Yo no sé, no. Pedro libraba una batalla interna: dejaría el barrio y eso lo angustiaba. Ya no disfrutaría de esos gigantes del barrio, los plátanos, sus pelotitas (las del plátano) que cuando estaban verdes servían para las grandes batallas; del saludo de don Ángel (el abuelo de Gracielita) que cuando le preguntaban cómo andaba él respondía “aquí, batallando”, mientras acomodaba los cajones de fruta en la vereda. Extrañaría ese mandado, pasado el mediodía, que le hacía a Victoria, una vecina a quien una enfermedad la mantenía en cama, y si bien no vivía sola, su compañero salía a buscar de noche la moneda (levantaba quiniela por los bares de Ovidio Lagos) y sobre el mediodía recién se lo veía con su bata, yendo a la pileta de su patio con un espejito, un jaboncito y un peine. También extrañaría el ir a ver tele a lo de doña Pierina, ya que desde las 7 de la tarde en adelante, en la pequeña pantalla aparecían las grandes “batallas”. Atrás quedaría el comentario del taxista, que también sobre el mediodía, apareció con el diario en el patio donde vivía su tía, el último al que le siento decir “pobre Monito”: en el noviembre anterior, Gatica –dos días antes de morir– desde el suelo en la calle de Avellaneda después de que la rueda del colectivo le pasara por encima, decía con su piel como bata “no me dejes solo, hermano”, empezando a perder su último batalla.

Por otro lado, a Pedro lo entusiasmaba el otro barrio a descubrir: ese año EEUU anuncia la construcción de las Torres Gemelas, el capitalismo creaba así su gran búnker para librar las batallas comerciales; Malcon X crea su partido negro para librar otras batallas. La Unión Soviética y EEUU se intercambian espías, la guerra fría se va a nutrir de frías batallas, mientras tanto en Salta, Argentina, un grupo guerrillero liderado por Jorge Massetti comienza a tener presencia perdiendo las primeras batallas.

En el camino de vuelta de la escuela por la calle Acevedo, las naranjas amargas eran una gran tentación para librar una batalla a naranjazo limpio. Lo que no quedaba limpio eran los guardapolvos blancos, que por un momento se convertían en batas de guerreros lanzadores de proyectiles y de un guerrero que quiere ganar una de las batallas más importantes, la que tenía como premio la sonrisa de esa piba que vivía a metros de los últimos naranjos salvajes.

A mediados del 74, después de la partida del General Perón, con Pedro y las y los compañeros –sabiendo que se venían batallas políticas más brava– le poníamos empeño en fortalecer el Centro de Estudiantes del Superior de Comercio. 

El otro día, luego de las Paso, vimos cómo la oposición se disponía a ganar la gran batalla, empezando por empantanar leyes que benefician a todos, Pedro me dice: la verdad que se nos vienen unas batallas bravas y hay que prepararse, siempre con la bata de guerreros puesta. Hoy no hay que dejar pasar ninguna, todas las batallas son importantes, para que los bolsillos de los que menos tienen empiecen a tener sustento, para que esta gran batalla contra la pandemia termine con el menor daño posible, y para que … –hace un silencio y mira a unas pibas con unos pibes de regreso de la escuela a punto de iniciar una batalla con unos venenitos de un árbol recién podado– para que la rueda de la historia no nos pase por encima. Este es el momento en el que nos toca poner el cuerpo, y quién te dice que en una de esas se nos da y empezamos a vivir unos días en los cuales las únicas batallas casi obligatorias sean las que libren los pequeños sabandijas de regreso de la escuela. Levanta la voz y me dice: habrá que plantar más naranjos amargos para la dulce Patria liberada.

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