Yo no sé, no. En aquella tarde en que la temperatura había subido más de lo esperado, a Pedro le habían prohibido salir a la calle. Sólo le quedaba quedarse en el patio, entre los helechos, malvones y ese joven limonero que nunca terminaba de dar frutos. Le llamaron la atención unas hormigas coloradas saliendo apresuradas detrás de una maceta, porque siempre las había visto en la cocina, y pensó que algo estaría ocurriendo. El goteo de la pileta atrajo a un cardenal que intentó refrescarse. Seguro se escapó de alguna jaula vecina, pensó Pedro. En la rústica pared, las telas eternas de las arañas sólo se movían de a ratos. Como a las cuatro de la tarde aparecieron dos alguaciles con un vuelo medio errante, no era cómo cuando aparecen en patota y uno sabe que se viene el agua. Y un pelotón de hormigas negras, seguramente exploradoras, que subían y bajaban de unos de los postes de madera que sostenía el techo de la galería de chapa y hacían como pequeñas reuniones. Cuando parecía que la temperatura aflojaba, apareció la chicharra y con su sonido anunció que la cosa seguía. Por momentos, cuando aumentaba el volumen, era como un “repito, repito, esto sigue mañana también”. Cerca de una madreselva a la que nunca le faltaba humedad, había un par de baldosas flojas y Pedro aprovechó para levantar una y ver qué onda con los bichos bolitas. Vio a cuatro estirados, como disfrutando ese pedacito de planeta como si fuese el paraíso mismo, y notó que sólo un quinto estaba haciendo movimientos con sus antenas, como si lo hubieran dejado de vigilante por si se sufría alguna invasión. Alguien había dejado una lamparita prendida y un cascarudo hacía vuelos de acrobacias, practicando para ir a eso de las 21 a encarar a las del alumbrado público. Pasadas las cinco, unos gorriones aparecieron saltando por todas las ramas posibles y con un griterío que uno no sabía si discutían o estaban a punto de tener relaciones sexuales a la vista de todos. O simplemente como diciendo: “este es nuestro territorio y nadie como nosotros se adaptó al calor y la humedad de Rosario. Aparte, piensa Pedro, tuvieron la viveza de cantar desafinado y a los gritos, si no estarían enjaulados. Después aparecieron unos pocos mosquitos que por cómo volaban, parecía que muchas ganas no tenían de encarar la jornada en busca de sangre. Desde la cocina de doña Victoria se sintió un ruido a papeles como si alguien los estuviera apretando, pero era muy intenso. Hasta que alguien sacó una caja de cartón, de esas en las que venían las manzanas, y las cucarachas salieron rajando, trepando la pared y tocando a su paso la red de cada araña, como haciendo un ring raje. Lo cierto es que esa noche nada raro pasó en el patio, ni en la cuadra, ni en el barrio. Sólo se cortó la luz, que volvió como a las 5 de la madrugada. Por el olor a humo, muchos pensaron que a la sede de la Empresa de Energía de Lagos y Montevideo le había pasado algo, y sí: no había aguantado y se prendió fuego. Pasaron unos años y nos enteramos que esa tarde del 62, allá lejos de ese patio, en Vietnam, los yanquis rociaban la selva con el agente Naranja (padre y madre de los herbicidas actuales). El bicherío de mi patio lo había sabido antes, pensó Pedro.

El otro día, cuando esperábamos que bajara el sol para ir por yerba y espirales, Pedro me dice: “Sabemos que en enero, acá en Rosario, siempre hubo días bravos, pero lo de la bajante de los ríos, los pájaros isleros en barrio Martin, eso es preocupante”. Por suerte, todas las mañanas a eso de las 5, en los árboles de la cuadra, ahora viviendo en la zona sur, las aves de todo tipo cantan o gritan a todo pulmón que van a dar batalla. Porque, me dice Pedro, citando esa canción: este tipo de capitalismo irracional (monocultivos, minería, construcciones a lo loco al lado de ríos y lagunas) “nos han declarado la guerra”. Y el bicherio de la Patria lo sabe, lo sabe.

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