Yo no sé, no. Pedro tendría unos 5 años y con su familia pasaron el día en La Florida. Llegaron sobre las 9 de la mañana, que ya era tarde para conseguir un lugar con sombra, y se tuvieron que conformar con un joven árbol. Y ocurrió lo previsible: a las 4 de la tarde, a pesar de los cuidados y recomendaciones, Pedro estaba colorado, un colorado tirando a flechado intenso. Es que después de un picadito interminable, con las Pamperitos haciendo de arcos (las Flechas blancas llegarían al otro año), para las espaldas y los cachetes de Pedro y su Primo no alcanzaban las rodajas de tomates que calmaran tremendo flechazo.

Mientras tanto, la Unión Soviética lanzaba un nuevo Rublo como moneda, el bueno de JFK mandaba 14 mil mercenarios a Cuba, viendo que en la isla las flechas de liberación se fortalecían, y Nelson Mandela reunía todas las flechas posibles para crear el brazo armado contra el régimen racista: “La Lanza de la Nación”, con el lema “sumisión o lucha”.

Frondizi devolvía la CGT a los dirigentes sindicales Vandor, Framini, y otras flechas del sindicalismo mayoritariamente peronista. Peñarol salía por primera vez campeón de América con una camiseta que, en la foto del diario en blanco y negro, parecía la de Central. A la tarde, por el 7, las chicas suspiraban con algún galán, como un flechazo salido de la pantalla, y Pedro se distraía con las miradas de una vecina que al tiempo sería su primer flechazo.

Cuando jugaban subiendo y bajando por las montañitas de la Vía Honda, encontraban unas flechitas que parecían un milagro de la naturaleza y volvían de la vía jugando a la gran batalla de flechazos. Para ese entonces, ya con 9, Pedro trataba de llamar la atención con sus Flechas blancas a esa pibita que lo había flechado justo ahí, en el lado izquierdo del pecho.

A principios de los 70, Pedro convivía –como casi todos los de su edad– con distintos flechazos. Algunas veces dolía y otras veces no tanto. Y cuando aparecieron esas flechas que convocaban a militar por un mundo mejor, no lo dudó. Mientras tanto, a pesar de que las zapas de las tres tiras se venían imponiendo, a la hora del fulbito no había como las Flechas, cansaditas, no tan blancas, para acariciar a la de cuero.

El otro día, mirando la tele en un negocio, sin escuchar lo que decían, veíamos con Pedro los zócalos de la pantalla que, como flechas llenas de odio, de mentiras, aparecían como un bombardeo visual para instalar el miedo. Y también otras que hablaban de un “Blu” que se dispara y que faltará esto y aquello. En la verdulería, los vecinos hacen cola cuando aparece el verde en abundancia y en algunas carnicerías los precios, aún altos, de a poco empiezan a bajar.

Pedro me dice: “Ojalá que este domingo, a la hora de votar, todas, todos y todes recordemos los flechazos que nos hicieron felices y….”. Pedro se interrumpe porque vemos al hijo del Mati, el pequeño Beni (Benicio) corriendo con un arco y jugando a lanzar flechas imaginarias. Pedro se acuerda que el otro día, en el dispensario del barrio, las mamis  llegaban incesantemente con los pequeños para vacunar.

Pedro, entonces, concluye: “Más allá de este domingo, sabemos que a las pequeñas flechas hay que cuidarlas hoy más que nunca, porque en algún momento ellas serán las flechas de la gran Patria.

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