Yo no sé, no. La manzana estaba convertida en un gran lago marrón después de una corta pero intensa lluvia. Pedro y sus amigos esperaban que ese gran caudal de agua se fuera a algún lado, era martes y el sábado estaba programado un desafío entre los de El Rincón (equipo de Avellaneda al 4.000) y un combinado de jugadores del Cilindro, Biedma y la gomería. Y el domingo, un torneo abierto. Hay que esperar que el agua escurra y después que seque, decían los más grandes. La pregunta que se hacía Pedro era para dónde iría ese gran caudal de agua. La chuparía la tierra, se evaporaría o se cansaría y cruzaría Doctor Riva rumbo al campo por ese entonces habitado por las vacas del tambo de Tito.

Corría el año (como decía la voz de Los Intocables en la tele) 67 y los yanquis intensificaban su violencia en Vietnam con un caudal de fuego que, aparte de las vidas humanas, arrasaba con miles de kilómetros de selva. El Apolo 1 era abrasado por un caudal de fuego que impedía su partida y carbonizaba a sus tres astronautas, China hacía explotar una bomba de hidrógeno y Somoza, en elecciones fraudulentas, empezaba a gobernar en Nicaragua. En Bolivia asesinaban al Che, The Doors sacaba el disco ¡The Doors! y por acá aparecía La Balsa, de Los Gatos. Desde Montevideo, con un golazo del Chango Cárdenas, el Racing de José se quedaba con un caudal de afecto como para contener casi todos los corazones futboleros. 

La calle principal (para Pedro era la principal porque vivía una pibita que había ganado su corazón), se llenaba de agua los días de lluvia y con los pibes nos hacíamos los lindos y valientes ante tanto caudal hídrico que, en alguna esquinas de la calle Acevedo, corría rápido como un río de montaña. Si bien había caído agua como para que al campo le fuera bien, por las políticas de Krieger Vasena el caudal de monedas en los bolsillos de los asalariados era cada vez menor.

Pasaron unos años y el caudal de votos de las fuerzas nacionales y populares por estos lugares del mundo entusiasmaba a gran parte de la juventud. Aunque cuando se ganaba en Argentina, se perdía en Chile, y en la Banda Oriental la democracia había dejado de ser tal. Otro cantar hubiese sido con esos tres barrios de la Patria Grande con la voluntad popular en el gobierno. Pedro decía por aquel entonces: con Chile, Argentina y la Banda Oriental unidas, estaríamos en una gran franja desde el Pacífico al Atlántico, como en un gran lago enorme, con corrientes de agua y de vientos transformadores, revolucionarios y nacionales.

El otro día, cuando escuchó la noticia de que por aquí se invertirá para hacer hidrógeno verde, Pedro se preguntaba cuánto caudal de agua y cuánta energía se necesitará para ese combustible que se viene.

La verdad, me dice, es como para poner una ficha de esperanza. Eso sí, mientras tanto hay que esperar a juntar ese gran caudal de voluntades dispuestas a cambiar la historia, que en los bolsillos de los que laburan los billetes tengan mayor presencia, que los que educan y los que estudian tengan mejor acceso a las tecnologías (Internet), que las aguas turbias se corran, que aparezca la cancha (aunque esté a medio secar). Hace un silencio, mientras mira a los pibes bajando del 126, en la esquina de Cafferata y Riva, que corren con alegría, con energía, quizás corriendo una carrera por puro deporte, por el sólo hecho de estar en un constante movimiento.

Y concluye: energía que corre por las venas, oxígeno en los pulmones y fuego en los corazones, hay, para empezar a sonreírle a la Patria y saber que se está cerca, que sólo hay que convencer y convencerse en ir a su encuentro.

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