El sociólogo Andrés Wainer analizó el histórico suceso político, económico y social que marcó una época. En esta entrevista, el investigador habló de los 90, de la Convertibilidad, del estallido de diciembre, del antes y el después, de cercanías y distancias con el presente.

Fue un acontecimiento histórico con protagonismo popular, que todavía resuena en la memoria colectiva argentina. Varias crisis dentro de una gran crisis. Diciembre de 2001, en los comienzos del nuevo siglo, transformó a los diciembres que le continuaron. El gobierno de la Alianza UCR–Frepaso tuvo un desenlace trágico en las jornadas del 19 y 20 de aquel diciembre, con una treintena de muertos en todo el país, con un proyecto neoliberal que se derrumbaba en medio de la desesperanza, el hastío y el agite soberano en las calles. ¿Cómo y por qué se llegó al estallido político, económico y social del que se cumplen veinte años? ¿Qué fue?  ¿Cómo se salió de la crisis? ¿Qué parecidos y qué diferencias tiene la actual crisis con la de dos décadas atrás? 

“Más allá de la espontaneidad y de las movilizaciones, era un proceso que venía madurando y se condensó en 2001″, dijo el sociólogo Andrés Wainer, autor, junto a Francisco Cantamutto, del libro Economía política de la Convertibilidad (disputa de intereses y cambio de régimen), editado en 2013 por Capital Intelectual.

El investigador del Conicet y de la Flacso, integrante del instituto para el Desarrollo Económico y Social de la CTA, analizó la etapa menemista y su modelo de exclusión, su continuidad y agravamiento durante el gobierno trunco de Fernando de la Rúa, la movilización y la organización popular entre el fin de siglo y el pase al tercer milenio, el rol del Fondo Monetario y la deuda externa en aquel momento, los puntos de contacto y las “muchas diferencias” con la actualidad.

 

En un tuit señalabas que se cumplen veinte años de un evento que marcó a fuego la historia argentina, pero que no puede ser reducido al corralito o a la represión policial. ¿Qué enfoque le darías a la crisis de 2001?

–En diciembre de 2001 eclosionó una superposición de crisis de un proceso que se venía desarrollando desde mucho antes y que tiene que ver, fundamentalmente, con el modelo de Convertibilidad y, más a largo plazo, con el modelo de valorización financiera que se instauró a partir de la dictadura. Desde la segunda mitad de la década del noventa se vio una serie de eventos, crisis a nivel regional. En nuestro país se venía expresando con el Santiagueñazo de 1993 y después con los cortes de ruta del año 96 en el interior primero y luego en el conurbano bonaerense. A eso se sumó un modelo económico que generaba cada vez mayor desocupación, desindustrialización, precarización laboral y la imposibilidad de mejorar salarios. Esto desembocó en una cada vez mayor crisis política. Parecía que la política no tenía nada para hacer, nada podía cambiar, que había un solo camino, el de profundizar reformas neoliberales y acatar los dictados de organismos como el FMI. Después de las elecciones del 99 (triunfo de la Alianza) no hubo ningún cambio en términos de modelo económico. Hay una crisis social, económica y política que se condensa en diciembre de 2001 pero que viene transitando desde antes. Argentina entró en recesión a finales de 1998. Es un estallido pero como parte de un proceso de larga data. Muchos sectores populares se fueron reagrupando, organizando en el movimiento de trabajadores desocupados y demás. En diciembre de 2001 confluyen distintos actores. Sindicatos de la CTA y desocupados se encontraron con sectores medios desencantados con el gobierno de turno. Más allá de la espontaneidad y de las movilizaciones, era un proceso que venía madurando y estalló en 2001.

–¿Cómo se conjugaron los diferentes aspectos políticos y económicos de aquella gran crisis?

–Hay una interacción de los distintos niveles de la crisis de 2001. Son parte de un mismo proceso que se manifiesta de diferentes maneras. En lo económico, la crisis del Tequila de 1995 golpeó a la Convertibilidad, un cimbronazo que fue paliado con dólares del FMI. La economía se repuso pero no los indicadores sociales. El modelo económico empezó a mostrar su agotamiento. En 1998 también se da la crisis de Brasil, el principal socio comercial del país. La Argentina necesitaba cada vez más endeudamiento externo para sostener el modelo, pero se volvía cada vez más difícil de pagar. Eso requería mayor ajuste y se profundiza la crisis. Cuando se cortó el financiamiento del FMI, la Argentina estalló. Paralelamente se fueron deteriorando los indicadores sociales. Lo que hizo la Convertibilidad fue profundizar un proceso de desindustrialización que se venía dando desde la dictadura, con apertura comercial y sobrevaluación del tipo de cambio. Entraron en crisis pequeñas y medianas empresas y algunas grandes que fueron vendidas a firmas transnacionales. Eso tuvo efectos negativos en generación de riquezas y en términos de empleo. Y, por el lado político, la última esperanza era la conformación de la Alianza UCR–Frepaso, que ganó las elecciones del 99 pero no produjo ningún cambio de orientación económica. Eso derivó en una impotencia política, como se reflejó en las elecciones legislativas de octubre de 2001, expresada en el voto bronca, blanco, nulo, o votos a partidos de izquierda.

–¿Pensás que la Alianza había generado alguna expectativa política?  

–La Alianza prometía no tocar la Convertibilidad pero con honestidad, sin corrupción, ese parecía ser el mayor capital político que tenía. Los problemas económicos remiten al “se robaron todo», pero hubo un modelo con reformas muy regresivas. Como si el sólo hecho de eliminar la corrupción generaría de por sí soluciones o una reactivación económica. Ese supuesto activo político de la Alianza se cayó con la famosa ley Banelco, una denuncia que hizo (el dirigente sindical Hugo) Moyano sobre el pago de coimas en el Senado para aprobar la nueva ley de flexibilización laboral. Ahí se cayó la bandera de la honestidad.

–Y desembocó en la renuncia del vicepresidente Chacho Álvarez (del Frepaso), en octubre del 2000, un cisma político hacia el interior de la Alianza…

–Tal cual. Pero la renuncia de Chacho Álvarez fue porque la ley se aprobó por métodos ilegítimos, por corrupción, y no por el contenido mismo de la ley, que proponía más flexibilización y empeoramiento de las condiciones laborales. Es sintomático que para aprobar aquella ley hubo que usar una (tarjeta de crédito) Banelco. Eso quería decir también que ya no era tan fácil hacer pasar este tipo de políticas regresivas en el Congreso. Había un humor social distinto porque ya se sabía que este tipo de leyes aumentaban la desocupación y el empleo no registrado.       

–¿Qué fue la Convertibilidad? ¿Un modelo económico privatizador y de achicamiento del Estado que recorta derechos laborales? ¿Un proyecto político neoliberal recostado en el Consenso de Washington? ¿Un espejismo dolarizador del uno a uno? ¿O todo eso junto?   

–El modelo de Convertibilidad engloba todo eso. Primero hubo un proceso de reformas estructurales a partir de la ley de Convertibilidad de 1991, con la reforma del Estado, las privatizaciones de empresas públicas, desregulación de mercados, servicios, eliminación de la Junta Nacional de Granos, de Carne y apertura comercial. A eso se sumó el corsé de la Convertibilidad, ya que el gobierno no podía hacer política cambiaria y monetaria, el circulante en pesos tenía que estar respaldado en dólares y también estaba muy condicionada la política fiscal. Ese modelo fue implementado para frenar la hiperinflación y generar estabilidad. Y lo logró después de dos picos inflacionarios, en el 89 y en el 90. Un modelo así solo se pudo implementar con el ingreso de dólares por las privatizaciones, pero tenía corta vida, porque después de vender las principales empresas no había más que vender. Entonces la Convertibilidad empezó a depender cada vez más del endeudamiento en moneda extranjera. La Convertibilidad era como la garantía para que no vuelvan los episodios hiperinflacionarios, un trauma que habilitó políticas de ajuste y reformas estructurales. Incluso el candidato peronista en el 99, Eduardo Duhalde, tenía una posición más productivista y no tanto hacia lo financiero. Pero hubo un trauma mayor a eso y fue la crisis de 2001. Esto habilitó a otro grupo dentro de los sectores dominantes, referenciado en la Unión Industrial, a llevar adelante el abandono y la salida de la Convertibilidad.

–¿Qué rasgos económicos distintivos tuvo aquel momento bisagra para el escenario político argentino?

–La ley de Déficit Cero generó un recorte salarial para empleados estatales. Todo apuntaba a sostener la Convertibilidad y evitar el default (el no pago de la deuda). Pero por más parches que se pusieran, el modelo hacía agua por todos lados. Era un modelo que no generaba empleo, ni producción y era muy dependiente del endeudamiento externo. El FMI venía bancando la Convertibilidad. En noviembre de 2001, el FMI decidió no hacer un desembolso comprometido, le soltó la mano al gobierno de De la Rúa, impulsando el corralito y desatando la sentencia de muerte para la Convertibilidad. El corralito fue un reconocimiento de que la Convertibilidad ya no existía, porque los pesos depositados no podían ser convertidos a dólares, que era lo que se suponía que garantizaba la Convertibilidad y por eso la restricción a retirar dinero. La desocupación venía golpeando a sectores medios, que ya no lo eran porque sus ingresos se habían deteriorado. Ese malestar por no poder sacar los ahorros del banco confluyó en la consigna «piquete y cacerola, la lucha es una sola». Eso fue un rasgo distintivo de aquel fin de año de 2001. Hasta ese momento no se sabía bien cómo podrían reaccionar los sectores medios. Menos mal que salió de adentro el enano piquetero y no el enano fascista. La acción conjunta de estos sectores contra el Estado de sitio decretado por De la Rúa fue el detonante de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001.

–Si bien había un rechazo a la representación política en el «que se vayan todos», se venían dando experiencias políticas muy interesantes y hasta se pensaba en una salida política de cara al abismo. 

–Por aquellos días se reunió la asamblea piquetera nacional por primera vez. Distintas vertientes políticas protagonizan un creciente descontento. Hubo varios paros generales. El tema de las empresas recuperadas fue germen también de asambleas barriales. Hubo un proceso de movilización, de lucha, de organización política, pero que confluyó de manera inorgánica, ya que no tenías una única conducción de un partido político o de un movimiento en un sentido claro. No había un único actor que sintetizara todas las demandas. Los saqueos generaban un clima de inestabilidad social. La CTA trataba de articular esas luchas. El Frenapo (Frente Nacional contra la Pobreza), apoyado por la CTA, lanzó una consulta popular. Todo eso permitió bloquear políticas de profundización del ajuste, un modelo que sólo se sostenía con ajuste y represión. Hay que diferenciar el rechazo a la orientación de los dos partidos tradicionales de masas, el radicalismo y el peronismo neoliberal de Menem. Lo de 2001, antes y después, fue un proceso profundamente político, con organización de desocupados, asambleas barriales, hay una politización en marcha. El menemismo despolitiza, se mostraba a la política como una administración de cosas. En ese momento no se canalizó, cosa que sí logró hacer después el kirchnerismo, que interpretó esas demandas de cambio.

–¿El kirchnerismo es hijo de 2001?

–Aunque es contrafáctico, no hubiese existido el kirchnerismo sin 2001. Y empezó a construirse después de las elecciones de 2003. Kirchner ganó por el rechazo que generaba Menem. El kirchnerismo hizo una lectura de la crisis de 2001 y a partir de ahí empezó a construir poder y un movimiento político que incluso integró a dirigentes de algunas organizaciones de desocupados. La política del kirchnerismo fue vehiculizada por dos cuestiones: un contexto internacional favorable en ese momento y por la magnitud de la crisis que habilitó fuertes políticas expansivas para mejorar la situación. Hay que señalar que los pilares económicos del gobierno de Néstor Kirchner en su primera etapa fueron puestos en el gobierno de transición de Duhalde (2002–2003). Hay diferencias políticas, pero desde lo económico hubo continuidad, manifiesta en la continuidad de Roberto Lavagna en el Ministerio de Economía. Una parte del trabajo sucio en términos económicos fue hecha por el gobierno de Duhalde que fortaleció, como él decía, su alianza con la comunidad productiva. 

–Veinte años después, ¿qué puntos de contacto y qué diferencias encontrás entre aquella crisis y la actual, donde, de nuevo, anda el FMI?

–Hay puntos de contacto y muchas diferencias. Otra vez nos metieron en un proceso de endeudamiento externo insostenible. Lo que hay ahora, que en aquel momento no había, es la chance de llegar a un acuerdo en la renegociación de la deuda. Otra cuestión con la que se puede hacer algún tipo de paralelismo es con la situación económica y social, con un deterioro muy fuerte que se profundizó desde 2018 con el estallido del modelo macrista y con la pandemia después. Y hay diferencias sustanciales. Por ejemplo, hoy existe un conjunto de políticas sociales y asistenciales que en aquel momento no había o recién empezaba a implementarse, como el plan jefes y jefas de hogar que logró mantener por un tiempo a Duhalde en el poder. Otra diferencia es que hoy tenemos un gobierno peronista. Si bien estamos en una crisis, todavía no tiene la magnitud de la de 2001 y además no tenés el corsé de la Convertibilidad. De todas maneras hay una deuda social que si no se empieza a resolver va a generar problemas. Algo de eso se vio en las elecciones legislativas de este año, sobre todo en las Paso, donde si bien no ganó el voto bronca sí crecieron opciones más minoritarias, con la novedad del polo de ultraderecha. En su momento votaron a Macri porque estaban cansados de Cristina, después se decepcionaron con Macri y se votó un cambio, pero el Frente de Todos, se puede discutir si por la pandemia, aún no generó un cambio sustantivo para las mayorías. El sistema político está lejos de la crisis de 2001, como tampoco es una crisis económica de la magnitud de la de 2001. Si bien estamos atados con el tema FMI, el punto neurálgico, hay algunas otras herramientas. Igual el endeudamiento externo va a condicionar la política argentina por lo menos por diez años. Habría que ver en qué medida también se logra, a partir de esa negociación, dar cuenta de que hoy la sociedad no está dispuesta a tolerar políticas de ajuste de corte draconiano.

–Además de la deuda-bomba que dejó Macri, ¿qué otros problemas económicos identificás en la actualidad?

–En términos económicos, Argentina tiene dos grandes problemas: la inflación que se manifiesta en una puja con los salarios, y, el otro, lo que se conoce como restricción externa, la falta de dólares, un problema con el que Argentina choca recurrentemente desde 2012. Macri lo salteó con el endeudamiento pero lo agravó mucho más. Son dos cuestiones centrales que pueden frenar la recuperación de la economía y de los salarios, lo que repercute en términos sociales, en empleo, ingresos, en niveles de pobreza e indigencia, que son los problemas más urgentes y los grandes desafíos que tiene la Argentina.

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