Hacía horas que no pasaba un puto auto y decidieron sentarse a la sombra, sobre las mochilas, y armar un porro. Pablo se puso a picar mientras puteaba al camionero anterior que los dejó ahí, en medio de la nada. El Nano hurgó en los bolsillos de la bermuda hasta que sacó un papelillo arrugado. Lo alisó, comprobó de qué lado estaba la goma, lo acomodó en la palma de la mano y la estiró para que su amigo volcara el relleno. Lo enrolló cuidadosamente y lo prendió de espaldas al viento. Fumaron en silencio y por un rato se olvidaron de la ausencia de tránsito en esa ruta de mierda.

La idea era llegar a Bolivia, subir al Machu Picchu y pegar la vuelta. Tenían 20 años y pocas preocupaciones. En un momento Nano se percató que venía una chata y salió despedido a la banquina con el pulgar en alto. ¡Paró! 

El hombre les dijo que iba hasta La Banda, que tiraran los bolsos atrás y subieran a la cabina. Era un golazo de mitad de cancha, podían hacer noche ahí y a la mañana seguir viaje al norte. El tipo resultó ser un personaje de aquellos: ex delantero de Central Córdoba de Santiago del Estero que River en los 80 se había querido llevar y no pudo porque su madre había caído enferma y su padre, un borracho que los fajaba y no servía para nada, se había mandado a mudar. Contó mil anécdotas, relató cientos de goles hechos y errados, y un tramo antes de llegar les dijo que la mejor de las historias la había guardado para el final. Los pibes lo escuchaban embobados.

“Recién me había retirado –dijo Rolando, que así se llamaba el quía– y empiezo este laburo, el mismo que tengo ahora, con la chata, viajando por todo el país. La cosa es que me agarra una tormenta y termino en un pueblito perdido en San Luis. Diviso unas luces y encuentro una especie de bar, con dos mesitas adentro y botellas en las paredes. ¡Un ojete bárbaro! Me saco la campera empapada, la cuelgo del espaldar de la silla y cuando me siento me percato que hay un tele prendido, arriba de un aparador, y que dan un partido. Se juega bajo un diluvio, igual al que azota a este pueblito perdido de San Luis, y no puedo distinguir de qué equipos se trata. Ni siquiera de qué país son. De repente, uno de los de rojo, bigotudo y de melena, la agarra en mitad de cancha y enfila hacia el arco rival. Se pasa a 5 contrarios, con caños y firuletes incluidos, y encara de frente al arquero. Amaga la gambeta larga por la izquierda, que era lo que indicaba la lógica, pero la pisa y se frena en seco haciéndolo pasar de largo como colectivo lleno y afeitando el pasto. El de rojo, entonces, con todo el arco a disposición, la hace estrellar contra el travesaño y la mete haciendo el Escorpión de Higuita, con los dos tacos y suspendido en el aire. Y no sólo eso: se levanta, corre, salta los carteles, trepa el alambrado, pasa del otro lado, se sube a un paravalanchas, en cuero, se cuelga de un trapo y se pone a cantar, desaforado. La cámara lo enfoca en primer plano y los comentaristas balbucean algo en un idioma que no llego a comprender.

Aplaudo unas cuantas veces, por el gol que acabo de ver ¡y sobre todo para que me vengan a atender! Me paro, grito asomado al mostrador, pero no hay caso. Espero media hora y, como ya no llueve, me voy a la mierda”. 

Ahí hizo una pausa, se prendió un pucho, largó el humo despacio y la remató: “Hace dos noches volvía de Merlo y pasé por el pueblito. Busqué el bar y entré. Seguía vacío. Llamé en vano un par de veces, sabiendo que nadie iba a venir, levanté la vista y en la tele, uno de rojo, de bigote y melena, recibía en mitad de cancha y enfilaba hacia el arco rival”.

*Este es uno de los textos que integran Nos espera el mar, libro recientemente publicado por Santiago Garat, periodista de este semanario, y que podés conseguir a través de las redes de Redacción Rosario.

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