El club El Torito, de la zona norte, no sólo es cantera de estrellas como Ángel Di María, cuya imagen quedó plasmada en un mural, sino que es símbolo de solidaridad en una barriada castigada de la ciudad.

Pasadas las cinco de la tarde del viernes hay poco movimiento en El Torito. Un chico patea contra un arco sin arquero y juega a chantarle al travesaño. Lo logra varias veces y las que no, la pelota entra igual al arco inflando la red; nunca se va por arriba, nunca por los costados, siempre es gol. Afuera de la cancha, un padre masajea el tobillo de su hijo, preparando la zurda, anticipándole al cuerpo probablemente dolido que aguante uno más, que es el último entrenamiento de la semana. En el buffet, tres mujeres dividen tareas: una prepara el pan, otra corta cebollas, otra va encendiendo las hornallas: en un rato, unas 800 personas pasarán a retirar un plato de comida. Y si hay, algo más como para tirar el fin de semana. 

Las postales parsimoniosas del club contrastan con lo que pasa por fuera del tejido, con la avenida Camino de los Granaderos colapsando de tráfico por la cantidad de gente que busca llegar a su casa para sellar la semana laboral. Sobre esa arteria fundamental de acceso y salida a Rosario en la zona norte se emplaza El Torito que, además de su actividad social y deportiva puesta a disposición de la gente de barrio Parquefield, también cuenta con una reciente atracción para quienes visitan la ciudad: el mural de más de dos metros de alto con la imagen de Ángel Di María, uno de los surgidos de la cantera que logró llegar a primera y triunfar a nivel mundial.  

En total son unos 300 chicos los que a diario entrenan en la institución, y unos 150 que están en lista de espera para poder ingresar. Germán Ángel es el presidente del club desde hace tres años y cuenta que, con la llegada de la nueva comisión directiva y las acciones realizadas para levantar el club, se desbordaron los cupos y las instalaciones muchas veces quedan chicas. El Torito no es muy grande: en total son tres canchas, un buffet y un bar que también oficia de secretaría. 

“Era un club que atinaba a desaparecer, estaba casi abandonado”, recuerda enfatizando que hoy la realidad es otra. Según cuenta asumieron con un proyecto pensado para implementarlo en cuatro años, pero pudieron lograr la mayoría de los objetivos en poco más de 12 meses. Uno de ellos, la inauguración de vestuarios con duchas y un lugar para el servicio médico. “La idea es que venga un nutricionista al club, asistentes médicos y un traumatólogo para trabajar con los chicos cosas también por fuera de lo futbolístico”, detalla. 

Estar al frente de un club de barrio implica un esfuerzo que sólo es correspondido con la alegría que genera ver a la institución crecer. Cortar el pasto, poner las redes, pintar las canchas, buscar sponsors, cocinar. Todas tareas que entre padres y comisión directiva van supliendo como se puede. Incluso aprovecharon la pandemia para capacitarse en la instalación de un riego artificial que hoy sirve para el mantenimiento de la cancha principal: “Uno lo hace con mucha pasión y le dedica muchísimo tiempo a pesar de que todos tenemos nuestro trabajo y nuestra familia”. 

Las ollas como protagonistas

En el buffet del Torito conviven como pueden bolsas de cemento y herramientas, trofeos deportivos y pelotas de fútbol, bolsones de verdura y cajas de leche. Lo que puede leerse también como una suerte de reseña de la institución: crecer, competir, contener. 

Todavía no llegaron padres ni chicos al club, pero Verónica Basualdo ya tiene todas las cebollas cortadas y el pan casero recién sacado del horno. Llegó al club a la tarde temprano, una vez terminada su jornada laboral, y planea quedarse hasta repartir la última de las 800 porciones de comida pensadas para ese día. 

Cuando aparece algún dirigente por el lugar le da a probar un bollo de pan y se lleva un elogio por el sabor. La aprobación no es menor, explica la cocinera: este viernes ensayaron una nueva receta que les permite, con igual materia prima, incrementar la producción de panes. Y con un presupuesto ajustado esas alquimias se festejan como un campeonato.  

Con la cocción del pan ya resuelta, Verónica empieza a calentar la cebolla de a poquito en dos ollas y un disco de tamaño industrial. “Este lo hizo el vicepresidente con sus propias manos”, cuenta sobre el recipiente gigante que tiene que ser revuelto con una especie de remo de madera. El menú del día es guiso de arroz. “Los vecinos se ponen muy contentos y algunos después nos traen cosas. Una persona la otra vez trajo una bolsita con un paquete de arroz y fideos, dando las gracias porque cuando él no tuvo, el club los salvó”, cuenta orgullosa. 

Germán sostiene que las cosas pasan por algo. Los primeros meses a cargo de la institución, allá por fines de 2019, uno de los primeros objetivos que se propusieron fue poner en condiciones el buffet para poder darle a los chicos un “tercer tiempo” y que pudieran comer algo después de cada partido. No sabían en ese momento que el buffet se iba a convertir en la figura de la pandemia. 

“Cuando ya se hablaba de cierres en todos lados había muchos papás del club que se empezaron a quedar sin trabajo y veíamos que muchos chicos no iban a tener un plato de comida. Entonces, con la ayuda de mucha gente que se acercó, creamos el comedor solidario del club. Arrancó el 20 de marzo, justo con la pandemia, y hasta el día de hoy seguimos trabajando todos los viernes”, cuenta, sobre la génesis solidaria del proyecto. 

Además de las cerca de mil porciones semanales, el club también colabora con otros dos comedores de la zona que tienen mucha demanda y suelen quedarse sin comida. Según relevaron desde la institución, no son muchos los comedores en la zona norte de la ciudad. Y eso se palpa en la realidad cuando la cola de vecinos que se forma llega a una cuadra y media de distancia. 

En el club los recursos siempre faltan, pero hasta ahora ningún vecino que haya necesitado se fue con las manos vacías. La ayuda es oscilante, algunas veces alcanza y otras no tanto. Si la pandemia puso en suspenso la cotidianeidad de todo el mundo, en El Torito se notó un poco menos. Germán aclara que deportivamente no se pudo sostener nada, pero que el club se movió más que nunca: “No rodó la pelota, pero las ollas fueron las protagonistas”.

Santo pagano

Es 11 de julio de 2021 y el país es un puño apretado gritando por Argentina. Seguidores del fútbol, y no tanto, festejan que la selección argentina salió campeón de un torneo después de 28 años, dejando atrás un pasado reciente de frustraciones por finales perdidas de manera insólita. El desahogo tiene un condimento extra: de visitante, frente al rival de toda la vida. 

La hazaña permitió que Lionel Messi conquistara su primer título con la selección nacional, después de ganar todo lo que jugó con el Barcelona. Y la expectativa era tal que en la previa el Municipio intervino el Monumento Nacional a la Bandera con proyecciones del número 10. Pero con su gol, el protagonista de la final fue Ángel Di María. En un fútbol donde todas las cámaras apuntan a Buenos Aires, el reciente título de la selección viene con acento rosarino. Rosario, el hecho maldito del fútbol porteñizado. 

Germán Ángel miró el partido en su casa con su familia. Dice que pensó en salir a festejar como todos, pero decidió ir hacia el club a prender las luces del lugar. No podía creer lo que se encontró cuando llegó: cientos de vecinos del barrio que se acercaron a festejar frente al mural de Di María, dejando flores y prendiendo velas, como una suerte de santo pagano resistido, pero al que finalmente le encontraron su milagro. 

“Es una cosa de locos lo que genera el fútbol, y que uno no termina de entender. Nos agradecían, nos decían si podían estar en el lugar. Se juntaron más de 200 personas en el mural y se quedaron hasta las cuatro de la mañana con banderas y todo. Lo que se vivió en el Monumento fue gigantesco, pero los festejos al frente del club también fueron una locura grande”, describe orgulloso su presidente. 

La idea del mural se gestó con la intención de cambiar “la mala imagen” del club y para eso se contactaron con Gabriel Griffa, muralista de Casilda, con la propuesta de pintar una imagen de dos metros y medio de alto de Di María. Y el artista aceptó ad honorem. A partir de ahí las redes sociales del club explotaron, y más aún cuando el futbolista lo replicó en su Instagram con un mensaje de agradecimiento. “Es muy lindo verme reflejado en el club donde mis sueños empezaron”, escribió el Fideo.

Pero en fútbol ser leyenda o la burla generalizada depende de centímetros, de que la pelota entre o pegue en el palo. “Siempre decíamos que Ángel un día iba a hacer un gol con la Selección y el club iba a ser un quilombo”, recuerda Germán. Y un día tocó. Y un día el club explotó. 

Semillero con sentido de pertenencia

Detrás de uno de los arcos de la cancha principal de El Torito, una pancarta gigante reza uno de los lemas identificatorios de la institución: “Pasión de barrio que alcanza el mundo”. El mensaje apunta a los futbolistas que hicieron inferiores en esos terrenos y que lograron llegar a primera, e incluso triunfar fuera del país. 

De ahí salieron varios, y por eso Juan Osvaldo Yoya es voz autorizada para decir que lo importante es inculcar valores. El Negro es uno de los fundadores de la institución y lleva toda una vida dedicada a la formación de juveniles en distintos clubes de la ciudad. Hoy, en su rol de “mánager”, dialoga con los técnicos y jugadores, los asesora y es persona de consulta de la comisión directiva. “Hace unos años había decidido ya no estar más en el fútbol. Pero me vinieron a buscar y a mi club no puedo decirle que no”, explica. 

A El Torito asisten a diario pibes de las numerosas barriadas populares de la zona norte de Rosario. Ahí donde la realidad es un poco más difícil, cientos de chicos tienen un refugio para seguir siendo chicos pateando una pelota. Pibes de La Cerámica, Nuevo Alberdi, Parquefield, Cristalería y Rucci que tienen una primera parada en El Torito pero con el objetivo de seguir creciendo. “Nosotros no queremos tenerlos muchos años acá en el club. Queremos que tengan la posibilidad de migrar a una institución más grande”, dice Yoya, dejando entrever que lo importante son los pibes. 

Pibes. Como lo fueron en su momento las grandes estrellas que hoy vemos en la tele, y que algún club de barrio los supo contener y hacer crecer. Pibes, como lo fue Di María y hoy su club de barrio lo recuerda en un mural. O como él recuerda a su barrio con un tatuaje que dice que haber nacido en la Perdriel fue lo mejor que le pasó en la vida. Esa calle donde cultivó su pasión por el fútbol a base de potreros y gambetas.

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