en la que la imagen se contrapone al texto y a la supuesta inocencia de los motivos de tarjetas y estampas de consumo masivo y se les suman sentencias e interrogantes que nos interpelan directamente: “Cómo estás tan seguro de lo que sos?”, “Me da más miedo que no cambie nada”, “Algo horrible nos está pasando”. ¿Estamos ante la mitad de una conversación de amigos que filosofan por Messenger? ¿Son los monólogos interiores del pintor?

La estética popular de los carteles de los kioscos y sus apurados formatos de tiza y lapicera también pueden rastrearse en las tipografías y las letras que se aprietan sobre la superficie de los lienzos. Frases sueltas como las que se leían en el horóscopo que venía en los chicles Bazooka, mezcla de eslogan y consignas políticas en sentido paródico. Un tono que también repite el texto de sala escrito por Pablo Bondi. Este texto es una versión apócrifa del tema de apertura de la novela Verano del ‘98. La letra original, cargada de optimismo y cantada en torno a un fogón tiene en este “cover” algunas modificaciones insólitas: “Todo nos puede pasar/ todas la bicis y los barcos/ la ternura definida y esas ganas de volar/todo nos puede pasar”. Sin embargo, como una profecía autocumplida, el exitoso programa de Cris Morena terminó después de 3 temporadas, cambios de elenco y muy bajo rating, el 17 de noviembre del 2000. Un año después el país ardía en llamas en la peor de las crisis económicas que haya sufrido jamás. El verano había terminado.

Veranito Eterno puede visitarse en Club 856 con cita previa desde su Instagram: @elclub.856.

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