Una ex empleada de Facebook se sumó al pelotón de arrepentidos de las grandes tecnológicas que declararon que las empresas saben (y tienen documentado) que sus negocios dañan a los usuarios, pero no les importa y siguen adelante para ganar más.

Frances Haugen no es la primera ex empleada arrepentida de empresas como Google, Facebook, Instagram, WhatsApp que, por cuestiones de “conciencia”, sale a hablar, y a mostrar documentos (tomados de las mismas firmas), sobre los efectos nocivos que producen las redes sociales y la tecnología. Y todas y todos los arrepentidos aseguran que, además, pese a que las corporaciones saben que producen enfermedades y otros daños a la sociedad, siguen adelante, porque sólo les importan las ganancias.     

Haugen, que declaró este martes 5 ante el Senado de EEUU, reveló que Facebook sabía que sus productos estaban alimentando el odio y dañando la salud mental de los niños, pero que la compañía eligió “las ganancias sobre la seguridad”.

La ex empleada entregó los documentos filtrados al diario estadounidense The Wall Street Journal, que inició una investigación y publicó una serie de notas en las que señala que Facebook conoce, con gran detalle, que sus plataformas están plagadas de fallas que causan daños, a menudo de formas que sólo la empresa comprende completamente.

Frances Haugen, ex empleada de Facebook, denunció los efectos nocivos de la plataforma.

La tapa del diario estadounidense que anuncia la investigación señala que “el hallazgo central” está basado “en una revisión de documentos internos de Facebook, incluidos informes de investigación, discusiones de empleados en línea y borradores de presentaciones a la alta gerencia”.

“Una y otra vez, muestran los documentos, los investigadores de Facebook han identificado los efectos nocivos de la plataforma. Una y otra vez, a pesar de las audiencias del Congreso, sus propias promesas y numerosas exposiciones en los medios, la empresa no las arregló. Los documentos ofrecen quizás la imagen más clara hasta ahora de cuán ampliamente se conocen los problemas de Facebook dentro de la empresa, incluyendo hasta el propio director ejecutivo”, señala The Wall Street Journal.

Uno de los datos que más repercusión tuvo fue el hallazgo de una investigación realizada por la misma empresa que determina que Instagram es perjudicial para una parte de sus usuarios más jóvenes, y “especialmente tóxico” para las adolescentes. 

Hace años que se vienen estudiando las nuevas patologías que producen, sumadas a otros factores, no en forma mono-causal, ciertos usos de las redes.

El sitio de noticias especializado en tecnología Trece Bits publicó el 20 de junio de 2019 (lo que deja claro que estas revelaciones son en verdad confirmaciones) la nota titulada “Ocho nuevas enfermedades derivadas del mal uso de las redes sociales”, firmada por Mariana Álvarez.

“Las nuevas tecnologías y las redes sociales nos han abierto un abanico infinito de posibilidades, aunque también han propiciado la aparición de nuevos trastornos psicológicos relacionados con su mal uso, más conocidos como tecnopatologías”, señala la nota.

La “nomofobia” es una de las ocho enfermedades que se incluyen: deriva de “no-móvil-fobia”, y se refiere a esos momentos en los que, al no tener el móvil con nosotros, sentimos que nos hace falta algo y esto nos produce una terrible ansiedad. 

“El síndrome de la llamada imaginaria”, señala Trece Bits, es una suerte de alucinación que nos hace pensar que nuestro teléfono suena o vibra cuando no lo hace. La explicación es que nuestro cerebro ha empezado a asociar al teléfono móvil cualquier impulso que recibe, especialmente si estamos estresados.

La “apnea de WhatsApp” es un trastorno que sufren aquellas personas que miran compulsivamente sus aplicaciones de mensajería, incluso sin que se haya recibido ningún mensaje. 

El “síndrome F.O.M.O.” viene del inglés “fear of missing out”, que en castellano significa “miedo a perderse algo”, se refiere a aquellas situaciones en las que nos asusta la posibilidad de perdernos un evento social o un acontecimiento. “En las redes esto se traduciría en una continua conexión al teléfono para estar al tanto de todo y, si no pueden hacerlo, por alguna causa, sufren una gran ansiedad y angustia”, señala la nota.

Muy parecida a la anterior es la “depresión del Facebook”, que hace que algunos usuarios se sientan insatisfechos con su número de amigos, por considerarlo reducido, o por no estar a la altura de la popularidad de otros contactos.

Más general y ya muy conocido (existen diversos tratamientos para curarlo), se menciona la “dependencia de Internet”, como una necesidad enfermiza de estar todo el tiempo conectado.

La “cibercondria” es sufrida por quienes creen padecer una enfermedad que conocieron a través de información en la red. Se habla de efecto “nocebo”, lo contrario del placebo. 

El “efecto Google” se produce cuando nuestro cerebro se niega a recordar información como consecuencia de la posibilidad de acceder a ella en cualquier momento. Este trastorno suele provocar en quien lo padece la continua necesidad de buscar todo lo que se le ocurre en Google, convirtiendo el afán de información en una verdadera droga.

Cirugías para parecerse a las selfies con filtros

“Las revistas médicas han bautizado este fenómeno como «dismorfia de Snapchat» en referencia a la primera red social que lanzó las populares máscaras digitales que deforman el rostro en tiempo real. Los primeros filtros permitían verse, por ejemplo, con enormes y brillantes ojos y unas divertidas orejas de perro (o gato). Pero ahora la retórica ha cambiado. Actualmente, los más populares se han convertido en una herramienta de embellecimiento instantáneo. Un sólo click permite transformar radicalmente la fisonomía del usuario creando la ilusión de unos ojos más grandes, labios prominentes, pómulos marcados y nariz fina. Y es este el nuevo estándar de belleza digital con el que compite la realidad”, señala la nota del diario español El Periódico titulada “La obsesión por los filtros de Instagram amenaza la autoestima de los usuarios”.

La investigación, publicada en 2019 y firmada por Valentina Raffio, afirma que “cada vez son más los pacientes que acuden a la cirugía para parecerse a sus selfies retocadas digitalmente”, y agrega que “los expertos alertan de que el abuso de máscaras digitales tiene efectos psicológicos perjudiciales”.

El problema de fondo no sólo es político. Es la definición misma de lo político: quién tiene el poder: el libre mercado auto-regulado en el que las corporaciones hacen lo que se les antoja sin límite alguno o bien la comunidad, representada por el estado, ONGs o alguna organización de la sociedad civil.

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