Yo no sé, no. Para Pedro las columnas de las cuadras del barrio eran como mojones referenciales. Unas eran palmeras sacrificadas para seguir viviendo, otras, más nuevas, de cemento, y en las esquinas estaban las torres de hierro. Casi todas participaban en el juego de la pica (para el que contaba) y también a la hora de apuntarles con la pelo para que nos la devuelva como un pase. Lo que más nos gustaba era hacerle un gol con cualquier bollito de papel a ese pequeño arco que imaginábamos entre las columnas y la pared.

En ese año 63, ocurrieron grandes acontecimientos. A Pedro le llamaron la atención dos: primero cuando leyó de refilón en el diario que Cortázar publicaba Rayuela y él pensó, compartiendo con su vecina, entre baldosa y baldosa a los saltos, en esa figura que parecía una columna recostada. Y segundo: el último partido del campeonato en el que Independiente salió campeón haciéndole 9 a San Lorenzo. Él nunca pudo hacer 9 goles al arquito de las columnas y la pared, ni haciendo trampa. 

En el otro barrio al que fue a vivir, las columnas de la luz estaban a dos cuadras de su casa. Fue lo que primero extrañó. Por suerte, al poco tiempo ya estaban allí esperando a ser “plantadas” y a ser parte de nuestros juegos, a ser marcadas con algún corazoncito con el nombre de alguna o alguno.

Al año, en tercero, la seño le dio una clase de los huesos y ahí empezó a comprender la importancia de la columna vertebral. Los grandes, los que hacían trabajos pesados, lo sabían. Por eso las fajas negras eran muy comunes entre quinteros y albañiles. Los más chicos, al ser tan livianos, no teníamos esa precaución y nuestra columna siempre estaba expuesta. En el único juego que sabíamos que había que tener cuidado era en el de Titanes en el ring, porque ahí uno se golpeaba.

En la Vía Honda, en la previa de un paseo, Pedro averiguó cuántas columnas había entre el primer puente y el segundo. Y pensó que después de la tercera columna tendría que aparecer un beso.

Volviendo de la escuela, en una caminata a la medianoche con las sombras de las columnas como testigos, Pedro sonreía y tarareaba una canción de Favio porque los números en la hoja de 6 columnas de contabilidad le habían cerrado. Con los compañeros y compañeras, en una reunión, concluían en que la fortaleza estaba en la gran columna de estudiantes movilizados ese mediodía al Rectorado para defender los derechos, para seguir teniendo Centro de Estudiantes, entre otros reclamos.

Horas después de las últimas elecciones, algunas columnas del conteo de votos aún estaban calentitas, otras todavía vivas porque seguían modificándose. Mientras tanto, las columnas de los medios concentrados de desinformación nos trataban de engañar con números dibujados. Sobre el mediodía del lunes, las columnas del barrio que separaban una oferta con otra de la granja, seguían igual; la columna de la vereda de la verdulería seguía recibiendo la visita de una escalera de algún trabajador que no paraba, como casi todos los días, de conectar internet, ya que la demanda era constante. 

Pedro me dice “¿sabes por qué son importantes nuestras columnas?, y antes que yo le responda algo, me dice –tocándose la cintura en la parte de atrás– “porque nos hace vertebrados. Y, como aprendimos, los vertebrados son, somos, una especie que evoluciona”. 

Y mientras miramos algunas columnas que van llegando a la plaza en este Día del Militante, y como siempre doblando por Caferatta una columna desprolija y llena de vigor, de niñas y niños que salieron de la Santa Isabel de Hungría, Pedro, sabiendo que está a metros de la última columna de madera, de palmera, que más de una vez sirvió como respaldo mientras echábamos humo esperando ver pasar aquella piba y ahora es tocada por los niños en plena corrida, me dice: “Estas pequeñas columnas pronto serán, o trataremos que sean, como las nuestras, en las que aquellas economías cerraban con los números y el pueblo adentro. Y las otras columnas, aquellas que nos movilizamos, estaban con toda una vida en plena evolución y con unos corazones latiendo patria, latiendo liberación.

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