La exposición Ritmos. 1972-2019, de la rosarina Rosa Aragone, bajo la curaduría de Adriana Armando, reúne un elenco de obras pictóricas y textiles junto a una serie inédita de grafitos realizados por la artista. Se puede visitar durante todo el mes en el ECU. 

Cuando Jorge Rasia referencia a la obra de Rosa Aragone contrapone el hecho de fijar las formas a la acción de infundirles vida. Como si las imágenes se animaran por sí solas. Esta característica es algo que anida en toda la producción de esta artista rosarina, quien ha trabajado sin pausa a lo largo de su vida desde su primera muestra en el extinto Amigos del Arte, allá por 1963. Ritmos 1972 – 2019 es su última antológica, una muestra curada por Adriana Armando para el Espacio Cultural Universitario (ECU). Se trata de la selección de un conjunto numeroso de obras, en su mayoría abstractas, pero con algunos motivos figurativos del mundo natural. Una gran variedad de ensayos, escrituras y reescrituras donde las imágenes se fijan alternativamente en tapices, dibujos y pinturas de mediano y gran formato. 

Ardua trabajadora de las formas sobre el plano, del color y las paletas complejas, Rosa Aragone forjó una producción diversa y contundente que, a su paso, se fue emparentando con grandes referentes del arte local: los primeros grabados con Juan Grela, los comienzos geométricos con el concretismo de Eduardo Serón y hasta los dibujos precisos e intrincados de su último periodo con la obra de Julián Usandizaga  o la misma Clelia Barroso con sus fantasías íntimas plagadas de personas y animales en silencio. En algún punto, gran parte de los artistas que vivieron la censura y la represión social de las muchas dictaduras de este país, encontraron en la alegoría y en la ausencia de toda narración una forma de transformar una realidad sumamente dolorosa. El caso de Rosa no es la excepción.

Un recorrido rápido por las salas del ECU hacen notar que la línea es, quizás, el elemento plástico predilecto: líneas curvas que unas veces pueden tornarse serpientes, nervaduras de hojas, venas, espinas, hilos, contornos montañosos o cursos de agua. A estos diseños lineales se les suma un manejo del color sumamente medido: variaciones cromáticas de tintes complementarios (con gran protagonismo de los rojos) y en general un cuidado y meticuloso tratamiento de las superficies planas que, por momentos, simulan transparencias o veladuras.

La personalísima analogía que Aragone hace entre la línea y los hilos se hace patente en toda una serie de dibujos recientes donde los trazos se tuercen y retuercen como nudos. Estos dibujos en grafito parecen una recreación de memoria de antiguos motivos. Diseños que se expanden y contraen sobre el plano y van perdiendo o ganando oscuridad conforme lo va requiriendo la composición. Ritmos visuales que plantean patrones complejos con alternancia entre zonas negativas y positivas que dan como resultado armonías visuales. “La línea canta”, se la oye decir a la artista en una de sus entrevistas: a nosotros no nos quedan dudas.

El trabajo curatorial no hace más que poner de manifiesto algo que ya se ve en las obras mismas. La consonancia entre las diversas técnicas en las que ninguna queda por encima de la otra. Los motivos de los óleos se replican en los tapices y los dibujos remiten simbólicamente a la urdimbre que tiene a la línea como el elemento constitutivo.

Con sus vaivenes de la figuración a la abstracción, del bordado al Paint o del dibujo al grabado, la obra de Rosa Aragone sigue aún sin tener la difusión que se merece. Esta muestra significa un paso al reconocimiento de toda una generación de artistas que se desenvolvieron en un campo artístico fuertemente dominado por hombres.

Ritmos puede visitarse en el ECU de martes a sábado de 10 a 18.

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