De cinco presidenciales en 2021 en América Latina, cuatro fueron derrotas neoliberales. Es pronto para hablar de tendencia, pero puede ser el inicio de un camino. En 2022, más comicios claves para el futuro.

El histórico triunfo de la izquierda en Chile significa un gran paso adelante hacia la integración regional y crea las condiciones de posibilidad para la formación de un bloque de países soberanos, no alineados con EEUU. En 2021, de cinco elecciones presidenciales en la región, cuatro resultaron derrotas de la derecha. Acaso haya que esperar para poder hablar de una tendencia ya consolidada, pero puede ser el principio de un camino, seguramente largo y tortuoso. En 2022 se vota en Colombia (29 de mayo, primera vuelta) y en Brasil (2 de octubre, primera vuelta). Ambas elecciones son fundamentales para vislumbrar el futuro. 

Colombia viene funcionando como una de las sedes de la derecha más antidemocrática y violenta, la que tiene como objetivo derrocar a los gobiernos que no respondan a los intereses de Washington. Es una base de EEUU en la región, una cabeza de playa del imperio para controlar el “patio trasero”. El gobierno de Iván Duque (una continuación del de Álvaro Uribe, preso por fraude procesal y soborno) ejerce en forma sistemática el terrorismo de Estado. Una derrota de las políticas de Duque (o sea del Uribismo) sería fundamental para un reacomodamiento de las correlaciones de fuerzas en América Latina, y también para disminuir la capacidad de injerencia de EEUU.

En Brasil, las encuestas indican que es posible el triunfo de Lula. Un regreso de la izquierda a este país no sólo significaría el fin de la pesadilla del gobierno de Jair Bolsonaro. Lula fue uno de los artífices del ciclo más progresista e integrado de la región, junto a Néstor Kirchner, Hugo Chávez, Rafael Correa y José Mujica. La vocación para lograr la unidad está entre sus objetivos prioritarios. El ex mandatario brasileño se convirtió, además, en un símbolo: estuvo preso 580 días por una causa de corrupción que juzgó Sergio Moro (sin pruebas, según el propio juez) y que fue anulada por manipulación y “lawfare”. 

Basta de pinochetismo: de la lucha callejera a las urnas

El 2021 se cerró con la derrota de la derecha chilena. Ganó la izquierda más progresista, un frente que tiene posiciones claramente de izquierda y que se auto-percibe como tal. Y este hecho tiene un profundo valor en lo simbólico-cultural en tiempos en que los poderes fácticos tuvieron que desempolvar el viejo y rancio macartismo.  

El triunfo de la izquierda chilena es además un rechazo a la impunidad. Los Carabineros no fueron procesados por sus crímenes contra el pueblo. Y el presidente Sebastián Piñera fue sobreseído en la causa por sus cuentas en paraísos fiscales.

Gabriel Boric obtuvo un 55,87 por ciento frente al 44,13 del ultraderechista José Antonio Kast. La participación fue clave y resultó otra de las sorpresas (además de ser un cachetazo a la anti-política): el 55 por ciento del padrón concurrió a votar. Un porcentaje inédito en un país donde la participación viene cayendo desde que el voto dejó de ser obligatorio.

Con el triunfo de Boric se puede trazar una línea que une el estallido popular de 2019, la Asamblea Constituyente (que fue un logro del pueblo movilizado) y un resultado electoral que indica que son más los que quieren un cambio profundo.

La segunda vuelta se dio a dos años del estallido social que permitió abrir las puertas a un cambio de la Constitución. Pero ningún derecho se consigue sin sacrificios. Y el pueblo chileno que salió a la calle en 2019 pagó un alto precio. Carabineros (uno de los grandes temas a discutir con vistas a un nuevo Chile), cumplió a pie juntilla con su misión histórica: ser asesinos de su propio pueblo. En esa oportunidad exhibieron su ya característica crueldad disparando a los ojos de los manifestantes. Cientos de hombres y mujeres perdieron al menos uno de sus ojos.

Horas antes de las elecciones se conoció el suicidio de Patricio Pardo, víctima de la represión, uno de los cientos que recibieron los perdigones en sus ojos y no pudo soportar la mutilación. La Coordinadora de Víctimas y Familiares de Trauma Ocular de Chile confirmó el suicidio del joven de 26 años que fue herido durante la represión de Carabineros a las protestas de 2019. 

Con la derrota de Kast, la Convención Constituyente está a salvo. Este organismo, que tiene paridad de género y está dirigido por una presidenta mapuche, Elisa Loncon, estaba en la mira del candidato de ultraderecha. 

Kast votó en contra de la Asamblea, y de haber accedido al poder, iba a intentar frenarla o destruirla. Muchos de los proyectos que allí se están tratando tienen que ver con terminar con el pinochetismo, avanzar en la obtención de derechos y lograr que Chile deje de ser uno de los países más desiguales del mundo. Están en las antípodas del candidato derrotado. 

El nuevo gobierno de izquierda, en cambio, se identifica con muchos de los cambios que propone la Asamblea, y acompañará el proceso del plebiscito ratificatorio de la Nueva Constitución que debería hacerse durante el primer semestre de 2022.

En la nota de Atilio Borón “Abriendo las grandes alamedas” publicada el 21 de diciembre en Página|12, el analista marca todas las rupturas que implica el resultado para la historia de Chile.

“Pasó casi medio siglo. En el medio una atroz dictadura que torturó, mató, desapareció y exilió a cientos de miles de chilenas y chilenos. Aparte saqueó el país y enriqueció a los jerarcas del régimen, comenzando por el propio Augusto Pinochet y familia. Luego, con el retorno de la «democracia» –en realidad, un muy bien montado simulacro, con todas las formas, pompas y circunstancias de aquella, pero huérfano de sustancia real– transcurrirían largos treinta años en donde germinó con fuerza la semilla maldita sembrada por el dictador y sus compinches. Sus frutos fueron una sociedad tremendamente desigual, que además rompió sus tradicionales lazos solidarios y se entregó al espejismo resumido en la fórmula acuñada por el régimen: la ciudadanía es el consumo. En otras palabras, el triunfo de la «antipolítica» y, por extensión, la obsolescencia de toda forma de acción colectiva”, escribió Borón. 

“A lo anterior se le agregó el saqueo de las riquezas del país y su transferencia a poderosas oligarquías empresariales, el incondicional alineamiento de Chile a Washington, escandalosamente representado por esa fotografía de Sebastián Piñera en la Casa Blanca donde hacía coincidir la estrella de la bandera chilena con las cincuenta del pabellón imperial, graficando la aspiración de la elite de su país de convertirse en una colonia de Estados Unidos. Treinta años en donde lo que hubo fue continuidad y no ruptura entre el pinochetismo y el régimen sucesor, lo que daba al traste cualquier pretensión de hablar seriamente de una «transición democrática»”, concluye.

Un freno al avance de la anti-política

La primera elección presidencial de 2021 tuvo lugar en Ecuador. El 7 de febrero se realizó la primera vuelta y el 21 de marzo la segunda. Ganó la derecha. Tras la pesadilla neoliberal del gobierno de Lenin Moreno, resultó elegido el banquero Guillermo Lasso, que seguirá profundizando los ajustes y el endeudamiento con el FMI, entre otras medidas anti-populares.

El 14 de abril se celebró la primera vuelta de las elecciones de Perú, y el 6 de junio la segunda. Ganó la izquierda. El maestro rural Pedro Castillo, que obtuvo el 50,13 por ciento de los votos, le ganó a Keiko Fujimori y a todo el fuerte aparato de propaganda que lo demonizó. La vieja treta del miedo, una vez más. 

El caso de Perú es paradigmático en muchos sentidos y permite una caracterización de la derecha regional. No se quiso reconocer el triunfo de Castillo y no se lo deja gobernar. Ya se frustró un intento de golpe parlamentario, pero todo indica que no será el último. El mandatario, y la democracia peruana, hoy penden de un hilo.

Evo Morales y Pedro Castillo

El 7 de noviembre se votó en Nicaragua en medio de un incremento de las sanciones de EEUU contra el pueblo de ese país, que figura en el eje del mal del imperio. Daniel Ortega resultó reelegido, obteniendo el 75,92 por ciento de los votos.

El 28 de noviembre fue el turno de Honduras. Tras el golpe contra Manuel Zelaya en 2009, el pueblo resistió ajustes, represión y continuó construyendo una alternativa que una década después obtuvo el triunfo. Xiomara Castro se convirtió en una de las dirigentes más importantes de esa construcción colectiva y ganó la elección presidencial con más del 51 por ciento de los votos.

Pero sobre todo, la derrota de la derecha implica, además, la demolición de una de sus armas más efectivas y peligrosas: la anti-política. 

“Todo es lo mismo”, “Los políticos son todos unos ladrones” y “Las elecciones no cambian nada”, son algunas de las consignas reiteradas hasta el hartazgo por los medios hegemónicos. Al demonizar la política, el subtexto implícito es “todo el poder a las corporaciones”.

Lo que oculta el discurso anti-político (corporativo, propietarista, neoliberal y pro-dictaduras) es que los distintos modelos políticos en pugna son, fundamentalmente, visiones del mundo diferentes e irreconciliables. 

Este año, las elecciones que tuvieron lugar en América Latina muestran que los pueblos pueden inmunizarse contra las mentiras y seguir apostando por la política, la construcción colectiva y la movilización popular. El discurso anti-político tiende al individualismo, desprecia toda idea de comunidad y militancia. El mercado manda.

Los pueblos se levantan y muestran que hay otra salida, y que obtener más derechos es posible. El concepto de “derecho” se da de patadas con el de “mercado”. Son tan incompatibles como una verdadera democracia y el neoliberalismo. Por eso la batalla por el sentido es tan virulenta.

Las derrotas de la derecha regional implican una apuesta de las mujeres y los hombres de la región por darle más contenido real a la democracia y a la voluntad popular por sobre el poder corporativo e imperial. 

La derecha y la ultraderecha evolucionaron, no son las mismas que por aquellos años de fines de la guerra fría. Han adquirido más cinismo, más perversidad, más capacidad para ejercer la manipulación discursiva. Pero no son invencibles.

Runasur y el camino a la integración

El fortalecimiento, y en algunos casos la refundación, de los organismos multilaterales será fundamental para lograr un bloque progresista regional con más peso. El Grupo de Puebla, la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) fueron atacados, debilitados e inmovilizados por los gobiernos de derecha. Y debieron enfrentar, entre otros muchos desafíos, a la Organización de Estados Americanos (OEA), que está al servicio de EEUU y los sectores golpistas.

Durante 2021 el ex presidente de Bolivia, Evo Morales, propició la fundación de Runasur. Emancipación, integración, anticolonialismo y anti-capitalismo se cuentan entre los principios rectores del organismo. Y el retorno continental a una economía que respete la Madre Tierra.  Evo planteó la idea en 2020, un día después de que retornó a su país, luego de un año de exilio tras el golpe de Estado que lo destituyó. “Una Unasur de pueblos indígenas”, fue una de las primeras definiciones que ofreció por entonces el dirigente.

Runasur se propone  unir a los movimientos sociales –indígenas, obreros, de la clase media– con profesionales intelectuales, y luchar para una verdadera liberación de toda la América, para que sea plurinacional, de los pueblos y para los pueblos. El primer encuentro de la Runasur se llevó a cabo el 24 y 25 de abril de 2021, en la localidad boliviana de Villa Tunari, Cochabamba. 

Los triunfos de la izquierda en la región dan cuenta, además, de que el avance de la derecha, un hecho verificable en todo el mundo, no es imparable. Y en este sentido, América Latina está mostrando cómo la unidad popular y la lucha en las calles pueden derrotar a los grandes aparatos de propaganda, manipulación y extorsión de los poderes fácticos. 

Cada triunfo de una fuerza no neoliberal representa un acto de resistencia contra una serie de estratagemas, farsas y juegos sucios: las noticias falsas, las causas judiciales armadas, la demonización de ciertos dirigentes y el miedo. Ganarle a todo eso significa una gran capacidad para sobreponerse y asimilar los embates de los poderes económicos concentrados. La unidad popular puede convertir en realidad el sueño de una América Latina integrada y soberana.

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