Se reeditó Catilina, de Ernesto Palacio, libro en el que el autor vuelve sobre la figura de ese jefe militar romano para generar una interpretación a contramano de la historiografía establecida. El prólogo es de Eduardo Toniolli.

En 1945, Ernesto Palacio, un pensador nacionalista de origen anarquista que había sido uno de los exponentes del nacionalismo argentino entre fines de los años veinte y comienzos de los treinta del siglo pasado, publicó un libro tan extraño como sugerente: Catilina. La revolución contra la plutocracia en Roma. Extraño para los gustos e intereses predominantes por aquel entonces, sugerente por la cuestión que abordaba desde una óptica singular.

Lucio Sergio Catilina (108-62 a.c.) fue un jefe militar romano que vivió la etapa final de la República, una era signada por las convulsiones sociales y políticas, las conjuras militares y la disputa entre partidos o bandos que representaban a los distintos estratos de la sociedad.

La República era una forma de gobierno surgida en el siglo V antes de Cristo, donde el poder era ejercido por los Tribunos (pretores y cónsules) y el Senado. Con la extensión del dominio romano a gran parte de Europa, África y Asia, hacia donde fueron trasladadas esas formas de gobierno, se produjo una pérdida de cohesión y centralidad en las decisiones, lo que produjo diversos tipos de conflictos entre los propios romanos. La guerra civil fue una trágica realidad por aquel entonces, de la que participaron jefes tan célebres como César o Pompeyo en las postrimerías del siglo I a.c.

En ese contexto histórico y político se ubica la irrupción de Catilina, de cuya figura no hay demasiados registros documentales. Se sabe que realizó una carrera militar y política, y que aspiró a cargos republicanos que le fueron vedados de diversas maneras.

Por tal razón, protagonizó lo que se conoce como la conjuración de Catilina. Hacia el año 64 a.c., aspiró a una nominación como Cónsul, grado sumo en la jerarquía del poder, pero fue derrotado en la votación que realizó el Senado, de acuerdo con los procedimientos instituidos para esas designaciones. Catilina volvió a postularse al año siguiente, en el marco de una serie de acusaciones y denuncias referidas a presuntos crímenes que había cometido. Hacia fines del año 63 a.c. se produjo un debate en el Senado, donde Marco Tulio Cicerón, el célebre jurista, filósofo, orador y político de fines de la República, pronunció la primera de sus Catilinarias, una serie de invectivas destinadas a desprestigiarlo y recusarlo como posible cónsul. La primera de esas invectivas comenzaba diciendo: ¿Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? (¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?), una frase que pasó a la historia, alcanzando límites insospechados: Rodolfo Walsh, en pleno 1976, refugiado en su casa de San Vicente, parodiaba a Cicerón diciendo ¿Quosque tandem abutere, Videla, patientia nostra?…

Sin embargo, la invectiva de Cicerón, que Walsh parodiaba sarcásticamente, estaba dirigida contra un líder que, según Ernesto Palacio, había tomado partido por los sectores populares, en contra de los intereses y las maniobras políticas de una clase dominante que gozaba de todo tipo de privilegios. 

Para la escasa historiografía existente sobre Catilina, y sobre todo para la imagen negativa que la Historia estableció por milenios, esa posición resultó heterodoxa y, en el límite, herética. Los pocos documentos que datan de aquella época, escritos por Cicerón y Salustio, consagran la visión de Catilina como un líder demagógico, ambicioso y embriagado por los efluvios del poder (hoy se diría como un líder populista), y de ese modo pasó a la Historia.

En ese sentido, el libro de Palacio practica una operación sorprendente: basándose en esas mismas fuentes que denostan la figura de Catilina, interpreta a partir de ellas una historia orientada en la dirección contraria. El jefe romano ya no es visto como un demagogo corrupto, sino como un sincero revolucionario que maquina un golpe de mano para dar respuesta a las necesidades y las aspiraciones de la plebe, de los sumergidos y subalternos de aquel entonces.

Catilina se inmola (o se suicida, según las versiones) después del fracaso de su nuevo intento insurreccional en el año 62 a.c., quedando inscripto en la Historia como un caudillo enemigo de la República y el orden sano entre los romanos. Frente a ello, Palacio expone su particular visión del personaje y de sus actos. Dice, en la “Introducción” a su obra lo siguiente: La versión sobre la perversidad de Catilina puede explicarse, según se ha visto, por una coalición de circunstancias desfavorables a su memoria. Y después de señalarlas, agrega: Sobre este Lucio Sergio, más verídico, sin duda, que el de la leyenda calumniosa, no tenemos otra guía que sus hechos y las presunciones que de ellos se desprenden acerca de su carácter real. Allí expone Palacio su hipótesis y su programa, que desarrollará minuciosamente a lo largo del libro, mientras advierte: Puede probarse la legitimidad del alzamiento contra una oligarquía corrompida y corruptora, adueñada de todos los resortes legales, como la que constituía el Estado romano en la época de la conjuración. 

De manera que el libro de Palacio se propone reivindicar a quien había sido condenado históricamente, rescatándolo como un líder revolucionario que se alzó en contra de un estado corrupto para defender a su pueblo.

Y que el libro de Palacio practicara ese giro historiográfico es algo que resulta significativo a la luz de la historia del propio autor, quien lo escribe practicando a su vez un giro en sus posiciones políticas previas.

Ese doble giro, el de la perspectiva historiográfica y el de la vida del autor, es lo que destaca Eduardo Toniolli en el prólogo que presenta al libro. Allí recuerda que Ernesto Palacio había adherido al golpe del General Uriburu en 1930, desde el campo de un nacionalismo anti-liberal. Pero esa adhesión duró unos pocos años, hasta que Palacio comenzara a tomar conciencia del sentido anti-popular del golpe de Uriburu y del gobierno de Justo.

Esa comprensión del sentido conservador de los gobiernos surgidos en la Década Infame lo llevan a pronunciarse, según Toniolli, al respecto, pero no de una manera directa sino más bien alegórica: de ahí la exhumación histórica de Catilina, que viene a operar como símbolo de lo que ocurre en el presente argentino. Así, Toniolli señala que la descripción de la restauración conservadora encabezada por la casta senatorial romana se convierte en la descripción velada del orden reinante en la Argentina de Justo.

Y más adelante concluye, de manera terminante: Cesarismo revolucionario: he aquí el programa de Ernesto Palacio para la Argentina que promedia la “Década Infame”. El nacionalismo ya no encuentra justificación en la virtud republicana, convertida en bandera y coartada de una oligarquía corrupta y antinacional, sino en la intransigencia democrática, programa que supo sostener Yrigoyen pero que para su consecución precisará de una audacia mayor que la del caudillo radical.

Ernesto Palacio llegó a pensar que esa fuerza disruptora podría encontrarse en el fascismo. Toniolli lo recuerda, pero en el contexto actual –que lo encuentra como un dirigente político comprometido con la causa popular– la potencia revolucionaria pareciera hallarla en otras tradiciones, que se enraizan en la experiencia del peronismo y se proyectan en el ideario de la emancipación latinoamericana.

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